martes, 29 de septiembre de 2020

El retiro.

 


Llegó con el equipaje demasiado lleno de amor ("demasiado" ya da una pista).
La excitación del amor que se queda al otro lado, en el mundo que deja atrás,
y la excitación de la anticipación, del encuentro, aquí mismo.
Como una bomba de relojería dentro del pecho.

Mantuvo el movimiento lento para compensar,
mientras colocaba la ropa en el armario y los alimentos en la nevera,
y empezaba a hacer suyo el nuevo espacio.

Aun después de oscurecer, caminó por la montaña sin caminos,
de hierba y pequeñas flores amarillas, blancas y lilas.
Luego se acostó en la cama con vistas al cielo.
Dios en todas partes, ya no esperaba.
Y al mismo tiempo, esperaba.

Sólo deseaba mirar el rostro de Dios y escuchar su voz.
Y si se entregaba a Dios no se entregaba al sueño.
Demasiada excitación.

Cogió ese libro sobre el Metta Sutta (el cultivo del amor incondicional).



Cuando traspasó la verja y el lama salió a recibirla, le preguntó cuál iba a ser su práctica estos días de retiro.
Ella le dijo que continuaba con la autoindagación (quién soy yo)
y la vacuidad.
Él respondió con una expresión de aprobación 
y no le dio indicaciones.
Le deseó buen viaje y se despidió.

Pero la realidad es que aún se mantiene flotando en el territorio de Metta.
Gran parte de la noche despierta, absorbida por metta, esa clase de amor.

La primera noche fue como una noche de bodas.
El amor desbordante, la alegría, la excitación.
Sin reposo.
Tras el encuentro, tan agitado,
inicia su primer día con la serenidad de la amante/amada.

Serenamente habitando el cuerpo de Dios.



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