jueves, 3 de diciembre de 2020

Cuando el dharma te deja sin ilusiones.

 


Montaña arriba. Silencio.
Sin propuestas ni facilitación ni meditación dirigida.
Contemplación
libre.

En un momento dado, un claro del bosque al sol invita a parar,
sentarse y compartir.
David juntó las manos a la altura del pecho
y, saludando al buda en cada ser presente,
hizo la señal de que tenía algo que decir.

- ¿No tenéis la sensación de que, con el paso del tiempo,
la vida acaba retirando los regalos
que te ha ido ofreciendo por el camino?
Quizás la ilusión de un oficio, o una pareja, viajar,
el entusiasmo en cada afición, o enamoramiento.
No sé si es cosa de envejecer (nunca creí en eso)
o más bien cosa del dharma.
Pero cada vez tengo menos "ilusiones", ya no me las creo.
Menos intereses en este mundo.



Quizás no se trata tanto de hacer recuento de las cosas que nos ilusionaron en su día
como mirar el momento presente
-comentó Judit,
como investigando sus propias palabras conforme las iba desgranando-.
Al nacer encontramos unos retos, unos aprendizajes, unas conquistas,
descubrimientos y motivos de asombro,
que luego dejan de serlo.
A lo largo de la infancia van cambiando
y aparecen otros.
Y cuando llega la adolescencia es un abismo al mundo adulto.
Aún casi todo por descubrir.
Hacerse un lugar en el mundo,
la sacudida del enamoramiento,
el desafío de la pareja quizás,
los viajes que te muestran otras caras de este mundo
en este baile de disfraces.
La historia se repite en el mundo adulto.
Experiencias desveladas, ilusiones que dejan de serlo
para dar paso a otras nuevas,
retos nuevos.
Y ahora (da igual la edad),
una vez más, la historia se repite,
aunque a veces da la impresión de que se acaba, la historia.
Solo continúa.
La única diferencia es que hasta ahora las propuestas estaban hechas,
el camino de alguna manera marcado.
Quizás no se nos ha revelado tanto qué hay después,
cuando ya no deseas más ser una persona productiva.
Pero eso no significa que no haya nada por descubrir, que la vida se acabe.

- La dictadura de la vida adulta -intervino David.
Y entonces llega la madurez.
Y los referentes de la vida adulta deben ser dejados atrás, si ya no te valen.
Como quedaron atrás los referentes de la infancia
y la adolescencia.
No como un fracaso.
Ni una pérdida.
Ni siquiera como una transcendencia.




Personalmente, me encontré cambiando el enfoque -continuó Judit-
y ya no me preguntaba más qué hacer
sino cómo hacer, o cómo no hacer.
Cómo.

Por ejemplo,
como cabeza de familia, me había acostumbrado a funcionar de una forma acelerada,
como empujada por el reloj, para que me dé tiempo a todo.
Y ahí me había quedado ese hábito aunque hubiera reducido drásticamente 
las notas en la agenda.
Así que me planteé la nueva aventura de parar, primero (eso fue relativamente fácil),
y ralentizar después (no tan fácil).
Hacer o estar como si no existiera un instante después.
Fregar los platos fregándolos,
caminar caminando,
subir o bajar las escaleras sin apresurar el escalón,
comer comiendo (desconectada la televisión y la radio del pensamiento).
Respirar respirando.
Quiero decir que sólo cambiar una forma de hacer las cosas
puede cambiar el mundo en el que vivo
y la vida que vivo.
Imagina cuánto tengo aún por descubrir.

Ralentizar el movimiento no significa sólo reducir la velocidad,
como hacer silencio no significa meramente dejar de hablar.
El silencio requiere silencio, también de pensamiento,
apertura a la escucha profunda, contemplación.
Y moverse más lentamente es algo más que lo que simplemente se ve,
la velocidad que se aprecia.
No es hacer las cosas más despacio
con la mente igualmente puesta en lo siguiente, o en otra cosa.
Es estar donde estás, sin que te empuje el instante posterior.
Es
el fotograma del ahora.




Dicen que hacemos servir la mente humana (la experiencia humana)
al 20 por ciento de su potencial. Por poner una cifra.
Quizás nos acerquemos al final del trayecto de esta aventura
y aún tenemos un 80 por ciento (o muchísimo más)
de experiencias no cartografiadas.

Cuidado con quedar prendidas de unos objetivos que pudieron ser importantes en su momento,
como una mariposa prendida en un alfiler, ya sin vida.
Cuidado con seguir enganchadas a ellos cuando ya no sirven,
como si representaran el significado último de la vida.
Como si no hubiera vida más allá
de esa vida.

Personalmente, no me preocupa que hayan dejado de interesarme cosas
que en otros momentos me llenaban de excitación
y atraían mi atención y mi energía.
No me llama ese duelo
sino la aventura del terreno no cartografiado.
El mundo aún por descubrir, cuando mi enfoque cambia.
Cuando mi yo cambia.
El espectáculo abrumador de la vida inmensa.
La luz de la plenitud.




No hay comentarios:

Publicar un comentario