Alguien dijo:
Conforme nos hacemos mayores, llega un momento en que parece que necesitamos el reconocimiento de los demás.
Quizás porque el final se acerca
y reconforta encontrar cierto significado en tu vida,
o bien porque ya estamos fuera de muchos ámbitos del sistema,
el caso es que empezamos a darle importancia al reconocimiento
(de lo que somos y también de lo que hemos sido;
de lo que hacemos y de lo que hemos hecho, en nuestra trayectoria vital).
Ella se mostró de acuerdo, pero pensó:
Si es eso lo que me espera conforme me hago mayor
es que no estoy aprendiendo mucho.
Los momentos de mayor libertad en su vida se han dado cuando no se sentía permeable a la apreciación exterior, ya sea en positivo o en negativo.
Recuerda cuando empezó a explorar aquella primera escuela budista y cuestionaba repetidamente las enseñanzas de la maestra.
La maestra no se inmutaba.
Le respondía si lo veía oportuno, o simplemente escuchaba su opinión sin más.
Por muy crítica y provocadora que fuera la recién llegada,
la maestra no reaccionaba afectada por algo personal.
Un día, sin embargo, la estudiante se sintió admirada por la agudeza y brillantez de la exposición de la maestra, y así se lo dijo.
La maestra la escuchó de la misma manera que había escuchado sus críticas anteriores.
Ni se inmutó, y siguió con lo suyo.
Los halagos tampoco tenían nada que ver con ella, eran simples opiniones, pasajeras.
Cambiantes como el humo en su forma, como las nubes.
La estudiante lo supo entonces:
Ésta es la libertad que quiero.
Esta libertad tiene mucho que ver con la renuncia budista.
La renuncia a la imagen, a la reputación, al éxito,
a la opinión ajena
(incluida la de los hijos, la madre o el padre, la pareja, las amigas,
las colegas de profesión),
esa dependencia del mundo ilusorio, de fantasmas creados
como barrotes de una prisión.
Nos pasamos la vida reforzando la propia jaula,
cuando el espacio libre es tan inmenso.