La rutina, a veces, tiene el poder de marchitarte un poquito,
como las flores cuando pierden su frescor.
Por eso va bien salir de tu zona de confort;
como en un viaje, por ejemplo.
Hay muchos tipos de viajes, geográficos también.
Cuando sales de tu mundo conocido y exploras algún otro que te resulta "exótico",
con un sistema de vida diferente, donde no sabes tantas pequeñas cosas esenciales de la vida diaria,
te das cuenta de que dependes en gran medida de la amabilidad de la gente.
Y cuando regresas a tu casa observas que sonríes más,
eres un poco más paciente que antes
y quizás causas menos conflictos por pequeñeces.
También puede que mires tu entorno con otros ojos, como la viajera con la que te cruzas por la calle
y ve lo que tú ves por primera vez,
percibe los olores del nuevo lugar, los colores, la luz,
incluso el paisaje celeste.
No es el mismo cielo el que contemplas en Barcelona que el de las altitudes de Shianggelila, por ejemplo;
los dos son hermosos, pero diferentes.
Caminando por los pueblos semidesérticos del lago Erhai, una niña de la etnia naxi salió a la puerta de su casa y nos miraba como a extraterrestres.
Su madre, originalmente del Himalaya, salió y nos invitó a ver su casa.
"Pienso que si venís de tan lejos, atravesando tantos kilómetros, molestias e incomodidades
es porque os interesa conocer nuestra cultura", dijo.
No fue la única que nos invitó a conocer el interior de su casa y sus costumbres.
Pensé que su concepto del turismo y el mío, residente en Barcelona, también eran diferentes.
Pero asumí la lección.
Estoy contenta de volver a casa, aprecio mucho la rutina que conforma mis días,
los templos que habito,
pero haré lo posible por no perder la bondad que he contemplado,
la confianza, la generosidad.
Que me impregne, que se quede estabilizada en mi mirada,
en el río que corre por las venas, en los tejidos
de este cuerpo.
Que no se diluya.
Si es posible.


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