lunes, 9 de febrero de 2026

La presencia.

 



La luna llena en el marco de las vidrieras de la galería,
alzándose desde el lecho de mar.
Es el tiempo de la luna.
Al otro lado, el futón para el descanso con vistas a la montaña.
Aquí la iglesia iluminada coronando la cima de la montaña, como una antorcha encendida.
Y la voz del viento.
En su paseo celeste nocturno, la luna llegará al horizonte de montañas
y proyectará sus haces plateados por los balcones,
acariciando los edredones sobre el futón
y sacándola del sueño, antes del amanecer.
Las palomas, gaviotas y tórtolas madrugan con ella para despedir a la luna
antes de que se acueste en su lecho de montañas
y darle la bienvenida al sol que emerge del océano
y abre las puertas al nuevo día.
Una noche más.
Un día más por delante, que espera vivir despierta.
La Presencia.






jueves, 5 de febrero de 2026

La alegría de la meditación.

 


El descanso, parar.

En su tarea multifunciones en el centro budista
(recibir a las personas que llegaban a la sesión de meditación, informar a las nuevas,
preparar la gompa, el altar, las oraciones en el equipo de música, las grabaciones, etc.),
a veces, de repente recibía una llamada del maestro que,
atrapado en medio del tráfico o por cualquier otro motivo,
le comunicaba que tendría que impartir ella misma la sesión de meditación.
Acababa de dar los últimos toques necesarios, 
tomaba el libro y repasaba la meditación correspondiente al día de hoy,
y entraba en la gompa cuando ya todo el mundo esperaba en silencio,
en las sillas o en los cojines en el suelo.
Ella también tomaba asiento en su cojín.
Y se paraba el tiempo.
Silencio.
Luego abría los ojos, o aun antes de abrirlos, podía decir:
"Si pudiera transmitir esta profunda alegría, esta profunda paz liberadora
que emerge cuando te paras, cuando lo sueltas todo, física y mentalmente.
Solo aquí, presente, nada que hacer,
ningún lugar a donde ir.
Si pudiera transmitir esta profunda alegría,
nunca sentirías pereza para la meditación".

Se instalaba en ese profundo deleite por unos minutos, silencio.
Consciente del cuerpo en descanso, ningún lugar a donde ir;
la mente en descanso, nada que resolver.
Solo aquí, habitando el presente, la vida en todo su esplendor.
Respirar la vida, inhalar y exhalar la vida,
como un profundo acto de amor
y disolución.

Luego sí, seguidamente, asentada en una plácida calma
proyectada por esta isla de paz interior,
se iniciaba la aventura de la meditación,
empezando por la motivación concreta (cada cual la suya)
en este preciso instante.

Era otra vida.

Pero también es ésta.
También está aquí ese instante de parar
y contemplar.
Y a veces aun en la actividad,
el regreso, la presencia.
Cuando recuerdas quien eres, la vida.
Esta experiencia de vida que aún habitas.
Parar.
Respirar.
Ser parte del pulso de la vida en cada inhalación, en cada exhalación.
Disolverse en el flujo de la vida.
Como agua vertida en agua.




domingo, 1 de febrero de 2026

La práctica del budismo.

 


La maestra, sentada sobre su cojín, miró a las personas presentes y dijo:
¿Sabes qué tienes que comprender?
Que la práctica es un camino de santidad.
Con la práctica cotidiana se manifiesta la humildad y la capacidad de servicio;
si en lugar de eso emerge la arrogancia
es que algo no estás haciendo bien.

De repente hizo silencio.
Sonrió y volvió a mirar las caras de las personas asistentes.
Suena fatal, no? -dijo.
Suena a beato.
Lo escuché tantas veces de pequeña, de boca de personas duras, con sotana quizás,
que no eran de fiar.
A ver si lo sé expresar de otra manera.

Quiero decir que el estudio de las enseñanzas budistas, ponerlo en práctica en tu vida cotidiana
hasta integrarlas profundamente en tu mente, esa transformación,
es un camino de liberación
y de abundancia.
Se reducen los miedos y las necesidades
y reconoces las ofrendas incalculables e inagotables de la vida.

La práctica es un camino de santidad,
de liberación de los caprichos del egocentrismo, ese sometimiento,
y de abundancia.
Y si no es así es que algo se te está escapando
y no estás haciendo bien.





jueves, 29 de enero de 2026

Muchas vidas en esta vida.



 

La noche.
La luna media creciente.
El viento descansa, se da un respiro, guarda silencio,
después de barrer las calles, terrados y balcones
después de la lluvia que limpió las plantas y ventanas.
Las plantas se fortalecen,
su cuerpo también, y su mente.

Cuando las predicciones del tiempo avisaban de que fuertes vientos asolarían la isla de Okinawa,
el joven Gichin Funakoshi subía al tejado de su casa y los esperaba de pie
para entrenar equilibrio y kimé.
Lo leyó en su biografía "Karate-do. My way of life".
My way of life, siempre le gustó esta expresión.
La manera de vivir, la actitud, cómo afrontas la vida.
La expresión en sí misma ya era una pregunta, un reto.
La traducción del libro al castellano era "Karate-do. Mi camino".
Cuál es mi camino, cómo vivo esta vida que transito.

En la infancia aparecen unas ilusiones, deseos y alegrías, unos objetivos.
Pasa el tiempo y a la juventud aquello que le parecía tan importante ya no lo es tanto
y se sustituye por otros objetos de entusiasmo, otros sueños que perseguir.
Llega la vida adulta y las metas son diferentes.
Y parece que conforme te acercas a la vejez todas aquellas se esfuman de nuevo
pero no siempre aparecen otras,
la invisibilidad cuando ya estás en el margen supuestamente improductivo,
la fragilidad, la vulnerabilidad hacen acto de presencia.
Algo hay de cierto, quizás,
pero ella a ratos aún se siente como Funakoshi jugando con el viento en el tejado de casa.
En la recta final del viaje aún entrena con el viento,
se nutre del lodo, de la abundancia de nutrientes en la balsa donde crece el loto.
Un nuevo capítulo de la vida para desentrañar, la aventura renovada.

Que la fortaleza, el coraje y la confianza sigan presentes,
cada día restauradas, nuevas, a cada instante.
Y, si es posible, el amor.
Hubo una época (una vida) en que realizaba sin resistencia la meditación de "tomar y dar",
como una madre amorosa, como una leona, sin miedo,
como una potente energía sanadora (tú lo llamas la Ley Mística universal).
Pasado el tiempo vuelve a tocarla con las yemas de los dedos,
atraviesa el miedo y la fragilidad,
como un peregrinaje de autoconocimiento lleno de pruebas desconocidas,
a veces sobrecogedoras,
pero no duda del objetivo final.

Como en el loto, las semillas y la flor están aquí mismo, en este mismo momento;
la causa y el efecto aquí mismo,
el karma pesado que arrastra y el fruto,
ahora,
aquí mismo.




martes, 20 de enero de 2026

El loto y el lodo.



Un paso tras otro, sin prisa.
He llegado, estoy en casa.
La meditación caminando en el patio,
habitado de árboles y plantas revitalizadas después de la lluvia.
Por un momento, concentra la mirada en las personas que caminan delante,
como radiantes flores de loto,
también revitalizadas después del temporal.
Poco antes, en el compartir, contaban su momento,
sus preocupaciones, el dolor
y también la alegría.
El lodo.
"No mud, no lotus", dice Thich Nhat Hanh.
Contempla las flores de loto delante de ella, transcendiendo el lodo.
Cada persona cuenta con su lodo correspondiente, su drama personal, su relato,
su experiencia kármica, a primera vista diferente,
pero lo que nos iguala es el loto, el despertar,
el ser que transciende su propio momento kármico.
En el loto nos encontramos, nos hermanamos, somos iguales.
También en el lodo, la compasión, la empatía, los cuidados, el amor.
Nam Myoho Renge Kyo.
Consagrar la vida a la ley mística (la ley universal)
del Sutra del Loto.

En la vida diaria, dónde pones la atención? ¿En el lodo o en el loto?
¿O abrazas los dos a la vez, sin resistencia?
Ninguna realidad contradice a la otra.
Pero que el lodo no te impida ver el loto que florece,
que el relato que te cuentas no te impida ver el ser libre que ya eres,
la plenitud
que ya eres.



domingo, 4 de enero de 2026

Todos los mundos en este mundo.

 


El silencio, tan lleno.
Los sonidos del silencio.
El tren que pasa, algún golpe de viento suave, un pájaro al vuelo,
los crujidos de la casa viva.
La contemplación
de la vida, en movimiento.
Nacer, la energía explícita de la vida, en la infancia, en la juventud,
la enfermedad, el declive, la partida. 
"Tot era una enganyifa", le dijo la anciana, consciente de la recta final.

El océano de piel rizada, olas que emergen y desaparecen,
tan constante el movimiento que a veces parece quietud.
El cansancio a veces, el descanso,
dejarse llevar por la corriente, el cuerpo en reposo.
La entrega, la renuncia.
A veces sin refugio, sin necesidad de refugio.
A veces el abrazo de Dios, la luna de miel con Dios,
la disolución, como agua vertida en agua.
Cuando todo forma parte del cuerpo de Dios
y el dolor no aparece, o bien es una mera experiencia más
de la Conciencia, del cuerpo de Dios.
A veces la contemplación compasiva, a veces los infiernos.
La liberación y todos los demás mundos están en este mundo,
en esta vida.
La contemplación, la compasión y los infiernos, todo ello también
el cuerpo de Dios.
También el cansancio.
Y la embriaguez de la experiencia de la presencia, la Conciencia,
jugando al escondite.


"El sol del estado de la budeidad irrumpe en nuestro corazón
y se dispersan la ignorancia y la ilusión,
que hasta entonces rodeaban el sol con una espesa capa de nubes".

(Disertaciones sobre el logro de la budeidad en esta existencia.
Daisaku Ikeda).





jueves, 25 de diciembre de 2025

Los seis reinos están en este reino. (2)

 


En algunas tradiciones budistas, el reino humano se considera parte de los reinos superiores.
También se describe en el lenguaje habitual como la condición de "humanidad".
Hay que decir que no todos los seres humanos, y no en todo momento, estamos en contacto con esta naturaleza intrínseca que denominamos "humanidad".
Se refiere a la capacidad de ver más allá y tener acceso a la calma, la empatía y la compasión. No siempre manifiesta, cuando surge el odio, el miedo y otras aflicciones que ya hemos contemplado en los reinos inferiores.
Esta naturaleza compasiva y serena del reino humano
se debe, en parte, a que el sufrimiento no es tan abrumador como en los reinos denominados "inferiores",
y junto a los momentos fugaces de felicidad
crean las condiciones propicias para comprender y despertar.
Sabemos que ambas experiencias (sufrimiento y felicidad)
son temporales, impermanentes.
Y también una oportunidad, en ambos casos, para la liberación.

Aun así, el reino humano también cuenta con sus tendencias o causas de sufrimiento
como son el apego, la aversión y la ignorancia.
Estas tendencias tienen en común con las que caracterizan a los reinos inferiores
que se basan en el egocentrismo,
el sufrimiento egoísta que surge de la creencia en un ser separado, más importante que ningún otro.
La experiencia de apego no se refiere solo a los fenómenos externos
(confort, dinero, buena reputación, etc.),
sino que es más intenso en lo que se refiere a los conceptos que sostenemos sobre nosotros mismos.
Mantenemos un fuerte apego a nuestro ego,
una sensación de persona, fabricada y artificial, a la que protegemos obsesivamente.
Ponemos siempre a ese ego en el primer lugar de nuestros intereses
e intentamos satisfacer las exigencias creadas por la idea de quienes somos
y lo que necesitamos para sobrevivir y disfrutar.
Y mantenemos esa creencia, aunque no funcione, para conseguir nuestro objetivo de ser felices.
Pero lo único que conseguimos, cada vez con más fuerza de aparente realidad,
es la estabilización del concepto del ego fabricado.

La aversión funciona de la misma manera que el apego, referida a todo lo que ese ego rechaza,
en la convicción de que cualquier situación no deseada es un obstáculo para la felicidad.
Sin advertir que no es la situación en sí sino el rechazo mismo
lo que dificulta o imposibilita nuestra paz.

A ese aferramiento al ego (manifestado en apegos y aversiones)
que confunde la causa de nuestro malestar
es lo que el budismo denomina "ignorancia" o confusión.

En cuanto al reino de los semidioses, sus aflicciones principales son
la envidia, los celos y el orgullo. 
La seducción del lujo, la vida fácil y la sensación de pertenecer a una élite de VIPs
resulta abrumadora y ahoga la aspiración de despertar.
Envuelven su vida en objetos materiales selectos y de difícil acceso, para alejarse del humano común,
construyendo una fachada de superioridad, falsa seguridad y satisfacción.
Sin embargo, toda la energía empleada en construir ese ego sirve de poco
porque al final, al igual que todos los demás, acaba viéndose devastado por las fluctuaciones inevitables de la vida.

Los seres del reino de los dioses tienden a utilizar incluso la meditación
como una herramienta adicional para experimentar el éxtasis
o para crear experiencias placenteras sin ningún sentido de despertar, realización o transformación.
La meditación se convierte en otra manera de perseguir placeres
y no una oportunidad para la comprensión, el despertar y la liberación.
Aún se encuentran sumidos en una profunda dualidad.
En este estado de autocomplacencia somnolienta, se persigue una experiencia constante de ebriedad que hace que los seres del reino de los dioses realmente vivan a medio gas, una vida superficial.
Los seres del reino de los dioses, al igual que el resto de seres en los reinos del samsara,
viven sin sabiduría.

En este punto, podemos recordar que todos los reinos están en esta vida, mientras estemos en la ilusión de samsara, sostenido por el aferramiento al ego, el concepto de yo separado.
Asímismo, es importante tener presente que los estados conflictivos que caracterizan a los diferentes reinos son meros "oscurecimientos" mentales (kleshas),
que dificultan nuestra capacidad de reconocer nuestra sabiduría original.
Pero también tenemos la capacidad de vencer los patrones destructivos
y salir de nuestros hábitos físicos y mentales.

El objetivo fundamental de meditar y profundizar en los diferentes reinos
es el de comprender que estas aflicciones que experimentamos están condicionadas
pero no son definitivas sino que las podemos transformar y superar.


(Del libro "Transformar la confusión en claridad",
de Yongey Mingyur Rimpoche).