lunes, 27 de noviembre de 2017

Celebrar.






Celebrar la libertad.
La salud.
El santuario donde me muevo.
El sol, el calor.
La lluvia y el viento que limpian el aire.
La voz del viento
y de la lluvia.
Celebrar la libertad
de mí misma,
y de las cadenas de mi mente.


Celebrar la visión.
El no-miedo.
La entrega.
El Yo grande.
El desapego.
Soltar.
Despertar de la hipnosis.
Celebrar el despertar.





Celebrar el gozo de la liberación,
la liberación del gozo,
la alegría.
El pequeño disfrute cotidiano que planta las semillas para la explosión,
como una carcajada,
como un llanto místico.




Celebrar el amor aun cuando esté ausente, como un grifo seco.
Celebrarlo, como el sol tras el cielo nublado.
Venerarlo como un único Dios.
O como una Diosa Madre en un Olimpo de diosas y dioses:
la Visión, la Libertad, el Gran Gozo...

Celebrar el Amor como un culto monoteísta.
Como una Madre preñada de Visión, Libertad, y el Gozo Supremo de la disolución.

Celebrar cada día todos esos Yos que llevo dentro. Mis compañeras de viaje.

El Olimpo como mi propio hogar, donde resido.







sábado, 18 de noviembre de 2017

La palmera.







Miraba las palmeras como si fuera una de ellas.
Así transcurrían sus días.

Sus días eran como los de una palmera en Retamar,
contemplando el sol salir por el horizonte de mar,
alzarse en el cielo y acabar desapareciendo en el horizonte de mar.

Era como una palmera plantada en los jardines del Paseo Marítimo.
Un poco seca, por el exceso de sol y mar y años.
La entropía.

Quizás no fueran hermosas y vistosas
pero aún así vivían su vida, cara al mar, escuchando la voz del mar en su oleaje
y los pájaros en sus nidos.
Contemplando el sol en su trayectoria, del mar al mar,
después de navegar el cielo en un arco perfecto.

Era como una palmera; nada que hacer,
ningún lugar a donde ir.
Ofrecerse a los pájaros que la querían visitar,
dar albergue a sus nidos y finalmente verlos partir.
Dejándose abanicar las hojas al viento, a veces suave,
a veces destructor.
Pero ahí seguían, el tronco firme.
Quizás un poco más descascarilladas y rotas después del vendaval,
pero era cuestión de tiempo volver a recuperarse otra vez.
Sintropía.

El tronco firme, las hojas abanicadas por el viento.
Ofreciendo refugio.
Escuchando la voz del mar y el canto de los pájaros.
Dando albergue a sus nidos.
Contemplando la trayectoria del sol.
Nada que hacer.
Ningún lugar a donde ir.







viernes, 13 de octubre de 2017

El sueño de vigilia.






Olor a cedro impregnado en el pelo y en la ropa de casa.
Sol otoñal, ligero, y la brisa de la montaña.
La vida generosa.
El yin y el yang.
Helicópteros que sobrevuelan los terrados domésticos, con ropas coloridas a secar en las cuerdas.
Como el ojo de Dios Padre y Justiciero.
Dan vueltas y vueltas como un moscardón aburrido.
Con una voz ronca que rompe el silencio.
"Què volen aquesta gent?", canta la Bonet en el Liceo.
El cielo se ha despejado de gaviotas y palomas, asustadas.
Què volen aquesta gent?





Hace tiempo, en la prehistoria, ella aprendió a oír en cada sonido el mantra de Vajrayoguini.
En el aroma de las flores, en la luz del relámpago o en la voz del trueno,
se puede identificar el mantra de Vajrayoguini.

El helicóptero baja su vuelo y el sonido se hace aún más atronador.
Una mujer acaba de tender la ropa y se sienta a la sombra del sol.
Le da un sorbo a su copa de cerveza negra y se concentra en el mantra de Vajrayoguini.
Om Om Om, Sarwa Buda Dayiniye, Vajra Warnaniye, Vajra Berotzaniye, Hum Hum Hum Phat Phat Phat Soha.

Contempla en la nube el cuerpo de Buda Vajrayoguini, en el mirlo negro sobre la chimenea, en el karategui tendido al sol.
En el helicóptero ensordecedor
la voz de Buda.

Om Om Om, Sarwa Buda Dayiniye, Vajra Warnaniye, Vajra Berotzaniye, Hum Hum Hum Phat Phat Phat Soha.

Evoca el cuerpo, palabra y mente de su yídam y
se hace una con ella.

Tan vacía como todo lo demás.
El mismo sueño kármico.





lunes, 9 de octubre de 2017

El karma.






Cerveza amarga.
Mediodía de otoño en el terrado.
Sol y aire, que empuja a las nubes viajeras.
Cielo claro y luminoso por detrás de las nubes blancas y grises, como gigantes copos de algodón.
Silencio de mediodía roto por el canto de las gaviotas.
El calor del sol suavizado por un aire ligero.
Derroche de vida.
Aquí y ahora, esta abundancia.

Nadie diría que al otro lado hay un película de conflicto y confrontación, pero la hay.
Superposición de películas.
El guión kármico continúa su desenlace. Kármico.
Pero en cualquier momento puedes soltar y contemplar el sueño en la pantalla.
Tiendes la mano y no hay nada, por detrás de las imágenes, tan "reales",
aun cuando "duele tanto como si existieran".
Este guión kármico personal,
y colectivo,
arrastrado desde tantas generaciones atrás.





Inspira, y el aire que la habita no resulta amenazador.
"El otro" no es amenazador,
y pasa a ser una misma.
Espira
y disfruta de soltar, de la ligereza y de la entrega.
Inspira,
y se llena de energía,
este nudo de energía al que a veces llama "cuerpo"
y a veces "yo".
Como agua vertida en agua,
como aire vertido en aire.

Espira y se disuelve fuera,
y cada vez hay menos "fuera" y "dentro".

Inspira
y ya no hay quien inspire.

Y la espiración es como un latir del cosmos.
Profundo descanso gozoso en esta entrega,
en esta disolución.
Nada que hacer, ningún lugar a donde ir.




Luego abrirá los ojos y se pondrá su traje del personaje en su mundo kármico.
Como un juego virtual.
Reducida la ansiedad, ahora que sabe que la Vida (el karma)
es como una madre paciente
que te da una y mil y un millón de oportunidades,
hasta que comprendes.

Ella ya no tiene prisa, ni ansiedad,
porque ama a su madre y confía plenamente en ella.
Se entrega.
Hace mucho tiempo que abrió sus manos y dejó caer todas las armas del miedo.
Y siguió avanzando con las manos vacías
y la confianza llena.
La Vida sabe.





miércoles, 4 de octubre de 2017

Interser.





Las 12.
En las antípodas, su amiga duerme;
abducida por otra hipnosis, sueña otro sueño kármico.
El sueño que no cesa.

Samsara, como una rueda que gira y gira sin parar. Día y noche.


Aquí, el cielo cubierto y luminoso.
Por muy tapado, no oculta la luz.
Silencio.
A veces, una ráfaga de aire suave hace temblar las puertas.
Y el tintineo de unas gotas de lluvia sobre el techo de cristal de la galería.
Y el tictac del reloj de pared.
Y el sutil crujir de la mesa de madrera, al escribir en el cuaderno.





Los acontecimientos de los últimos días aparecieron como un oleaje que la conseguía arrastrar, a ratos.
Un cielo cubierto de nubes,
la cabeza llena de ruidos,
y el corazón.

Por suerte, contaba con ese viaje cuántico, mágico, inmediato,
al centro de su isla de paz,
donde la libertad impera,
sin corona.





Nada puede arrebatarte tu "práctica", si aún sientes que necesitas la práctica.
Todo lo que aparece en tu vida es tu práctica.
Pero en la práctica siempre hay dos caras -dijo la monja-,
o al menos, eso es lo que parece:
la histórica
y la absoluta.

En la práctica histórica (o relativa)
se trata de proteger el amor y la alegría, la compasión, la conexión,
en este guión kármico cotidiano.
Lo que te lleva inevitablemente a la práctica absoluta,
cuando "ser"
(la vida, la vivencia, la experiencia de la vida)
no es otra cosa que "interser".
Y se estabiliza.

Y en la vivencia de interser, qué alivio la ligereza de soltar,
uno a uno, como globos, los deseos,
las expectativas,
miedos
y demás fantasmas, tan agotadores.

Qué alivio, rendirse al sueño sin sueños!
Qué silencio!
Qué paz!
Qué limpio y fresco, el aire que respira,
el corazón mismo de la realización
de
interser.






domingo, 24 de septiembre de 2017

La contemplación y el santuario interior.






Mediodía.
Sol de otoño en el terrado y ligero viento.
Cielo claro y unas nubes blancas y abundantes.
Aún le gustan tanto las nubes, tan luminosas. En transformación.

Da igual la forma, bellísimas. Inspiradoras.
Da igual verlas morir (tu madre amada, tu hija o tu hijo, tú misma).
El cielo permanece abierto y claro, y nuevas nubes surgen,
hacen su recorrido, cambian su forma en el trayecto,
hasta disolverse
y desaparecer.

A veces una nube tiene forma de martillo
pero sigue su paso transformador y se convierte en un corazón.
A veces es una, nítida y clara, pero se alarga y se alarga,
y parece desvanecerse
y finalmente son tres.
Y luego no son nada.
Disueltas en un fondo azul, como aire vertido en aire,
espacio vertido en espacio. Vacío.

Tan hermoso, tan apacible contemplar el proceso de la vida.





Hay quien se retira en un monasterio
o asiste periódicamente al templo.
Hay quien se va bajo un árbol
(ella aún recuerda aquel árbol en el centro de la plaza Soledad,
silencio de mediodía y viento de Almería),
quien sube al terrado de la casa
o se instala a la orilla del mar.

Dicen que la posición del loto es la buena (zazen),
pero ella a veces se sienta en seiza, la espalda recta,
o se tumba en el futón,
o camina el pasillo de casa,
o pedalea la bicicleta en una escenografía de puerto marítimo,
o se deja caer en una hamaca asimétrica de plástico en el terrado.
Da igual.
Lo que importa es la contemplación. Y el silencio.
Y la entrega.
Y la gozosa plenitud.






martes, 19 de septiembre de 2017

En casa.








Thich Nhat Hanh lo repite una y otra vez: "He llegado. Estoy en casa".
Y cuando vuelves a casa y te instalas ahí, en el momento presente, descubres que todo está aquí.
Todos los fotogramas que aparentan pasado y futuro, están aquí.
Es sólo la "ilusión" lo que hace que pongas más energía en un fotograma concreto
y éste se manifiesta como más "real",
y luego otro, y otro,
secuencialmente,
como has aprendido a interpretar/crear este mundo.

Pero esta preciosa existencia humana me da la oportunidad de comprenderlo
en cada instante,
que yo pierdo abducida por alguna distracción.
Quizás temerosa de algo, de lo desconocido.
Como cuando el ego, ese personaje, se niega a entregarse a la experiencia del amor
y elige entregarse a la creencia de separación,
miedo, control, "protección", "empoderamiento".
Todos callejones sin salida que desembocan, antes o después, en un intenso sufrimiento.
Qué locura!

Si algún día decidiera volver a casa, y quedarme,
sería el fin del estrés, el miedo, el dolor.
Si sólo soltara de una vez por todas
todos los "amos" que he creado,
como globos de gas que se alejan en el espacio abierto hasta estallar
y evidenciar que no había nada.





Hay personas que se han sentido "iluminadas" durante mucho tiempo,
esa experiencia estable de libertad.
Mucha gente a su alrededor estaba convencida de ello y cada día se les sumaban más y más seguidor@s, buscando su inspiración, su transmisión directa.
Y así era.
Funcionaba, como si el propio Buda estuviera delante de ti.
O dentro de ti.
Y de repente, algo pasó en sus vidas (la muerte de un hijo, en algún caso)
y toda la luz se desmoronó como un castillo de naipes,
como una ilusión más.
La "gracia" se volatizó como por arte de magia.
Tal como apareció, se esfumó.

La muerte de un hijo, o de una hija, es una prueba muy dura -dices.
Tan dura, sí, que a veces, sin embargo, puede hacer que comprendas y sueltes. Ya para siempre.
Porque es demasiado dolorosa y ya no puedes soportarlo más,
y ese agotamiento, esa entrega te lleva a soltar
y despertar.






Yo no creo que la magnitud del drama sea la causa de tu sufrimiento,
de que se acabe la "gracia" que experimentabas
o bien que se estabilice de una vez por todas.
Una vez más, depende de lo que hagas con ella, con esa experiencia que aparece en tu vida.

Quizás la clave está, en definitiva, en el instante que decides que ya no quieres más de "eso".
El sufrimiento, el pensamiento circular y obsesivo, el apego que no quiere soltar,
la esclavitud disfrazada de control y poder y abundancia.





Aquí y ahora, el día es gris, silencioso y apacible.
El viento sacude las plantas en los terrados.
Viento, movimiento manifiesto.
A veces parece quietud
y a veces transformación.

jueves, 24 de agosto de 2017

Qué bien se está aquí!







A diferencia de la primera vez, ahora es como una oración, como una ofrenda cada cosa que hace, o no hace.
Cuando lava los platos o camina por el pasillo, o hace la cama, o monta en bicicleta camino del mar.
"Que dure, que se quede, que se estabilice".

No es sólo una plegaria pasiva,
le sigue el rastro a lo que funciona, atenta a las señales, y las activa.
Por ejemplo, los aromas esparcidos por la casa, la conectan con "eso".
Así que enciende un incienso, o distribuye las varitas de perfume por las estanterías, en las mesas, junto a los cojines donde se sienta.
La contemplación,
los sonidos del silencio,
la degustación que se disuelve en su paladar.





A diferencia de la primera vez, que simplemente se entregaba:
"Estoy preparada.
Sé que esto se va a acabar, antes o después, estoy preparada".

Preparada, entregada, cada instante era la sorpresa del regalo de permanecer.
Aún feliz, amando, libre,
y sin miedo.

Se había esfumado el estrés.
Las prisas, el miedo a no llegar (en los plazos de entrega o cualquier anotación en la agenda),
a que saliera mal, a equivocarse. Las preocupaciones.
Dónde se habían ido?
Se habían desvanecido, como si se hubiera parado el motor que les daba vida.
Qué bien se está en esta libertad confiada y amorosa!

Tan fuerte, con tanta fortaleza que ni le preocupaba que se acabara.
Estoy preparada, decía.
Y cada instante sucumbía ante la fascinación de la sorpresa:
Aún está aquí.




Ahora sabe que no está ahí porque ha cambiado el mantra "Estoy preparada" por otros:
"Que se quede",
"Que se estabilice",
"Que no me deje nunca más".

Y por eso lo sabe, por los resquicios de miedo y abandono,
que aún no está ahí.

Pero sí a las puertas, mendigando, esperando que se abran,
que estalle,
de nuevo el acceso a su morada más profunda,
como un castillo mágico
interior.


A las puertas del castillo, sin prisa,
con toda la paciencia del mundo.
Qué bien se está aquí!





martes, 22 de agosto de 2017

Retiro de agosto en el terrado.








Ella no tiene un guru, como Krishna Das
-la lectura que ocupa parte de sus tardes en el terrado.
No ahí fuera.
Pero tiene estas nubes grises y blancas y doradas y naranjas sobre un fondo de azul claro.

A veces le cuesta dormir porque la atrapa este cuadro de nubes dentro del marco del balcón.
Deja la persiana subida y, tan enamorada de las nubes, que no puede cerrar sus ojos y olvidarlas.

Siente que Buda, Dios o como quieras llamarlo, se resiste últimamente a aparecer en forma humana
pero aparece en forma de nubes, o de montañas, gaviotas y gorriones, o el templo iluminado que corona el Tibidabo, por detrás de la noria de colores.
Nirvana y samsara, la misma manifestación de Buda.
O de Dios. Como quieras llamarlo.





Entonces, en el convento de Sigena, la hermana Estrella (radiante de amor, veinte años enamorada)
le dijo:
"Cómo te vas a enamorar de una mosca, o de un árbol, o de una nube?
Sólo te puedes enamorar de un hombre".
Y a ella le funcionaba, veinte años enamorada de Jesús, como el primer día.

No diría que a ella le funciona de la misma manera este amor no antropocéntrico, no dual.
No de la misma manera que a la hermana Estrella.

Pero, a veces, la contemplación de las nubes dentro del marco de su balcón es como aquellas largas noches de amor, sin descanso.
Desearía soltar, llevarse las nubes al sueño, a ese otro mundo, a ese viaje, pero no está segura de poder hacerlo.
Y se mantiene despierta y atrapada en esa llamada prometedora, como si algo estuviera a punto de pasar.





Ella no está enamorada de un hombre (de nombre Jesús o cualquier otro) pero el sonido de las gaviotas le corta la respiración.
Gira la cabeza y allí está, inmóvil y confiada, como una reina.
Solitaria sobre uno de los tubos de la chimenea, contemplando la tarde.
A veces emite un sonido y calla, y suena una respuesta lejana.
Y vuelve a cantar el canto, y escucha, y juntas forman una melodía.
Y ella las contempla, extasiada.
Y a veces pasa una bandada de gaviotas y se unen como un coro.

Ella no vive el amor místico de la hermana Estrella, enamorada de un hombre.
Pero lo vive de otra manera.




Ahora las nubes han crecido, como gigantes copos de algodón, y han cubierto casi todo el espacio celeste, sobre el horizonte claro e iluminado del Tibidabo, una franja de luz de fuego.

Porque siempre hay un cielo claro detrás de las nubes.

Pero ella adora tanto, tanto, las nubes.
Porque si no se manifestara Dios, o Buda, en la forma de un cuerpo,
cómo iba a verle ella?
Dónde iba a depositar este amor que le estalla en el pecho?





miércoles, 9 de agosto de 2017

Regresar al ahora.






¿Dónde buscaba yo a Buda?
¿Dónde me buscaba a mí mismo?
¿En algún lugar del pasado? ¿En el futuro?
Pero el pasado ya se ha ido y el futuro no ha llegado aún.
Pasado y futuro, ambos son ilusiones. Sólo son ideas.
Sólo el presente es real.
Sólo el ahora es real.
Por eso he de regresar al ahora si quiero realmente ver a Buda y verme realmente a mí.

Sólo podemos ver a Buda, verte a ti mism@
si regresamos al presente.
Es así de simple.

El ahora es el único momento y lugar en el que puedes encontrar lo que has estado buscando.
Has estado buscando el nirvana.
Has estado buscando a Dios.
Has estado buscando la iluminación, el despertar.
Has estado buscando la Tierra Pura
y tu auténtica naturaleza de no nacimiento, no muerte.

Resulta que todo lo que has estado buscando
está ya en el momento presente.
Y el secreto para encontrarlo es regresar
al ahora.












(Del libro 
"En el ahora. 
Meditaciones sobre el tiempo",
de Thich Nhat Hanh)

lunes, 7 de agosto de 2017

¿Ha llegado ya el instante más feliz de tu vida?








¿Ha llegado ya el instante más feliz de tu vida?
Si ya se ha producido ese instante de plena realización,
de exaltación inspiradora,
una primera vez,
entonces podrá repetirse muchas más veces.

Pero, cómo podemos hacer que un instante así se produzca más a menudo
y, sobre todo, siempre que queramos que aparezca?
Si en los últimos treinta años ese momento no se ha dado,
es posible que no se dé en los próximos treinta,
y quizás nunca lo haga.

No te limites a soñar con ese momento.

El secreto es crearlo por ti mism@.

Cuándo?

Justo en este momento.




("En el ahora".
Thich Nhat Hanh)


















jueves, 3 de agosto de 2017

Atardecer.






Corre un aire fresco y suave.
La luz rezagada en el horizonte.
El templo de la cima de la montaña se ilumina lentamente.
Y la luna crece cerca de su plenitud.
Las gaviotas vuelan sobre el terrado.
Y las cuerdas del tendedero se han quedado vacías.
Los últimos gritos de las criaturas en el parque se unen a los ladridos de los perros.
Y el motor de un coche que pasa.
Y el del ascensor que sube, o baja.

Desde el silencio interior, la vida es bulliciosa
y abundante.
Las noches del verano cálidas, y a veces frescas.

Agosto eterno.
Jueves eterno, de un mes de agosto.
Atardecer eterno.
Instante eterno, aquí y ahora.

Alguien escribió en la taza:
El mejor lugar del mundo es aquí mismo.





viernes, 7 de julio de 2017

Sobre el amor.








Apareció el amor en su vida de una forma tan natural, tan liberadora;
era tan obvio que formaba parte de sí misma, tan sin esfuerzo, como respirar
(inhalar, sin ninguna necesidad de retener el aire, y soltar),
que creyó que ya formaría parte de su vida por siempre,
como una realización estable que permanece en la vida, en la muerte
y más allá.

Pero no fue así.

Lo veía tan claro, cuando formaba parte de su vida,
que el amor era la condición natural.

Qué es lo que queda cuando resuelves cualquier nudo emocional,
como el resentimiento, la rabia, la incomunicación, la culpa, lo que sea?
Qué queda cuando consigues sanar el odio, la ira, la vergüenza...?
El amor.
Siempre encuentras el amor.
Como un telón de fondo estable e inmutable,
siempre que pasa la nube tormentosa vuelves a encontrar el amor.
El alivio, la alegría,
el reconocimiento
de que siempre ha estado ahí.





Y ella sentía que ya había conectado con el acceso directo.
De hecho, ahí estaba, sin puertas ni ventanas,
como un espacio abierto, infinito, inabarcable.

Un amor cómodo y nutritivo,
sin demandas (propias o ajenas),
sin querer cambiar nada ni retener nada.
Sin expectativas, planes futuros o negociaciones.
Un amor cómodo y libre.
Inclusivo.

Solía decir:
El amor se proyecta en todas direcciones,
no puede ser exclusivo ni discriminatorio.
No puedes amar a los demás y no amarte a ti misma
(como a veces oía),
o viceversa.
Llámalo de otra manera.
Porque el amor es una energía que se proyecta en todas direcciones
y lo toca todo,
sin discriminación.





Así es.
Lo sabe bien.
Aun en tiempos de sequía, ella ya sabe lo que es el amor, y lo que no lo es.

La sorpresa fue que desapareciera de su experiencia,
cuando sentía que era tan parte de sí misma como la sangre o la linfa o la piel.
Y sin embargo, la vida continúa,
con una minusvalía u otra.
Como si le hubieran amputado el hígado o el corazón o los pulmones
o los intestinos.
Aun así, este organismo funciona.

Como vivir en un exilio,
con la nostalgia del paraíso perdido.
La cálida noche oscura.





El amor, como el sol, como la luna.
A veces sale (y te ilumina la vida)
y a veces se pone.
Puedes sentir su calor
o no.
Pero nunca dudas de
que está ahí.





miércoles, 5 de julio de 2017

Noche de verano.







Las 2.
Disfrutaba tanto de la noche y de la desnudez del instante que no perdía la consciencia.
Después de un largo rato de contemplación (los sonidos, las tenues luces y sombras, las gaviotas que evocan su partida definitiva,
la temperatura, el verano en la piel, el tacto),
encendió la luz y abrió el libro
"Hacia una espiritualidad de los sentidos"
(José Tolentino Mendoça.
Fragmenta Editorial).

Un instante antes, sumergida en el profundo placer de la noche de verano, anticipó el transcurso de este fragmento de tiempo, los viajes (fin de semana en Esparraguera, la Molina, Donosti, de masovera acompañante en una masía de la Costa Brava), septiembre y el otoño, el invierno, la navidad, el año nuevo 2018.

Repentinamente el vértigo
desapareció
en la experiencia de la presencia inmediata.
Siempre que está profundamente instalada en el instante,
la fascina la eternidad del instante
y sabe que está preparada para la muerte.
La llena de confianza y se esfuman todos los miedos.

Y entonces abrió el libro y leyó:
"Porque el presente tiene también un sentido vertical
que revaloriza el tiempo y lo abre a la eternidad.
Es el tiempo cualitativo, epifánico".

Epifánico, repitió.
Eterno.

Hizo inmersión.





Siguió leyendo:
"Cuando está ausente el amor, nuestra vitalidad hiberna".

Y sobre la atención, "que es lo contrario de la distracción que debilita la vivacidad
de la presencia en el instante mismo".

Tras cada pausa, volvía a la lectura.

Degustó lentamente las palabras de Teresa de Lisieux:

"Mi vida es un instante, una efímera hora,
mi vida es sólo un día volandero y fugaz.
¡Tú lo sabes, Dios mío! ¡Para amarte en la tierra
no tengo más que hoy!".

Y a Etty Hillesum, descubriendo el instante eterno incluso en un campo de concentración:

"La guerra. Los campos de concentración.
Pequeñas crueldades se amontonan sobre pequeñas crueldades...
Conozco el enorme sufrimiento humano que se va acumulando,
conozco las persecuciones y la opresión...
Conozco todo eso y sigo afrontando cada pedazo de realidad que se me impone.
Y, en un momento de desesperación,
abandonada a mí misma,
me encuentro de repente recostada en el pecho desnudo de la Vida
y sus brazos son muy suaves y me envuelven,
y ni siquiera puedo describir el latido de su corazón:
tan fiel como si no hubiera de acabar nunca..."




Y en cada subrayado, un instante (eterno) de quietud,
silencio,
para nutrirse mejor.

"La mística del instante nos reenvía al interior de una existencia auténtica,
nos enseña a hacernos realmente presentes:
a ver en cada fragmento el infinito,
a oír el oleaje de la eternidad en cada sonido,
a tocar lo impalpable con los gestos más simples,
a saborear el espléndido banquete de lo frugal y escaso,
a embriagarnos con el perfume de la flor siempre nueva
del instante".





Acabó el libro
y lo volvió a empezar.



viernes, 30 de junio de 2017

Tenerlo todo y no tener nada que perder.






Gigantes masas de nubes protectoras, claras, luminosas.
Anoche, la luna creciente. Como una línea preñada de futuro, y de presente.

En la niñez, pudo asistir a una gran lección sobre la impermanencia y la muerte.
Y ello tuvo dos marcadas consecuencias:
Por una parte, desde entonces hizo suyo aquel lema sobre "quien nada tiene, nada puede perder".
Y lo vivía desde la libertad y no desde la amargura.
Por otra parte, cada vez que se descubría en un momento de alegría o plenitud, automáticamente recordaba que en ese preciso instante (esa precisa experiencia) ya estaba muriendo.
Nada podía ser retenido, todo estaba en proceso de mutación.
Lo reconocía sin amargura. Con desapego, soltando.
No la cogería por sorpresa.


Así fue hasta aquel día, en medio de una clase en la universidad.
Aquí y ahora una vida gestándose dentro.
Nada que hacer, la vida sabe, el cuerpo sabe.
La voz de aquel profesor como un idioma extraterrestre y lejano, hablando de temas lejanos.
Miraba la luz por la ventana, respiraba el aire como un milagro y contemplaba la vida dentro.
Y la vida fuera.
La vida.
Y por una vez no pensó en la muerte, esto ya está acabando.
Pensó en la vida, esta vida cargada de presente, y de futuro.

Y esta profunda dicha no está muriendo sino que está empezando a nacer.




Y así fue como soltó su viejo mantra, "quien nada tiene nada puede perder".
Y empezó a darle la bienvenida a cualquier cosa que llegara a su vida.
Porque ella no iba a ser su presa ni su esclava.
La clave estaba en no dejarse poseer.
Disfrutar libremente y reconocer el libre itinerario de los objetos, personas o situaciones que pasan por el sueño.




Su padre la hizo fuerte para afrontar la muerte.
Su hijo la hizo fuerte para afrontar la vida.

La marcha de su padre, cuando era niña, la ayudó a comprender la gran lección sobre la impermanencia y la muerte.
La llegada de su hijo le enseñó a amar la vida, la entrega, la alegría y la plenitud. Sin miedo.

Su hijo llegó a su vida para derrotar todos los miedos y darle permiso a la alegría que acepta la vida y la muerte.
Le enseñó a aceptar los regalos de la vida.

Porque puedes tenerlo todo y no tener nada que perder.