Después de la lluvia del día el cielo se viste de tonos rosados y naranjas, azules y grises.
Y el aire multicolor invade el estudio, de balcones abiertos.
Aquella vez compartía con sus amigas una comida en una terraza de Cabo de Gata.
Una paella y un buen vino en las copas, todo era motivo de celebración.
Y entonces apareció ese dolor como navajas en el vientre.
Los vómitos, los intestinos inmovilizados.
El dolor agudo como puñales.
Alguien dijo, hay que ir a Urgencias.
Y echaron a andar por el paseo marítimo camino del coche.
Y entonces aquella explosión de fuego en el cielo y en el aire, teñido de rosas y violetas,
envolvente.
Se tumbó en un banco a contemplar el milagro.
"Niña, qué haces ahí? Pero no te estás muriendo?"
Ella sonrió, sin fuerzas para dejar oír su voz:
Si me estoy muriendo, éste es un lugar tan bueno como otro cualquiera.
O quizás no hay otro mejor.
Aun en la muerte, o en el dolor profundo,
aun entonces puedes percibir los milagros que te rodean.
Las lluvias de bendiciones.
Que sea capaz de contemplarlas, y celebrarlas,
también en el momento de la partida.


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