jueves, 28 de abril de 2011

Cada instante nace una nueva oportunidad.










La vacuidad probablemente aparecerá sencilla y clara cuando la percibas
de manera directa.
Mientras tanto, a algún nivel (al tuyo),
también puedes percibirla de una manera sencilla y clara. A tu nivel.
Pero, como no puede ser de otra manera, en el proceso
vas descubriendo nuevas caras del poliedro,
nuevos enfoques, nuevas miradas de lo mismo
que te ayudan a integrar más y mejor.
Por ejemplo, los ocho extremos.

Pongamos, el extremo de la cesación
o el extremo de los fenómenos impermanentes.

Y descubres el sinsentido de aferrarte a los duelos, a las pérdidas
de apariencias que no han existido (tal y como las concebías) nunca.
Ni su existencia previa
ni su cesación.
Por qué aferrarse, entonces? Por qué sufrir?


El extremo de los fenómenos impermanentes.

Los fenómenos, las personas, las cosas, las situaciones
son impermanentes en sí mismas.
Cada instante cesan y vuelven a aparecer,
diferentes.
Para que todo cambie (como lo vemos en las fotos, en la historia)
necesita desaparecer, cesar a cada instante
para dar lugar a algo nuevo.
Una transformación sutil, imperceptible, pero constante.
Es pura lógica matemática.
Así que no tiene sentido aferrarse a nada, porque todo a lo que te aferras ahora ya no existe
el instante posterior,
es decir: ahora.
No hay nada a qué apegarse porque ya no existe
eso a lo que te apegabas ayer, hace cinco minutos,
cinco segundos. Una milésima de segundo.

Así que observas las apariencias impermanentes, en continuo cambio.
¿Y qué?, preguntas.
Aún sabiendo que son meras apariencias, puedes apegarte a las apariencias;
de otra manera que cuando las consideras "reales",
pero aún te apegas.
Aún existe el apego.

Y sin embargo no.


El apego también cesa
a cada instante.


No te aferres a los objetos, no te aferres a los sentimientos,
a los pensamientos
o a las sensaciones.










Porque el apego mismo (como el enfado, el resentimiento o cualquier otro estado mental)
es igualmente impermanente.
Las formas (que percibimos a través de los sentidos),
las mentes,
las personas y los potenciales kármicos:
impermanentes.

Lo cual significa, en la práctica, que el apego, como cualquier otra perturbación mental,
como cualquier otra apariencia,
cesa en cada instante.

Cesa en cada instante
para volver a aparecer
algo nuevo.

Los sentimientos,
como los objetos, las personas, las situaciones,
también cesan
a cada instante.
Y cada instante nace una nueva oportunidad.

El problema es que si te aferras al apego (si te lo crees, si te crees condenad@ a su yugo)
el algo nuevo que aparece es
más apego.
(O en el caso del enfado, más enfado; o en el resentimiento, más resentimiento...
cronificando el engaño, el dolor).

Pero ahora que lo sabes,
sabes que eres libre
de decidir
si cada instante
eliges más apego
o más enfado
o más resentimiento...
O eliges la libertad.

Porque cada instante cesa
la apariencia externa
pero también la apariencia interna,
tu estado mental.

Y sabiéndolo, puedes elegir deshacer el encantamiento que te condenaba al apego,
o al enfado,
o al rencor,
o a la envidia,
o a lo que sea.



Sabiéndolo, puedes elegir
la liberación.

Tomar y dar.











¿Conoces la práctica de tomar y dar?

Tomas el sufrimiento (tuyo, futuro, de todas las vidas
o de todos los seres)
lo tomas, visualizado como humo negro
atraído por el imán de tu corazón, donde imaginas que reside la estimación propia.
La estimación propia tiene miedo, claro;
pusilánime como es, se queja:
no puedo, no podré con tanto dolor, que se lo quede ella, que se lo queden ellos.
Pero tú sabes que es sólo la voz de la estimación propia (ese yo construído que no existe) y sigues adelante, absorbiendo,
como harías con tu bebé que sufre un fuerte dolor de oídos o de vientre,
lo absorbes, lo tomas para ti,
porque lo único que quieres es liberarle de ese dolor,
tomarlo,
tú ya verás qué harás con él luego.

(Mi hija solía responder, cuando yo le decía que iba a quitárselo, a tomarlo, cuando ponía la mano sobre su dolor -le llamábamos yuki-:
no, mamá, para ti tampoco, que duele mucho;
y yo solía decirle: por eso no te preocupes, que yo sé cómo transformarlo.
Y, entonces,
ella soltaba su dolor
y se dormía,
confiada).

Así que tomas el dolor del mundo, de todos los mundos,
y presencias cómo se ahoga tu estimación propia;
empieza ahogándose en ese océano de dolor
-que no existe-
y acaba disolviéndose
en la nada,
en el vacío,
ese ego que no existe,
que nunca ha existido.

Y te concentras en contemplar a todos los seres de todos los mundos que acabas de liberar
de su sufrimiento.
Y te concentras
en el gran gozo
que te produce.

Eso es tomar.

Y ahora puedes dar.

Regalar felicidad, en forma de luz
de felicidad
pura
y duradera.


¿Te lo crees?





A veces cuesta creer que un@ puede,
que tiene
la habilidad necesaria (que algún día la tendrá)
para proyectar luz
de felicidad pura y permanente a todos los seres.
Y si yo no puedo, entonces busco inspiración.
Luz (bendiciones) de aquéll@s que tengo más cerca.
(Es la función de la sangha, no? Para eso está).


(Recuerda que seguimos con la crónica de un retiro)

Luz de L., que como una madre (sagrada) nos alimenta varias veces al día con luz y néctar en una mesa abundante.
Luz de R., que como un padre (sagrado) nos alimenta varias veces al día, incansable, con las palabras de Buda.
Y así, nuestro cuerpo y nuestra mente se van llenando más y más de luz de bendiciones
que empiezan a brotar, primero a trompicones (como un principiante inepto en sus balbuceos)
y luego más fluido. Aún torpemente.
Pero no cejamos en el empeño.
(Rabjor dijo que el desánimo es sólo cosa de la E.P., así que quítate de en medio).

Hasta que la imaginación en los planos se convierta en la experiencia
de apariencia
real.


La bodichita.

A veces cuesta, la meditación en la bodichita.
La mente de la iluminación que, deseando profundamente liberar a todos los seres del sufrimiento,
decide cambiar lo que tenga que cambiar,
crecer
hasta poder manifestar todo su potencial de ser sagrado.

Cuesta creer que tú puedes llegar a ser un buda y liberar a todos los seres.
Y quizás ves venir el desánimo y debilitarse la fe. La confianza.
Pero Rabjor ha dicho que el desánimo es sólo cosa de la estimación propia, así que no le hagas caso.

Entonces, qué?

Quítate de en medio.
Y sigue adelante.

Quita de en medio a tu E. P. y sigue adelante en tu práctica.



Y a ver
qué
pasa.

martes, 26 de abril de 2011

El océano del samsara.









Al igual que yo,

todos los maternales seres
están hundidos

en el océano del samsara.



Imagina que, en medio de una confrontación con tu pareja, con tu ex, con tu amig@, con tu jefe, con tu hija o tu hijo, en vez de reaccionar a la defensiva (a la defensa de
tu estimación propia)
permaneces inmóvil por un momento,
no como una piedra o un tronco,
sino que te paras (no reaccionas) y contemplas cómo, al igual que tú, esa persona que tienes delante, alterada, sufriendo, está hundida en el océano del samsara.
Desbordada por sus engaños, por sus alucinaciones,
sin saber que está bajo los efectos de la hipnosis,
convencida de que todo lo que ve y siente es "real".
Al igual que tú,
tú y ella en el mismo barco,
en la misma experiencia kármica de confusión y sufrimiento.
Imagina que contemplas su sufrimiento
(como un espejo del tuyo propio, de tu propia ignorancia)
y dejas que se te parta el corazón.

(Como un mantra, lo repite Rabjor una y otra vez:
no tengas miedo
y deja que se te parta el corazón).

Y dejas que te salten las lágrimas
(hacia fuera o hacia dentro, da igual).
Y le das la mano y la abrazas
(sólo mentalmente, si no parece ser el momento apropiado en el guión).

Y suplicas, en silencio, a quienes te puedan oír:

Bendecidme, para que me adiestre en la bodichita
y pueda liberar pronto
a todos los seres.









En el retiro de lamrim,
seguimos reduciendo la estimación propia, el ego tiránico,
la base de todo nuestro sufrimiento.

¿Qué pasaría si te empezaras a relacionar con todos los seres desde la gratitud?








Imagina por un momento
que además de pagar con dinero el pan calentito de la mañana, le pagas con gratitud a la panadera que te tiende la barra por detrás del mostrador.
No tienes que decir nada, sólo sentir la gratitud y dejar que se exprese en tu mirada y en tu sonrisa,
o cualquiera que sea la expresión de tu rostro, da igual.
Imagina que le pagas también con gratitud.

Imagina que te relacionas desde la gratitud con tu compañer@ de trabajo (por estar ahí y colaborar contigo y permitir que tú puedas realizar tus responsabilidades);
con tu jefa o tu jefe; con tus profesor@s en la escuela o en la universidad.
Imagina que te relacionas desde la gratitud con tu pareja, por contar con ella día tras día;
con tu ex, por haber contado durante tanto tiempo tal vez ahora incluso) y con quien seguramente has aprendido tanto (si has querido o sabido aprovechar la oportunidad);
con tus hij@s, por ponértelo fácil para practicar el cambiarte por los demás,
por ayudarte a reducir la estimación propia,
por ser el reto más grande para combatir los apegos.
Imagina que te relacionas desde la gratitud con la profesora de tus hij@s;
con el pesado o la pesada de turno que te permite practicar paciencia e identificar tus engaños;
con tu amig@, cuando no te da la razón.


Rabjor dice:
haz un esferzo por recordar qué trajiste al mundo.
¿Traías ropa, comida para alimentar a los demás, una casa en la que acogerles,
habilidades personales, sabiduría...?
No traías nada, absolutamente
nada.
Todo te fue regalado.
De todo lo que tienes,
prácticamente nada lo has construido
con tus propias manos.
Todo te ha sido dado
por la bondad de los demás.

Imagina tu mundo
y los seres de tu mundo
desde la mirada de la gratitud.

Imagina que has comprendido, experimentado, la bondad de los demás
y sientes gratitud hacia quienes hicieron la acera por la que caminas, la casa que habitas, la mesa en la que comes, la cama donde duermes,
la ropa que te viste,
los alimentos que te alimentan...

Imagina que sientes gratitud y,
sencilla y naturalmente,
se proyecta
en todas direcciones.

Cómo serían (cómo percibirías a) los seres con los que te relacionas?
Cómo sería el mundo en el que vivirías?
Cómo
tu experiencia personal?

Imagina por un momento que sientes gratitud hacia todos los seres
por hacer posible que, con ellos y a través de ellos,
tengas la oportunidad de practicar
y hacer
el camino hacia la liberación.
Porque sólo gracias a ellos
podrás conseguir
algún día
llegar al final del camino.

En el retiro de lamrim volvemos una y otra vez sobre las meditaciones de estimar a los demás,
para empezar, a través del reconocimiento de todo lo que hemos recibido de ellos.

Apreciar la bondad de todos los seres te ayuda a empezar a estimar a los demás,
la plataforma desde donde puedes empezar a hacer cambios significativos en tu vida.

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domingo, 24 de abril de 2011

Crónica de un retiro en el KMC Mahakaruna.




Acuden unas 30 personas a pasar sus vacaciones de semana santa en un retiro de meditación.

Se trata del segundo retiro en esta casa recién adquirida (aún, prácticamente, enteramente del banco, ya sabéis cómo funcionan estas cosas de las hipotecas), en gran parte en obras y en el inicio del proyecto.
Nadie lo diría.
Comienza el retiro y lo que podría parecer a primera vista como un entorno quizás frío, a ratos incómodo, no en las más perfectas condiciones del confort del primer mundo,
cambia radicalmente de apariencia.

Una ilustración sobre la bondad de todos los seres.

Comienza el retiro del lamrim con instrucciones sobre la preciosa existencia humana
y, junto a la experiencia interna de la meditación, no puedes dejar de apreciar el ambiente cálido y acogedor de la gompa, la leña crepitando en la chimenea, la comida abundante y caliente, la calidez amorosa que te envuelve, el entorno perfecto.
Alguien se ha ocupado de introducir leña en las chimeneas de la gompa y del comedor; alguien ha cortado verduras y ha cocinado comida caliente para treinta personas; alguien ha puesto las mesas, ha preparado las habitaciones, ha dado forma a una preciosa, inspiradora gompa donde estudiar, contemplar y meditar.
Y los budas hacen su trabajo, como siempre.
Y en este entorno perfecto (en esta tierra pura), es fácil abrirse a las bendiciones de los budas.

Colaborar en el trabajo voluntario es una pequeña manera de devolver el inmenso regalo que recibimos de la bondad de todos los seres.

Ya en la primera sesión introductoria no resulta difícil apreciar y meditar en la bondad de todos los seres. Y en esta preciosa, valiosa existencia humana que nos da la oportunidad
de abandonar la confusión negativa y egocéntrica, sufriente,
y de liberarnos de todo el dolor
y de las apariencias equívocas.


Nadie dijo que fuera fácil.

A veces se va la luz, en esta casa cuya infraestructura aún no está preparada para cubrir las necesidades de un gran número de personas.
Pero entonces todo el mundo se pone en acción:
Darío y Jose exploran la instalación eléctrica;
Olga y Marisa y otras muchas sombras en la penumbra buscan velas y preparan un escenario perfecto para la próxima sesión de meditacion, que nos hace recordar con alegría a l@s antigu@s practicantes.

















Nadie se queja.
Todo es perfecto.
Aunque nadie dijo que fuera fácil.
Y no exclusivamente en lo que se refiere a las condiciones externas.


Si algo se incomoda y altera dentro de ti...

Rabjor dice: el objeto de este retiro es desarrollar paz interior y sabiduría.
Y puede ser, sin embargo, que a lo largo de estas primeras meditaciones (en la muerte, el sufrimiento de los renacimientos inferiores, la renuncia...) algo se esté incomodando y alterando dentro de ti.
Sobre todo si éstas son tus primeras meditaciones y no entiendes muy bien qué quiere decir, y por qué, el objeto de meditación al que te conduce la contemplación del sufrimiento:
la determinación de practicar el dharma con entusiasmo
(si aún no has podido comprobar en tu experiencia personal la alegría de saber que conoces el camino de la liberación y de qué manera funciona).

En cualquier caso, si algo se incomoda y altera,
está bien que así sea.
Porque los esquemas se están moviendo.
Y nuestros esquemas se tienen que mover.
Quizás al principio te sientas mal, pero es el camino por el que tienes que pasar para reducir los engaños y la confusión.
Y una vez que tu confusión se reduce, se reducen tus expectativas del samsara.
Y surge la relajación.



Nadie dijo que fuera fácil el camino para salir del terreno escabroso y sufriente en el que nuestras perturbaciones
mentales
nos han metido.




















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viernes, 15 de abril de 2011

Se acabó el bla-bla-blá; ahora toca cambiar.











Pues sí, lo has adivinado:
esto también lo dijo guenla Kunsang.

Se acabó el bla-bla-blá, ahora toca cambiar.
Cambiar
Qué?
Síguele la pista al dolor.
Allá donde duele.
Un apego.
Un enfado convertido en resentimiento.
Una pérdida, un duelo.
Cómo es que estás ahí todavía?

Hace mucho, mucho tiempo, cuando recuperé el contacto con el dharma y me enteré de dónde se hallaba (geográficamente) Kunsang, le escribí un email a mi primera maestra, convencida de que no sabría quién soy -tan inconstantes y eventuales eran entonces mis apariciones por el centro.
Se acordaba de todo y respondió con un email escueto y suficiente:
Qué estás buscando, M, si tienes el dharma?


Qué estás buscando, si tienes el dharma?

El año pasado, en el Festival de verano de Manjusri, antes de las enseñanzas del tantra de Vajrayoguini y Heruka, la primera parte estuvo dedicada al lamrim, a cargo de guenla Kunsang -como se repetirá este año.
El camino a la iluminación comienza por las cuestiones más básicas
que hemos escuchado tantas veces:
el aprecio de la preciosa existencia humana, estimar a los demás, reconocer al egoísmo como la causa de todo el sufrimiento y la ignorancia de creer que las cosas son como aparecen...
De repente, Kunsang se detuvo, en medio de una instrucción de ésas, tan básicas...
Paró de hablar,
nos miró de una forma diferente, a todo el auditorio,
y dijo:
Pero todo esto tú ya lo sabes, verdad?
Otra vez repitiendo lo mismo que has oído tantas veces y ya te sabes de memoria, verdad?...
¿Ya lo sabes?
Entonces, ¿qué haces sufriendo? ¿Por qué sufres todavía?
Si ya lo sabes,
úsalo!!
Ponlo en práctica.
Cambia
ya!!

Y, no te engañes:
cuando cambias de verdad
no hay marcha atrás.


Y si hay marcha atrás,
es que
todavía
no
has cambiado.










viernes, 8 de abril de 2011

Si amas, no sufres; si sufres, no amas.












Lo dijo Guenla Kunsang.
Escríbelo en letras bien visibles y pégalo
en la puerta de la nevera,
que es donde más acudimos a lo largo del día:
Si amas, no sufres.
Si sufres, no amas.


No te engañes.

Y en realidad no hay nada más que decir. Es tan obvio.


La magia de la primavera.

Y sin embargo, qué difícil en primavera, verdad?

Qué difícil siempre.
Pero en primavera es como pasar la prueba del algodón.










En primavera, es como si espolvorearan magia en el aire,
y las hormonas se revolucionan, los deseos, las expectativas. Samsara se acentúa.

Y si tu mente ya es inestable de por sí,
en primavera rozas la bipolaridad.


Sobre el Amor y el amor y el no-amor...

Amas, y amas tanto que crees que estás a punto de tocar nirvana.
Lo amas todo y a todos, tanto
que sueltas tanto
(para amarles de verdad, sin contrapartida)
que sientes haber llegado al sueño de Keajra
por un instante
eterno.

Y no quieres volver.

Se está tan bien con esas gafas que te han prestado de amor y sabiduría,
con esas alas
(aunque sean de pega, pero parecen tan reales
cuando traes el resultado
al camino)
que sólo deseas descansar eternamente ahí,
donde el tiempo no existe.

Breve sueño.







Entonces aparece "él"
o "ella".
Casi siempre acaba apareciendo
un él o ella,
ese karma tan difícil de soltar.
Y piensas:
qué generosa mi yídam,
emanando para que yo practique
la manera budista de amar
(Indispensable Ocho pasos hacia la felicidad).
Y practicas
el amor de corazón,
el amor como una ofrenda.
Y amas,
luego no sufres.

Hasta que empiezas a sufrir
porque quieres un poco más.

Con un poco más llegarías más lejos
-y hasta puede que tu mente parlanchina, ese ego sofista que se resiste a morir
te convenza de que sólo te mueve tu aspiración espiritual.
Con un poco más de él o de ella
llegarías más lejos.

Qué pena que no sea así.
Cómo es posible que tu yídam no te ayude
a llegar a casa?
Cómo puede abandonarte así,
cuando tú sólo quieres
llegar a casa?

¿Te suena?


La alegoría de la primavera.





Llegó la primavera
mágica
(o el romántico otoño,
o el invierno frío e íntimo
o el verano explosivo,
da igual)
y ya no tienes bastante.

¿Quieres más?
Eso es
que lo que quieres
es como agua salada
-dice Kunsang.
¿Sufres?
Eso es
que has dejado de amar.

Y vuelves a estar atrapada en la red de samsara,
sufriendo el dolor
dspués de lamer tanto y tanto
la miel
en el filo de la navaja.


Otra lección de humildad.

Hasta que entiendes de nuevo
que sólo era un sueño.
Otro sueño
más.
Otra lección
pendiente.
Otro tropiezo, otra piedra que resultó no ser;
otro espejismo
en el largo
camino.

martes, 5 de abril de 2011

Sé amable con quien quiera que te cruces porque está librando una gran batalla.



Seguimos con el adiestramiento de la mente para convertir las dificultades en oportunidades de crecimiento (loyong)
y en la penúltima clase en el Poble Sec reflexionamos y practicamos la meditación de aceptar la derrota y ofrecer la victoria.
En principio, no suena muy atractivo, verdad?
¿Es que vamos a ir ahora de perdedor@s por la vida?
Pues no se trata de eso exactamente, no.
Cuando hablamos de aceptar la "derrota" nos referimos a aceptar el dolor, las molestias o las dificultades que aparezcan en nuestra vida.
No hay que buscarlas, pero cuando llegan, llegan.
Cuando duele, duele. Y aceptarlo es el primer paso para superarlo, para tomar las decisiones adecuadas, para seguir adelante.
¿Te niegas? ¿Te resistes?
Siempre tienes otras alternativas, dice Rabjor: cabrearte
o deprimirte.
Pero toda esa energía que vas a malgastar en depresiones y enfados
sin duda te sería más útil utilizarla en afrontar la situación y tomar decisiones.
(A menudo no nos queda la energía que necesitamos para seguir adelante porque la hemos derrochado previamente en cavar el hoyo del victimismo y la amargura).



Así que más nos vale aceptar la derrota (los reveses de la vida) con paciencia.
Y alegría, si es posible.
Con la alegría de que esa batalla puede representar una victoria
(especialmente contra nuestros propios engaños, esa lección
definitiva).

Sin resistencias, sin odios ni resentimientos.
Y, sobre todo, sin arrastrar o atacar
a quienes nos rodean.







Si estoy mal, te ataco,

porque tú debes tener
la culpa.


En ciertos experimentos, colocan a dos ratas en una jaula y, cuando sueltan una pequeña descarga eléctrica sobre el suelo donde se encuentra una de ellas, ¿sabéis qué sucede? La rata que se ha sentido agredida agrede a la otra.
¿Os suena? ¿No es eso lo que hacemos habitualmente en nuestra vida?
Cuando nos sentimos mal (me han ignorado, atacado, me duele algo, he sufrido una injusticia), tendemos a pagar nuestras rabietas (nuestra bajísima tolerancia a la frustración) con la persona o personas que tenemos más cerca. Las que están a nuestro lado. Curiosamente, en las que nos apoyamos.
Lo cual significa no aceptar la derrota
y ofrecer la derrota.

Ofrecer la victoria consiste en cuidar a quienes nos rodean, que ciertamente no son responsables de nuestro malestar. Ser amables. Tener consideración por los demás. No amargarles la vida sino, por el contrario, desear su felicidad.
Cuidarles como nos gustaría que nos cuidaran,
cuando hemos sido tocad@s por la flechas amargas del karma
-de nuestro propio karma.

Lo bueno de sufrir es que te conecta con el sufrimiento ajeno. Lo bueno de sentir la propia vulnerabilidad es que te hace consciente de la vulnerabilidad de los demás seres, su fragilidad. Y vuelves a recordar las palabras del filósofo:
Sé amable con quien quiera que te cruces porque está librando una gran batalla.

Acepta la derrota, cuando te toque.
Y ofrece siempre,
siempre,
la victoria.

Te ayudará a recuperarte más fácilmente de los golpes de la vida.
Te ayudará
a ser
más feliz.








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lunes, 4 de abril de 2011

Inspiro y espiro.











Inspiro,
y el aire penetra mis fosas nasales y los poros de mi piel y entra en mi organismo interior,
en los tejidos,
en los órganos,
los músculos voluntarios y los involuntarios,
los canales y ríos de sangre y linfa,
en cada célula, en los átomos de cada célula,
en las partículas y ondas vibrando en el espacio de este cuerpo
vacío.

Inspiro y el aire/vacío de fuera penetra en el aire/vacío
de dentro, aparente.
Inspiro y siento que hay más
que aire vacío en el espacio, más que oxígeno y carbono. Mucho más.
Hay partículas y ondas en vibración que mis ojos no ven.
Hay cuerpos que mis ojos no ven.
El cuerpo de la verdad de los seres sagrados que han dejado de crear samsara.
Inspiro
y el cuerpo de la verdad de los budas en el espacio vacío se mezcla inseparablemente con el espacio vacío de este cuerpo que percibo mío.
Inspiro y el espacio de luz que penetra mi espacio
ilumina mi espacio, inseparablemente uno con el cuerpo de la verdad de los budas.
Inspiro y la mente de la verdad de buda bendice mi mente, esa mente sagrada de buda que reside en algún lugar de lo que percibo como “yo”.
Inspiro y mi cuerpo se ilumina de espacio iluminado.
De luz fresca,
curativa.
Curativa, qué paz
en la salud y la armonía y la paz.

Inspiro más y más,
porque tengo un hambre y una sed
que no es de pan ni vino ni agua ni fruta fresca.
Inspiro para saciar mi hambre y mi sed de
¿oxígeno?
¿vida?
¿energía?
¿ser sagrado?
Inspiro y en cada bocanada de aire/espacio/vacío/buda
me acerco un poco más
al gran gozo
del abrazo
de Kinkara.
Como si en esta vida nunca pudiera encontrar la experiencia última
(y muero porque no muero).

Espiro
y en cada espiración
dejo ir un poco de este “yo” con el que ya no me identifico.
En cada espiración un poco menos M.
y en cada inspiración
un poco más espacio sagrado y luz
iluminada.
El cuerpo de la verdad.
Mi cuerpo
realizado
al fin.


domingo, 3 de abril de 2011

La experiencia, ¿suma frustraciones o las resta?











Hace unos días alguien me comentaba que, con el paso del tiempo, conforme nos hacemos mayores, las personas vamos acumulando frustraciones y eso, venía a decir, nos hace más desconfiadas y conocedoras de la naturaleza humana.
Es una manera de verlo, una manera de “crecer” en “conocimiento”.

Sin embargo, yo creo que, con el paso del tiempo, con la experiencia, una persona puede ir adquiriendo sabiduría y, desde mi punto de vista, la sabiduría acaba siendo prácticamente incompatible con las frustraciones.

Porque la sabiduría que nace de la experiencia comprende que las demás personas tienen derecho a tomar sus propias opciones, que las expectativas personales no siempre tienen que ser cumplidas por los demás. Y deja de esperar que así sea. La sabiduría que da la experiencia te enseña que todo el mundo tiene sus limitaciones, sus propias perturbaciones mentales, tú también. Yo también.
Yo creo que la experiencia te puede enseñar a amar a las personas tal como son, con sus limitaciones y heridas, sin esperar que cumplan siempre todos tus planes. La experiencia puede enseñarte que el resto del mundo no son satélites a tu alrededor.
Y sin expectativas imposibles, se reducen las frustraciones.


La sabiduría te permite regresar a la confianza.

¿Acumular frustraciones, con el paso del tiempo? ¿Y por qué no todo lo contrario?
Yo creo que la experiencia te puede enseñar a dejar de experimentar frustraciones o, como mínimo, que cada vez sean menos, menos intensas y menos duraderas.
Y también te enseña a curar las frustraciones del pasado. A comprenderlas, sanarlas, eliminarlas.
Creo que el paso del tiempo no ha de sumar necesariamente frustraciones, sino que puede restarlas.
Es más, estoy convencida de que la sabiduría auténtica te permite regresar a la confianza más absoluta.
Porque se basa en el amor, en la aceptación, en la conexión,
porque te libera del espejismo de ser aislado,
porque te permite regresar al estado de Unidad
y, desde esa experiencia,
no hay espacio para los miedos
ni la decepción
ni la frustración
ni la
desconfianza.