jueves, 26 de noviembre de 2009

La renuncia, el samsara, el nirvana.



Nuestra mente es como una herida abierta debido a la estimación propia, dice Lochani. Siempre que hay sufrimiento, busca dentro de ti y encontrarás el egoísmo.

Sin egoísmo no existe sufrimiento.
Y la única alternativa que funciona es

la renuncia.

La renuncia.
La renuncia no consiste en abandonar las cosas, las personas, el entorno.
¿A qué renunciamos? Al sufrimiento.
La renuncia es una mente de sabiduría que comprende que no es posible ser feliz con este cuerpo y esta mente; que necesitamos liberarnos de esta prisión, de este sueño, de esta apariencia kármica.
Esta apariencia es nuestro samsara, nuestra mente contaminada con un apego profundo a nuestros engaños.
La mente de renuncia quiere liberarse del sufrimiento, comprende que tiene su base en la estimación propia y la quiere abandonar.


Alcanzar la mente de iluminación no es difícil, lo difícil es generar el deseo de renuncia.


El samsara.
Samsara no existe fuera de mi mente. Samsara es mi mente contaminada por el veneno profundo de los engaños;
el peor, mi estimación propia.

Por qué no puedo ver algo agradable, contemplarlo, disfrutarlo
y ya está, sin querer hacerlo mío (apego)?
Por qué cuando veo algo desagradable me molesta, lo rechazo,
me duele (aversión)?
Por ignorancia. La ignorancia es una mente que se aferra al yo y lo estima por encima de todo. No ve las cosas como meras apariencias, como sueños.
El sufrimiento siempre procede de la mente ignorante del egoísmo.


Cuando te liberes de los engaños, nada tendrá el poder de hacerte sufrir: ni la enfermedad ni la vejez ni la muerte. Ni ninguna otra pérdida.


El nirvana.
Nirvana significa extinción. La extinción del sufrimiento.
Nirvana es un estado que se caracteriza por una profunda paz
de manera permanente, liberada del egoísmo y las demás perturbaciones mentales.
Cómo? Con la práctica de los tres adiestramientos superiores:
la disciplina moral, la concentración y la sabiduría.

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La vida es sueño.



Como me llevaba la contraria, contrariada,
pensé: eres como una garrapata,
aferrado a tu realidad
triste, fea y sufriente.
Y entonces pensé que él me respondía:
Y tú, qué eres?
Y respondí, pensando:
soy otra garrapata
aferrada a mi realidad
triste, fea y sufriente.
Pero a veces suelto
un poco, sólo un poco,
y advierto que soy un sueño soñando dos garrapatas.

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viernes, 13 de noviembre de 2009

Morir en navidad.



Se acercan las navidades y resulta una época apropiada para pensar en la muerte.
Porque son fiestas religiosas, tal vez, y en el fervor espiritual ya se sabe que nacer, morir, todo lleva al mismo sitio; porque de alguna manera se potencia el amor (que las llamadas consumistas no consiguen paliar del todo), y amar te acerca a la vida y a la finitud de la vida; porque te hace más consciente de la soledad y de la impermanencia.
A mí personalmente, la aproximación de los días de navidad y fin de año siempre me ha llamado a hacer balance y a pensar en la vida que se acaba y en la vida que empieza.
Quizás también (todo hay que decirlo) porque mi padre murió en una fecha próxima a las fiestas de navidad, cuando yo tenía 11 años.
Quizás este año, especialmente, porque mi madre se ha ido cuando ya nos hallábamos en la antesala de los preparativos de navidad.

Morir en navidad. Un momento tan bueno como otro cualquiera.

Cuando una persona se va queda su ausencia, así que no se va del todo. Queda su sombra (o su luz) en el rincón del sofá donde solía sentarse, en el pasillo que caminaba a su habitación, en los olores que perduran en su cuarto, en sus cosas. Tengo que decirlo, pero hasta la fecha nadie ni nada ha conseguido hacerme creer en la muerte.
¿Cómo creer en la muerte cuando la presencia de quienes se han ido es tan poderosa?
Puedes responderme que su presencia es poderosa sólo cuando se acaban de ir; su presencia/energía permanece al principio, pero luego acaba diluyéndose, como todo. Sin embargo, el hecho es otro: su existencia continúa cuando se acaban de ir y siempre, mientras tu memoria siga viva.
Y no tengo motivos para creer si sobreviven o no sobreviven a tu memoria.

El viaje de vivir, el viaje de morir.

Vemos cada noche las estrellas que hace miles de años dejaron de existir y no vemos a todos esos compañeros de viaje que simplemente cambiaron de forma de existencia.

Para mí, la muerte es como un viaje. Pero es que la vida es como un viaje. También. ¿Dónde está la diferencia? En que mientras compartimos viaje en esta nave, en este sueño, creemos que sabemos dónde estamos y cuando alguien se va perdemos su pista. Ya no está aquí.
Como el viajero que deja su habitación de hotel.
Como quien cambia de casa, o más aún, de ciudad, de país. Yo lo he hecho algunas veces. Partir de cero. O de casi-cero. Siempre te llevas lo que llevas dentro. Tus recursos personales, tus aprendizajes. Tus habilidades para hacer camino en el nuevo mundo, en la nueva vida.
Ahora es otra persona quien se va, y no dijo adónde. Probablemente no lo sabía ni ella misma. Pero ahí está, en algún lugar, con sus aprendizajes, abriéndose camino en un nuevo sueño. Soñando otro sueño.
Y en éste quedamos los que quedamos. Viviendo este sueño. Conviviendo con los tripulantes de esta nave, que aún no dejaron el barco, y con las huellas de los que se fueron.

Nadie ni nada puede arrancar lo que ya existe en la memoria, ni siquiera una lobotomía. Lo que existió siempre seguirá existiendo en algún lugar. Dentro y fuera.
Dentro, en tu experiencia, en el amor que nunca cesa. Los que se fueron ya forman parte para siempre de tu experiencia de amor, que te transcenderá y no cesará nunca.
Y fuera. La energía que produjeron, sus pensamientos, sus palabras, su olor, las partículas y ondas que dejaron en todo lo que tocaron, en tu piel. Mis ojos no lo ven porque la anatomía de mis ojos y de mi cerebro no me permite captarlo todo, es así de limitada. Pero aquí sigue su sombra. O su luz. Conviviendo con nuestras luces y sombras.

Así que aquí nos quedamos, viviendo esta nueva navidad. Los que nos quedamos y los que se fueron. Exactamente igual que cada año. Igual que siempre.


http://www.youtube.com/watch?v=f_cxtm3AmaE&NR=1


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domingo, 8 de noviembre de 2009

Qué le ha aportado el Dharma a tu vida diaria?


Hay quienes consideran el budismo como una religión, o un camino espiritual, o una forma de vida, una filosofía, una ciencia de comprensión de la mente, o bien todo eso y más.

Como cualquier filosofía, constituye una explicación de la vida; como cualquier ciencia, nos dice cómo funciona algo, en este caso, la mente humana y la vida en sí misma. Y esta interpretación de las cosas nos conduce a una ética y unos valores específicos que se manifiestan en la forma de vida.

Por eso, el dharma siempre tiene una influencia en tu forma de entender el mundo y en tu vida cotidiana.

Hemos preguntado sobre ello a algunos practicantes y esto es lo que nos han respondido.


(Os invitamos a que compartáis, en los comentarios, vuestra experiencia con la meditación y cómo os ha influido en la vida cotidiana).



Testimonios.


"Siempre que practico, siento tranquilidad interior y la sensación de que el tiempo es aprovechado significativamente”.


Para responder esta pregunta debería recordar cómo era mi vida antes de conocer el dharma.

Recuerdo que en esa etapa de mi vida había mucho sufrimiento mental; este sufrimiento se manifestaba de diversas formas (soledad, enfado, celos, depresión, confusión, tristeza…). Recuerdo que en mi interior había siempre un anhelo de maduración, de crecimiento; siempre tenía la sensación de que los años pasaban, mi cuerpo crecía, pero mi mente permanecía con los mismos pensamientos de siempre y una sensación permanente de estancamiento.

Viendo cómo era mi vida antes de conocer el dharma, es muy fácil contestar a tu pregunta. El dharma ha sido y es un antídoto para todos esos estados mentales que bloqueaban y todavía (en menor medida) bloquean mi felicidad y la de la gente que me rodea. El dharma (siempre que lo practico) me da tranquilidad interior, sensación de que el tiempo es aprovechado significativamente. Es el polo opuesto a mi estado mental anterior.

De todas maneras, el proceso es lento. Los malos hábitos son rebeldes y no se dejan vencer fácilmente. Crear lo nuevo en la mente (el dharma) requiere de fe, paciencia y esfuerzo. Así, creo que mi vida actual es una fluctuación de estos dos estados.

El dharma, poco a poco y de forma segura, va ganando terreno en mi mente y espero que con el tiempo las otras mentes irán cediendo al poder de las bendiciones de los budas. Hasta que llegue ese momento, mi vida, mi mente, tiene esta dualidad entre lo virtuoso y positivo y los engaños y negativo.

(Ramón Carballo)



“Ilusión, certezas, protección, disciplina, estabilidad mental”.


Ilusión.

Había buscado en muchas partes y no funcionó.

Hice lo que se suponía que había que hacer para ser feliz (los estudios, el trabajo, casarme…) y otras no tan lícitas. Buscaba donde podía. Y al final perdí la ilusión.

El dharma me da respuestas a las pregustas claves sobre la vida.

Me da certezas. Protección.

Me da la verdad.

¿Cómo se manifiesta todo esto en mi vida diaria?

Las cosas que hago tienen más sentido. Intento que todo lo que hago vaya encaminado a este objetivo. Y eso le da sentido a mi vida.

Por otra parte, ya no me pongo tan arriba a mí mismo en la escala de valores; tengo más en cuenta a los demás.

También le aporta disciplina.

Y me siento más libre porque controlo un poco mejor mi mente.

Antes me deprimía mucho y luego me sentía en las nubes; muchos altibajos que me agotaban. Ahora tengo más herramientas para mantener cierta armonía y estabilidad.

(Xavi Puerta)




“Si no puedes ayudar a los demás, por lo menos deja de fastidiar”.


Pues supongo que me ha aportado muy poco, porque no practico demasiado.

Y además, con mi falta de comprensión, creo que no le saco mucho partido.

Pero con el tiempo, y a pesar de mí mismo, creo que tengo algo más de sensatez a la hora de hacer las cosas.

Quiero decir que a veces me parece que se reduce mi egoísmo y puedo ser más objetivo. Con menos egoísmo, puedes tomar decisiones más correctas, que benefician a todos, y eso te aporta más tranquilidad.

En este sentido, creo que ahora me siento un poco más responsable de las cosas, de lo que siento, y ya no culpo tanto a los demás. Y, claro, así te enfadas menos. El egoísmo altera mucho.

Aún no he llegado a eso de querer o poder beneficiar a los demás, así que, de momento, intento hacer daño lo menos posible. Como le escuché a alguien: “Si no puedes ayudar a los demás, por lo menos deja de joder”.

(E. G.)




“Dirección, identidad y consciencia”.


El dharma me ha aportado dirección, identidad y consciencia de mis limitaciones.

Ahora siento que tengo más dirección porque tengo más claro qué es lo importante por encima de lo superfluo.

Mi identidad ya no la veo sólo relacionada con esta vida, sino que me veo como un continuo que sigue en otras vidas, y tengo presente ese referente en todo lo que hago.

Y la conciencia de mis limitaciones me aporta humildad.

¿Cómo se manifiesta todo esto en mi vida diaria?

A nivel físico, mi cuerpo ha cambiado; disfruto de más flexibilidad física que la que tenía hace un año, antes de conocer el dharma.

Y tengo más tolerancia hacia las circunstancias externas. Mis relaciones son mejores y soy más eficiente en mi trabajo.

¿Por qué? Creo que por la flexibilidad mental, que hace que me adapte mejor a las situaciones. Y porque tengo más paciencia, debido que al conocer mis perturbaciones mentales entiendo mejor a los demás, que también las tienen. Antes condenaba más a las personas, ahora separo sus engaños de lo que son ellas mismas, su identidad.

(Luis Marcos Pérez)



jueves, 5 de noviembre de 2009

Aceptar la derrota y ofrecer la victoria.


Seguimos con el adistramiento de la mente para convertir las dificultades en oportunidades de crecimiento (loyong)
y en la última clase en el Poble Sec reflexionamos y practicamos la meditación de aceptar la derrota y ofrecer la victoria.
En principio, no suena muy atractivo, verdad?
¿Es que vamos a ir ahora de perdedor@s por la vida?
Pues no se trata de eso exactamente, no.
Cuando hablamos de aceptar la "derrota" nos referimos a aceptar el dolor, las molestias o las dificultades que aparezcan en nuestra vida. Cuando duele, duele. Y aceptarlo es el primer paso para superarlo, para tomar las decisiones adecuadas, para seguir adelante.
¿Te niegas? ¿Te resistes?
Siempre tienes otras alternativas, dice Rabjor: cabrearte
o deprimirte.
Pero toda esa energía que vas a malgastar en depresiones y enfados
sin duda te sería más útil utilizarla en afrontar la situación y tomar decisiones.
(A menudo no nos queda la energía que necesitamos para seguir adelante porque la hemos derrochado previamente en cavar el hoyo del victimismo y la amargura).

Así que más nos vale aceptar la derrota (los reveses de la vida) con paciencia.
Y valentía, si es posible.
Sin resistencias, sin odios ni resentimientos.
Y, sobre todo, sin arrastrar o atacar a quienes nos rodean.

En ciertos experimentos, colocan a dos ratas en una jaula y, cuando sueltan una pequeña descarga eléctrica sobre el suelo donde se encuentra una de ellas, ¿sabéis qué sucede? La rata que se ha sentido agredida agrede a la otra.
¿Os suena? ¿No es eso lo que hacemos habitualmente en nuestra vida?
Cuando nos sentimos mal (me han ignorado, atacado, me duele algo, he sufrido una injusticia), tendemos a pagar nuestras rabietas (nuestra bajísima tolerancia a la frustración) con la persona o personas que tenemos más cerca. Las que están a nuestro lado. Curiosamente, en las que nos apoyamos.
Lo cual significa no aceptar la derrota
y ofrecer la derrota.

Ofrecer la victoria consiste en cuidar a quienes nos rodean, que ciertamente no son responsables de nuestro malestar. Ser amables. Tener consideración por los demás. No amargarles la vida sino, por el contrario, desear su felicidad.

Lo bueno de sufrir es que te conecta con el sufrimiento ajeno. Lo bueno de sentir la propia vulnerabilidad es que te hace consciente de la vulnerabilidad de los demás seres, su fragilidad. Y vuelves a recordar las palabras del filósofo:
Sé amable con quien quiera que te cruces porque está librando una gran batalla.

Acepta la derrota, cuando te toque.
Y ofrece siempre,
siempre,
la victoria.

Te ayudará a recuperarte más fácilmente de los golpes de la vida.
Te ayudará a ser más feliz.

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