Si el miedo te conduce a la muerte, a hacer la paces con la muerte,
entonces el miedo es un buen aliado.
No porque te ayude a evitar lo inevitable,
no tanto porque el miedo te ayude a prevenir posibles riesgos y te proteja,
como suele decirse,
sino porque te reconcilia con la vida/muerte
(también lo llaman "myoho", la ley universal),
cuando no tiene sentido oponer resistencia, que solo empeora las cosas.
El miedo también puede ser un aliado, si lo exploras a conciencia.
Miras a tu alrededor, ves lo que es la vida que percibimos:
una sucesión de apariciones y extinciones,
y el acontecer sigue aconteciendo, imperturbable.
Cuando consigues ver a Dios en todo lo manifestado,
un retiro es una luna de miel;
despertar al día, o la noche, un abrazo;
el dolor físico o cualquier dificultad, un entreno que te hace más fuerte,
cuando el dolor y la dificultad desaparecen
y se convierten en un paseo inspirador.
Y la muerte "el abrazo supremo" tántrico, la unión definitiva,
cuando sueltas la mochila de conceptos (ese yo tan pesado)
como una piel muerta
y te disuelves feliz, "como agua vertida en agua".
El miedo, si lo investigas a fondo,
puede conducirte a la liberación.


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