sábado, 1 de abril de 2017

La adicción al sufrimiento.






Amaneció sol de primavera, abriéndose, inspirador.
Volvió a la cama a semimeditar, mente sutil.
Contemplación desde el silencio.
Cuando se levantó, el cielo amenazaba lluvia, oscuros nubarrones.
Después de la higiene habitual (cara, ojos, boca, nariz y manos),
preparó el desayuno como una ofrenda.
El tictac del reloj poniéndole ritmo a la lluvia, si lo necesitara, mientras degustaba el café, el bizcocho casero de algarroba y frutos secos, las fresas.
El cielo había aclarado cuando cogió la bicicleta, bordeando el puerto hasta la playa.
Encontró un mar de olas suaves, limpio (aun después de la tempestad de la noche, sorpresa), piedras bajo las plantas de los pies.
Y un cielo de tonos grises y azules y blancos y más grises.
La luz como el ojo de Dios filtrándose entre los claros.
El agua fría, un abrazo de despertar.
Luego, la piscina exterior, climatizada, la arropó como un balneario cálido, por el contraste, mientras hacía un largo tras otro, a veces en la superficie, a veces en las entrañas cálidas.
Emergió del agua y se dirigió a la hamaca donde había dejado la toalla y la bolsa de la ducha, húmedas por la lluvia suave.
Y se cruzó con esa conversación:
"Son dos caminos diferentes, que te llevan a lugares diferentes."
Sonrió.





Anoche, tras el grupo de estudio, decidieron extender el compartir con una cena ligera.
Alguien preguntó:
Qué es lo que os altera, todavía?
J dijo: "Que me hablen mal, las malas maneras, los gritos, las demandas, las exigencias."
Y ello dio lugar a un debate sobre el habla amorosa y la escucha profunda.
¿Y a vosotras?
L dijo: "Las expectativas, en especial las expectativas de felicidad".
Y debatieron sobre la tiranía de la idea de la felicidad, tan lejana.
M dijo: "El apego al malestar, la adicción al sufrimiento."

En mi experiencia, dijo L, la felicidad, la plenitud y la paz, tienen más que ver con la presencia, con la atención plena, que con las expectativas.
De hecho, no tienen nada que ver con las expectativas.
Yo creo que se trata más de darse la oportunidad de ver que ya están aquí.
Como abrir los ojos, o abrir una puerta.
Parece que tenemos más costumbre de abrir la puerta de la tristeza, la frustración, la rabia...
Pero la puerta de la satisfacción, la plenitud y la alegría, también está aquí.

M escuchaba atentamente y asentía:
El problema es que tenemos más apego al malestar que al bienestar, y por eso el malestar está más presente en nuestra vida cotidiana.

Desde la práctica del malestar y la adicción al sufrimiento, las expectativas de felicidad son pura palabrería. Marear la perdiz, simple autoengaño.
Es como decir que quieres aprender latín mientras te pasas los días practicando inglés.


Cómo es posible que nos aferremos más al sufrimiento y la insatisfacción que a la plenitud y la celebración y la alegría?
He oído en alguna parte que el ego necesita nutrirse de todos estos líos para sobrevivir.
Quizás es nuestra identificación con el ego lo que da lugar a esta práctica cotidiana de la frustración y el malestar, la adicción al sufrimiento.

Quizás.

Pero son dos caminos diferentes, que te conducen a lugares diferentes.

Ya...






Y allí siguieron,
degustando el vino,
los pinchos de verduras,
el silencio,
el amor
y la compañía.




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