La noche.
La luna media creciente.
El viento descansa, se da un respiro, guarda silencio,
después de barrer las calles, terrados y balcones
después de la lluvia que limpió las plantas y ventanas.
Las plantas se fortalecen,
su cuerpo también, y su mente.
Cuando las predicciones del tiempo avisaban de que fuertes vientos asolarían la isla de Okinawa,
el joven Gichin Funakoshi subía al tejado de su casa y los esperaba de pie
para entrenar equilibrio y kimé.
Lo leyó en su biografía "Karate-do. My way of life".
My way of life, siempre le gustó esta expresión.
La manera de vivir, la actitud, cómo afrontas la vida.
La expresión en sí misma ya era una pregunta, un reto.
La traducción del libro al castellano era "Karate-do. Mi camino".
Cuál es mi camino, cómo vivo esta vida que transito.
En la infancia aparecen unas ilusiones, deseos y alegrías, unos objetivos.
Pasa el tiempo y a la juventud aquello que le parecía tan importante ya no lo es tanto
y se sustituye por otros objetos de entusiasmo, otros sueños que perseguir.
Llega la vida adulta y las metas son diferentes.
Y parece que conforme te acercas a la vejez todas aquellas se esfuman de nuevo
pero no siempre aparecen otras,
la invisibilidad cuando ya estás en el margen supuestamente improductivo,
la fragilidad, la vulnerabilidad hacen acto de presencia.
Algo hay de cierto, quizás,
pero ella a ratos aún se siente como Funakoshi jugando con el viento en el tejado de casa.
En la recta final del viaje aún entrena con el viento,
se nutre del lodo, de la abundancia de nutrientes en la balsa donde crece el loto.
Un nuevo capítulo de la vida para desentrañar, la aventura renovada.
Que la fortaleza, el coraje y la confianza sigan presentes,
cada día restauradas, nuevas, a cada instante.
Y, si es posible, el amor.
Hubo una época (una vida) en que realizaba sin resistencia la meditación de "tomar y dar",
como una madre amorosa, como una leona, sin miedo,
como una potente energía sanadora (tú lo llamas la Ley Mística universal).
Pasado el tiempo vuelve a tocarla con las yemas de los dedos,
atraviesa el miedo y la fragilidad,
como un peregrinaje de autoconocimiento lleno de pruebas desconocidas,
a veces sobrecogedoras,
pero no duda del objetivo final.
Como en el loto, las semillas y la flor están aquí mismo, en este mismo momento;
la causa y el efecto aquí mismo,
el karma pesado que arrastra y el fruto,
ahora,
aquí mismo.


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