Llueve.
Las gaviotas no se dejan intimidar y planean en libertad.
Las tórtolas también salen a contemplar el paisaje cambiante,
se paran en sus lugares preferidos en los terrados y cantan.
La lluvia se une al coro con un canto suave, como una canción de cuna.
Ella camina sin paraguas hasta la estación del bicing
y pedalea por el puerto hacia el mar, hoy menos poblado.
Nadar de espaldas en la piscina exterior,
bajo una coreografía de gaviotas bajo un cielo cubierto de nubes de tormenta
aparece como una contemplación de la vida misma, tan abundante.
A veces la lluvia, a veces el viento,
a veces el sol o la niebla.
La vida no tiene solo una cara.
A veces parece que fluye, a veces que se atasca,
a veces duele y a veces regala caricias, brindis y celebraciones.
Así es desde el punto de vista del yo soñado,
que no deja de ser otra manifestación de Dios, el Dharmakaya.
A veces el miedo, a veces la entrega,
la amenaza o la confianza.
La contemplación del sufrimiento del mundo, que te tumba,
o bien te hace más fuerte, esa misión.
Esa misión.
Recuperar la esencia del linaje.
Pasar por esta aventura llena de piedras en el camino, sin desfallecer.
Piedras en el camino o flores y plantas aromáticas,
no hay una gran diferencia.
Recuperar la Visión.
Y la alegría.
Cuando hace inmersión, el invierno no es tan sobrecogedor
ni la noche tan oscura,
ni el agua del mar es tan fría como la imaginas desde el calor de casa.
La anticipación es lo que duele,
si llega cargada con su séquito de miedos, egocentrismo y debilidad.
Siempre eres más fuerte de lo que crees.
Y las noches oscuras encierran más luces
de las que esperabas.













