La luna llena en el marco de las vidrieras de la galería,
alzándose desde el lecho de mar.
Es el tiempo de la luna.
Al otro lado, el futón para el descanso con vistas a la montaña.
Aquí la iglesia iluminada coronando la cima de la montaña, como una antorcha encendida.
Y la voz del viento.
En su paseo celeste nocturno, la luna llegará al horizonte de montañas
y proyectará sus haces plateados por los balcones,
acariciando los edredones sobre el futón
y sacándola del sueño, antes del amanecer.
Las palomas, gaviotas y tórtolas madrugan con ella para despedir a la luna
antes de que se acueste en su lecho de montañas
y darle la bienvenida al sol que emerge del océano
y abre las puertas al nuevo día.
Una noche más.
Un día más por delante, que espera vivir despierta.
La Presencia.


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