sábado, 25 de abril de 2026

El encuentro con Dios en la vida diaria.

 


Cuando la recibió la hermana Estrella la encontró bellísima, resplandeciente.
Luego la monja le confesaría, con una sonrisa cómplice en la mirada, que estaba enamorada.
De Jesús, de quién va a ser? -sonrió, lo suyo era una sonrisa estable, como parte de sus facciones.
Y cuánto tiempo llevas aquí, de monja de clausura?, le preguntó.
12 años, respondió la hermana Estrella.
¿12 años enamorada?!, exclamó ella.
Cada día más, rio la monja.
Durante los días de retiro en la celda prestada por las hermanas de Belén
tuvo la oportunidad de contemplar la misma alegría profunda en otras monjas del convento de clausura,
como un harén de mujeres libres y felices.

Ella siempre ha admirado el profundo gozo del misticismo.
Por ejemplo, en la meditación.
Luego, cuando hacía el amor, era como continuar con la meditación, más profunda,
en la disolución, en la vacuidad, en el amor universal.
Como agua vertida en agua.
"In love we desappear", dice Leonard Cohen.

Siempre ha admirado el disfrute profundo en la experiencia de plenitud.
En el silencio de los retiros con la sangha humana,
y en los retiros en soledad
con la sangha de aves y plantas, árboles, montañas, nubes, estrellas,
salidas y puestas de la luna y el sol.
La intensidad de la plenitud, el gran gozo de la vacuidad,
la unión con Dios, donde desapareces.
A veces es como una vida paralela, un mundo paralelo,
un universo paralelo.
Una experiencia de transcendencia de lo cotidiano.

Hasta que un día sintió que la auténtica prueba del algodón
tal vez sería encontrar la inspiración aquí mismo,
la belleza aquí mismo, el amor, aquí mismo,
en las formas que aparecen en este mundo, tal como son, sin transcenderlas.
Tocar el nirvana aquí mismo.
Encontrar a Dios en estas calles, en este paisaje,
en las caras y cuerpos con los que se cruza.



En la experiencia mística de transcendencia,
cuando te parece que estás en el camino espiritual,
el amor y el disfrute y la belleza lo tiñen todo, incluso el dolor.
Por ejemplo, un dolor de rodillas en zazen puede ser el abrazo de Dios,
la unión cósmica,
cuando te fundes y desapareces.
Cualquier dificultad en el camino espiritual es una oportunidad más
de gozoso encuentro con Dios, en el peregrinaje.
Entonces, qué sentido tiene establecer separaciones?
Aquí lo mundano, allí lo espiritual.
Aquí samsara, allá nirvana.
¿Y si cada dolor, cada dificultad en la vida diaria, aquí, en este mundo humano,
es una oportunidad también,
para el encuentro con Dios, tocar el nirvana?
Y lo mismo con las experiencias de alegría, de celebración o de paz.
¿Y si cambio la mirada para empezar a ver la Tierra Pura aquí mismo,
el camino aquí mismo?

Como siempre, decidió probar. Y a ver qué pasa.
Traer el camino a este mundo,
la belleza en la mirada para la contemplación de la vida cotidiana. 
Y a ver qué pasa.






viernes, 17 de abril de 2026

La alegría, el sufrimiento.

 




Estar bien puede ser una bendición.
Que no te duela nada,
sentir el cuerpo como un aliado en este viaje, en esta aventura.
Contar con un techo y un espacio
que te protejan del calor, cuando los rayos de sol son hirientes,
o del viento y la lluvia que se despliegan implacables.
Tienes comida en la nevera y en la despensa.
Una red de afectos que te sostiene.
Capacidad de servicio, de ser útil, que le da sentido a tu vida.
Puedes hacer silencio y escuchar el canto de los pájaros al amanecer, y al atardecer, 
tus vecinas de siempre (las gaviotas, las palomas, las tórtolas)
y las recién llegadas, de visita en el barrio,
las golondrinas, los vencejos, los mirlos, las urracas,
que puedes escuchar porque aquí no llueven las bombas.
Ni inundaciones ni incendios.
Estar bien es una bendición.
Si eres consciente, si estás presente,
si tienes la capacidad de apreciar y celebrar.
Pero estar bien también tiene sus trampas, sus riesgos.
Por ejemplo, la soberbia, la arrogancia.
La dificultad (si de da) para comprender otras realidades. La altanería.
El distanciamiento.
El espejismo de un yo separado, superior.
Olvidarte del cuerpo que funciona y no celebrar,
de los regalos de la vida y no celebrar.
Como si fueran parte de ti, por derecho propio.
El reforzamiento del yo que imaginas.
La ilusión de eternidad -de lo que crees ser y lo que crees tener.
El autoengaño, la ignorancia.
La soberbia -repito-, la arrogancia,
la ilusión de superioridad sobre los más "débiles",
olvidando que también son tú misma, antes o después, incluso ya mismo.
La psicopatía que te hace inmune al sufrimiento ajeno, e incluso dañar,
a veces voluntariamente ("que aprendan")
y a veces inconscientemente, pero dañar.

Estar bien puede ser una bendición o una maldición,
depende de como lo vivas, cómo lo gestiones.
Y lo mismo con eso que consideramos "estar mal".
La fragilidad, la vulnerabilidad que te acerca a la experiencia de la muerte,
a la empatía, a la compasión que te hermana con el resto de los seres humanos,
con el resto de seres.
"Así que era esto".
Pongamos que sientes por primera vez un dolor de muelas,
o de lumbares, o los efectos de la quimio,
o la pérdida de un ser querido,
o los celos, el rechazo, la envidia, la ansiedad, la depresión.
"Así que era esto".
Entonces comprendes, no desde la cabeza sino desde el corazón.
Así que era esto.
Y quizás puedes llorar.
No por tu propio dolor, que estás sufriendo en estos momentos,
sino por el dolor compartido.
Así que era esto.
Y entonces, esta experiencia que te hermana
duele menos que como la vivías desde el egocentrismo y la separación.
Duele de otra manera.
De una manera que quizás incluso se acerca al placer,
el amor, la plenitud.

Eso que llamamos "estar bien", o "estar mal",
puede ser una bendición
o una maldición.
Depende de lo que hagamos con ello.




viernes, 3 de abril de 2026

No hay jerarquía ni privilegios entre los bodisatvas de la Tierra.

 


El Sutra del Loto considera que todos los seres son budas en potencia.
En realidad, somos budas en esencia, pero no lo sabemos debido al oscurecimiento mental,
esa obnubilación que genera la ilusión de ser separado.
Todos los seres somos manifestaciones de Buda,
moléculas del cuerpo de Dios. Dios mismo.
Desde este punto de vista, no existe discriminación, jerarquías ni privilegios
entre los seres que habitan este mundo.
Un monje o una monja en su monasterio
no debería ser objeto de devoción superior a cualquier otro ser del planeta,
solo porque haya elegido ese camino.
Es solo un camino, entre otros.
Una maestra en la escuela, cualquier persona en su trabajo,
o en su familia, o en el barrio,
hace la misma función que cualquier persona del clero:
"transmitir valores para la revolución humana" (la iluminación, la budeidad),
para construir un mundo de paz, 
en palabras de Daisaku Ikeda.
Para que la tierra que pisas sea la tierra prometida,
la Tierra Pura.
El paraíso no va a estar en el futuro si no lo empiezas a construir,
si no está ya mismo, aquí mismo.
Y el paraíso terrenal es el único que importa, mientras la Tierra sea tu morada.
Un monje, una maestra o una madre de familia tienen la misma función,
si son bodisatvas de la Tierra.
Y todos los privilegios y jerarquías de poder
o devocionales
están fuera de lugar.

Allá donde estés, hagas lo que hagas,
sé la luz.