miércoles, 11 de marzo de 2020

El desierto (2)







De vuelta en casa.
Otra manifestación del hogar.
El terrado al sol, el aire de primavera.
El canto de los pájaros en la montaña.
La tórtola sobre la chimenea, las gaviotas planeando su techo de cielo.
Los pañuelos bereberes al viento, desprendiéndose del aroma de fuego nocturno
y polvo del desierto.
Aún no sabe si alguno de sus yos se quedó en las dunas, como presentía;
lo que sí puede afirmar es que las dunas ya están dentro de ella.
Que las dunas son ella.
Y ella es las dunas.
Silenciosas, quietas, en movimiento
o en deconstrucción, tan ligeras y volátiles.

Ella es las dunas, como un océano de arena,
olas de arena, ralentizadas,
grandes y pequeñas, altas y bajas.
Subirlas en diagonal (cuando falta maestría)
y desplazarse por su cuerpo suave.
Confiada.
La madre de brazos abiertos.






Ella es el desierto inabarcable y también es cada grano de arena,
limpio, suelto, sin apego.
Y es el aire tan limpio, tan puro, que puedes morir de gratitud
y de embriaguez.
Y no es una ilusión porque algo se muere
(algún "yo", presentía ella).

Y es
la luz del universo.
La del día, cegadora, y la de la tarde, millonaria de matices,
y la de la noche, la penumbra amorosa
a la luz de las velas de las estrellas y la luna creciente,
y de ese fuego en medio del campamento,
perfumado de leña de eucalipto
y piel de naranja.

La arena, el aire, la luz.
La danza del cuerpo en la meditación tandava.
El sol que se va.
La luna presente desde primeras horas de la tarde.
El traje de luces con el que se viste el horizonte inmenso,
desplegando su magia.

Todo eso era ella
y ya corre por sus venas
y en el aire que alimentaba cada una de sus células.
Aún lo respira.

Aún escucha el silencio y el crepitar de la hoguera
en la noche.







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