sábado, 29 de agosto de 2026

El viaje continúa, de vuelta a casa.

 


Las 22,20h.
La noche oscura y desierta, en tierra de nadie.
Una hora esperando el tren, el andén vacío.
Seguramente habría sido mejor buscar otra vía de regreso.
O no.
En tierra de nadie se impone la quietud y la contemplación
de lo que acontece.
Ya pasa de las 22,22h.
Está cansada, y pesada.
El día le sentó regular, piensa.
Pero también aparecieron cosas para celebrar.
Las 22,23h y llega el tren.
La luna llena.
La luna llena en el trayecto de la masía al tren.
La luna llena.
La masía.
Dentro de la sala de meditación, el tantra.
Retiro de alto yoga tantra.
Silencio. Concentración.
Tocando la mente iluminada.
La luna llena. La masía. El tantra.
Todo se ha quedado allí.
Y yo qué me traigo?, se pregunta.
La luna llena (se viene con ella,
al otro lado de la ventanilla del tren).
El tantra.
La masía.

Lo ha visto todo pequeñito.
En su memoria era más grande.
Como cuando, de adulta, vuelves a las calles de tu infancia,
donde tenían lugar los juegos y todo lo demás.
Como si los escenarios hubieran encogido.
La entrada al templo era más pequeña que en el recuerdo.
La sala de meditación acogía a un público reducido.
Los pasillos a los lados, que tantas veces recorrió, se habían acortado.
Y el comedor, qué había pasado con el comedor? Acaso era otro?
Y la terraza, lo mismo.
¿Fue allí donde se celebraron tantos encuentros multitudinarios?
Lo que la maravilló fue el paso confiado de las familias de jabalíes, entre las mesas,
entre las habitaciones dispersas en el exterior.
Esa convivencia sin conflicto.
Esa presencia era nueva.

Qué se lleva consigo?
La luna llena.
La masía.
El tantra.
La inspiración.
Las antiguas experiencias de plenitud, renovadas.
Renovadas todas las iniciaciones que atravesó.
Más que una lluvia de bendiciones, una tormenta
que arrastra lo que tiene que arrastrar,
movilizadora.

Otro viaje.
La esperaba otro viaje, de vuelta a casa.




jueves, 27 de agosto de 2026

Celebrar la vida.

 


Celebra esta vida que se manifiesta y alza su taza de café al cielo decorado de nubes blancas de algodón.
Celebra el aire suave en la piel a la sombra de la mañana, en el terrado;
el canto de la tórtola al vuelo, al aterrizar.
El sonido del saxo tenor volando desde algún balcón vecino al suyo.
Celebra el sabor del mango deshaciéndose en su paladar.
En aquella ocasión, la maestra dijo:
"M. está borracha de bendiciones".
Así se siente hoy también, después de verla, en su templo.
Le gusta saber que existe, lo celebra.
Celebra la luna llena en el trayecto a casa, cuando la casa de ella
ya no es su casa.
Incluso celebra el cansancio, tan abatida.

Dejó al amigo en su templo, a sus cuidados.
"Ya veo que al final del camino vas a tocar la iluminación", le dijo, en tono de broma,
y él se rio.
Incluso ella misma la ha tocado, tanto amor.

Celebra la vida que aparece en su vida.
El canto flamenco de alguna radio,
la voz rota, femenina, desplazándose en el aire.
Pedalear por el puerto cuando las nubes amables se interponen
y la protegen del sol;
el baño en el mar al amanecer;
nadar como una meditación, en la piscina,
contando como respiraciones los largos que van y vienen.
Celebra la inspiración que le regalas, saber que existes.
Regresará a verte,
como una fuente que nutre su energía
más sagrada.





martes, 25 de agosto de 2026

El viaje como una peregrinación.

 


La rutina, a veces, tiene el poder de marchitarte un poquito,
como las flores cuando pierden su frescor.
Por eso va bien salir de tu zona de confort;
como en un viaje, por ejemplo.
Hay muchos tipos de viajes, geográficos también.
Cuando sales de tu mundo conocido y exploras algún otro que te resulta "exótico",
con un sistema de vida diferente, donde no sabes tantas pequeñas cosas esenciales de la vida diaria,
te das cuenta de que dependes en gran medida de la amabilidad de la gente.
Y cuando regresas a tu casa observas que sonríes más,
eres un poco más paciente que antes
y quizás causas menos conflictos por pequeñeces.
También puede que mires tu entorno con otros ojos, como la viajera con la que te cruzas por la calle
y ve lo que tú ves por primera vez,
percibe los olores del nuevo lugar, los colores, la luz,
incluso el paisaje celeste.
No es el mismo cielo el que contemplas en Barcelona que el de las altitudes de Shianggelila, por ejemplo;
los dos son hermosos, pero diferentes.

Caminando por los pueblos semidesérticos del lago Erhai, una niña de la etnia naxi salió a la puerta de su casa y nos miraba como a extraterrestres.
Su madre, originariamente del Himalaya, salió y nos invitó a ver su casa.
"Pienso que si venís de tan lejos, atravesando tantos kilómetros, molestias e incomodidades
es porque os interesa conocer nuestra cultura", dijo.
No fue la única que nos invitó a conocer el interior de su casa y sus costumbres.
Pensé que su concepto del turismo y el mío, residente en Barcelona, también eran diferentes.
Pero asumí la lección.

Estoy contenta de volver a casa, aprecio mucho la rutina que conforma mis días,
los templos que habito,
pero haré lo posible por no perder la bondad que he contemplado,
la confianza, la generosidad.
Que me impregne, que se quede estabilizada en mi mirada,
en el río que corre por las venas, en los tejidos
de este cuerpo.
Que no se diluya.
Si es posible.