jueves, 28 de abril de 2011

Cada instante nace una nueva oportunidad.










La vacuidad probablemente aparecerá sencilla y clara cuando la percibas
de manera directa.
Mientras tanto, a algún nivel (al tuyo),
también puedes percibirla de una manera sencilla y clara. A tu nivel.
Pero, como no puede ser de otra manera, en el proceso
vas descubriendo nuevas caras del poliedro,
nuevos enfoques, nuevas miradas de lo mismo
que te ayudan a integrar más y mejor.
Por ejemplo, los ocho extremos.

Pongamos, el extremo de la cesación
o el extremo de los fenómenos impermanentes.

Y descubres el sinsentido de aferrarte a los duelos, a las pérdidas
de apariencias que no han existido (tal y como las concebías) nunca.
Ni su existencia previa
ni su cesación.
Por qué aferrarse, entonces? Por qué sufrir?


El extremo de los fenómenos impermanentes.

Los fenómenos, las personas, las cosas, las situaciones
son impermanentes en sí mismas.
Cada instante cesan y vuelven a aparecer,
diferentes.
Para que todo cambie (como lo vemos en las fotos, en la historia)
necesita desaparecer, cesar a cada instante
para dar lugar a algo nuevo.
Una transformación sutil, imperceptible, pero constante.
Es pura lógica matemática.
Así que no tiene sentido aferrarse a nada, porque todo a lo que te aferras ahora ya no existe
el instante posterior,
es decir: ahora.
No hay nada a qué apegarse porque ya no existe
eso a lo que te apegabas ayer, hace cinco minutos,
cinco segundos. Una milésima de segundo.

Así que observas las apariencias impermanentes, en continuo cambio.
¿Y qué?, preguntas.
Aún sabiendo que son meras apariencias, puedes apegarte a las apariencias;
de otra manera que cuando las consideras "reales",
pero aún te apegas.
Aún existe el apego.

Y sin embargo no.


El apego también cesa
a cada instante.


No te aferres a los objetos, no te aferres a los sentimientos,
a los pensamientos
o a las sensaciones.










Porque el apego mismo (como el enfado, el resentimiento o cualquier otro estado mental)
es igualmente impermanente.
Las formas (que percibimos a través de los sentidos),
las mentes,
las personas y los potenciales kármicos:
impermanentes.

Lo cual significa, en la práctica, que el apego, como cualquier otra perturbación mental,
como cualquier otra apariencia,
cesa en cada instante.

Cesa en cada instante
para volver a aparecer
algo nuevo.

Los sentimientos,
como los objetos, las personas, las situaciones,
también cesan
a cada instante.
Y cada instante nace una nueva oportunidad.

El problema es que si te aferras al apego (si te lo crees, si te crees condenad@ a su yugo)
el algo nuevo que aparece es
más apego.
(O en el caso del enfado, más enfado; o en el resentimiento, más resentimiento...
cronificando el engaño, el dolor).

Pero ahora que lo sabes,
sabes que eres libre
de decidir
si cada instante
eliges más apego
o más enfado
o más resentimiento...
O eliges la libertad.

Porque cada instante cesa
la apariencia externa
pero también la apariencia interna,
tu estado mental.

Y sabiéndolo, puedes elegir deshacer el encantamiento que te condenaba al apego,
o al enfado,
o al rencor,
o a la envidia,
o a lo que sea.



Sabiéndolo, puedes elegir
la liberación.

5 comentarios:

  1. Marié: te he encontrado en un momento personal muy difícil y cada vez que pones un nuevo blog, siento que voy encontrando respuestas que me calman. Sí, todo muere y vuelve a vivir constantemente. Es una oportunidad para renovarse. Gracias.

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  2. Gracias a ti por compartir.
    Es importante para mí saber que lo que intento transmitir (lo que aprendo y me resuena como un descubrimiento significativo) tiene significado para alguien.

    Un abrazo muy fuerte y ánimos.

    La vida guarda muchas puertas abiertas. Sólo hay que reconocerlas, empujar un poco y ahí está, un espacio nuevo de libertad.

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  3. Gracias, Marié, por estas explicaciones tan clarificadoras.
    El tema del apego es a veces difícil de ver como una mera apariencia interna; cuesta un poco ... o un mucho, según el día o el momento, pero es sin ninguna duda una apariencia más a la que nos aferramos.
    Basta saber de verdad, de corazón, que es (como toda perturbación mental), impermanente y recordarlo siempre así.
    Gracias.
    Santi

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  4. No sabía que eras tú la persona del comentario anterior, Santi.
    El apego (como cualquier otro sentimiento) cuenta verlo como una mera apariencia interna por pura familiaridad con que no lo es, con que es "real", con que "yo soy lo que siento". Y "yo" nunca parece impermanente o que cesa momento a momento. Y "lo que siento" parece que es estable y que no está cambiando. (Mientras lo sientes parece que será una condena perpetua, sin fin).
    Pero la experiencia nos dice que no es así, que siempre está cambiando.
    Lo sabemos porque un día ya no está. Y eso sólo ha sido posible a través de un proceso constante e imparable de cambio.

    Pero podemos cambiar la percepción y empezar a pensar que "yo" soy un continuo (o sea, cesación continua), que muero y nazco a cada instante.
    Cambiar la percepción, la designación.
    Y, como siempre,
    a ver qué pasa.

    ¿Nos vemos esta tarde en clase?

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  5. No, Marié, no era yo el del primer comentario.

    Y sí, entiendo que hay que recordar en todo momento que el yo es también un fenómeno impermanente: a la que aparece, cesa al instante siguiente.
    Gracias, de nuevo, no vemos por la tarde!
    Santi.

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