martes, 24 de mayo de 2011

Te molesta mi amor.








Hace tiempo,
en una entrevista,
le pregunté a
un psicólogo:
Por qué da tanto miedo amar?
La respuesta era obvia:
si da miedo, lo que da miedo es el dolor,
no el amor.
Y cuando duele, no duele por amor.
Duele por miedo.
(Lo que duele siempre es el egoísmo).

Luego le pregunté:
Por qué da tanto miedo que nos amen?
La respuesta era obvia también:
lo que da miedo es sufrir.
A veces, lo que da miedo
es que lo que hay detrás de la máscara de amor del otro
no lo sea;
da miedo la manipulación, el control, la coacción...
Y da miedo hacer sufrir.


No eres tú, soy yo...








Y, a veces,
lo que da miedo,
lo que hace sufrir
es que el amor del otro
(pongamos que es amor de verdad, sincero, abierto)
deje en evidencia
la incapacidad propia de amar,
la incapacidad propia para la alegría
y el disfrute.

Silvio Rodríguez tiene una preciosa canción, "Te molesta mi amor"


Yo suelo preguntar a los "especialistas", cuando se tercia, sobre los motivos
por los que cuesta tanto amar (da tanto miedo)
y molesta tanto, a veces, que te amen.
Uno de los psicólogos consultados fue muy contundente:
"Si te molesta que te amen es que eres idiota".

Pero en cierta ocasión hubo alguien que le dio un minuto al pensamiento
antes de contestar:
A veces es difícil soportar que alguien pueda amarte
como tú nunca serás capaz de amar.


Qué hacer entonces?










Qué hacer entonces?

Para empezar, soltar
todos los miedos
egoístas
y simplemente
contemplar.

Como si no fuera contigo.

Contemplar el amor siempre es inspirador.
No sobra tanto amor en la vida como para perderlo
cuando aparece.

Contemplarlo no significa necesariamente corresponderlo.
Ni siquiera significa aceptarlo
(como cuando tu madre, o alguien, te quiere ayudar y tú declinas su ayuda -puedo hacerlo sol@-
pero igual reconoces su amor).
Contemplarlo significa, simplemente, reconocerlo,
visibilizarlo
(que es lo contrario de ignorarlo,
negarlo,
malinterpretarlo,
manipularlo,
pisotearlo,
etc.)

En budismo le llamamos "regocijarnos".
Te regocijas de la capacidad de amar de la otra persona,
te alegras por ella,
te inspiras en ella.
Y, si es posible, dejas que te contagie.
No necesariamente para devolverle su amor a ella
(y es que, cuando se trata de amor, no hay nada que devolver)
sino, simplemente, para
generar
el amor.
Para proyectarlo
en todas las direcciones.

(Y "todas las direcciones" incluye
cuidar
a la persona que te ama).


Contemplar el amor.










Hay personas que parecen dominar la especialidad de enfadarse con la gente que les ama.

Yo recuerdo muchos amores a lo largo de mi vida.
Los míos propios
y los que contemplé
-dirigidos a mí o a cualquiera, eso es lo de menos.

El amor en sí
es la contemplación
inspiradora.

Tengo que decirlo:
algunos de mis mejores maestros
y maestras,
aquéllos que nunca olvidaré,
son esos seres
(personas y, a veces, animales, también animales)
que he contemplado
amar,
amando,
abandonadas todas las armas,
abandonadas las defensas,
las caras del ego,
el ego mismo.

A veces he visto a la persona misma diluirse
bajo los efectos del amor,
convertirse
en una emanación
del amor.

Da igual que yo no pudiera corresponderle en ese momento.

Con el tiempo, esa persona podrá olvidarme, porque yo no fui nada especial
(yo no fui ninguna emanación
del amor
ni de nada
sagrado).

Pero yo no.

Una vez que ha aparecido ante ti,
ya nunca podrás olvidar
el rostro,
la luz,
la fuerza,
las bendiciones
que ese amor de "alguien"
ha dejado en tu vida
ya para siempre.


Aprender a dejar dar.

Yo creo que nos haría mucho bien aprender a amar
y soltar.

Y también
aprender a dejar que nos amen
y soltar.

Aprender a recibir.
Aprender a dar
y aprender a dejar dar.

Y regocijarnos contemplando el amor.
Deleitarnos.











Y dejar que
nos contagie
-cuando
nos sentimos
como un grifo
seco
o como
una tierra estéril.

Abrirse
a su proyección.
Y, una vez llenos,
dejar
que se proyecte
en todas las direcciones.

.

lunes, 16 de mayo de 2011

Prueba otro ángulo de enfoque.








Era la primera vez que venía a una clase de meditación.
Mientras se inscribía en secretaría, yo había oído que era psicóloga.
El azar (o lo que sea) hizo que se sentara cerca de mí.
Al acabar la sesión, todo el mundo se levantó para salir y ella se quedaba sentada, esperando algo (mientras yo, en mi rincón daba por finalizada la grabación y apagaba el equipo de sonido y demás).
Entonces me dijo:
¿Puedo hacerte una pregunta?
Claro.
¿Tiene el budismo alguna respuesta para superar las creencias cronificadas, que nos hacen sufrir?
Le dije que yo no soy una experta, pero si la creencia que arrastramos a lo largo de nuestra vida
es un pensamiento que nos sabotea (objetivos, relaciones, etc.),
basta con cambiar el pensamiento-creencia por otro que funcione mejor.
Pero tiene que ser realmente sincero y convincente
(no una mera afirmación positiva reconfortante).
Y hay que creerlo de corazón.
Si es así, no necesitas años de terapia. Basta con un instante de lucidez.
Yo creo en los milagros -le dije en tono de broma.

Entonces dijo: Me muero por contártelo.


Él no me ama.


Mi marido es un gran hombre -dijo.
Excelente compañero, muy buen padre, trabajador...
Pero hay algo:
Yo soy como un osito de peluche, necesito que me abracen,
y él no es así, no necesita tanto del contacto físico.
Yo he sido siempre quien le he dicho "abrázame"
y él viene y me abraza.
Pero ya me he cansado
de pedírselo,
él debería saberlo...

No había que ser adivina para ver que ella no se sentía querida
y sufría
y se estaba distanciando
y que aquella relación estaba haciendo aguas y ella se sentía muy sola y sufría mucho.

Llevamos casi 20 años así, a veces todo va bien, pero esta creencia mía de que debería ser más afectuoso y abrazarme
vuelve a aparecer una y otra vez y yo se lo pido y él lo hace y me siento mejor por unos días, pero ¿pedírselo una vez más? Ya no me sirve.
Él debería saberlo, debería conocerme...
(No dijo: debería amarme. Le daba miedo decir: No me ama, me duele mucho que no me ame).


Donde tú ves falta de amor yo veo mucho
mucho amor.

Como yo escuchaba y callaba, me preguntó: Qué piensas?

Es que
donde tú ves falta de amor, yo veo mucho amor
y eso me conmueve mucho.
(Casi me daban ganas de llorar de tanto amor de él, que ella no veía.
Nos ocurre tantas veces.
Esa obsesión por invisibilizar el amor de los demás).

Me miró sin entender nada:
¿Que no me abrace es una muestra de amor?

No: todos los abrazos que te ha dado, son una muestra de amor.
Sin que él los necesite, porque no forma parte de su personalidad.
Te los da por amor, porque tú se los pides.
Da igual todos los abrazos que te haya dado, todo ese amor, tú no lo ves,
porque sigues esperando el nuevo abrazo que piensas que no te dará,
que le tienes que pedir.

No estoy apreciando todo lo que me regala y me estoy quedando en una pequeña mota obsesiva, ignorando el cuadro completo -dijo ella, que era psicóloga.
Y además, estoy haciendo una lectura equivocada de su amor, interpretándolo como falta de amor.
Qué injusta estoy siendo con él, no?
Y conmigo misma.


Negar lo bueno del otro,
mutilarle,
convertirle en un monstruo.








Ella había aparecido para enseñarme una lección.
Para recordarme,
ilustrándolo con su propia historia,
cuántas veces
hacemos esto
en nuestra vida.

Nos obsesionamos con la falta de amor de alguien (desde nuestra posición, desde nuestra propia mirada egocéntrica)
sin ver cuánto amor está dando desde la suya.
Lo peor no es lo que mis propias creencias egocéntricas me hacen sufrir;
lo peor es cuando niegan todo lo bueno que hay dentro del otro,
no lo reconocen,
lo invisibilizan.
Y mi espejo egocéntrico le devuelve una imagen mutilada de sí mismo,
como un ser negativo y defectuoso,
desprovisto de todo lo mejor.


Arregla tu espejo distorsionado.

Yo lo veo como una forma de matar al otro.

Y cuando observo que estoy haciendo esto, no pierdo más tiempo
sintiéndome culpable;
simplemente suelto
ya
la creencia miope y asesina
y pongo mi atención en todo lo demás,
en todos sus potenciales,
en todos sus gestos de generosidad
y amor.

Y me convierto en un espejo más amable
y real.

Yo creo que no necesitas años de terapia para superar las creencias crónicas
que sabotean tu vida,
tus relaciones,
tu paz y bienestar.

Basta con abrir el corazón a un instante de lucidez
(y para eso hay que salir de un@ misma@,
aunque sólo sea por un instante).

Y es que
-ya lo habrás leído otras veces por aquí-
yo creo en los milagros.

.

martes, 10 de mayo de 2011

Si tú no tienes felicidad, de sabi@ no tienes ná.










A veces nos aferramos a nuestro ego,
a nuestra construcción mental
de heridas y sufrimientos varios,
como un bolero.
"Tú me quieres dejar,
yo no quiero sufrir;
contigo me voy, mi negro, aunque
me cueste morir".

La vida, en continuo movimiento
(en continuo duelo, sí),
en transición permanente.
En permanente
impermanencia.

Las apariencias, como en un sueño, desaparecen.
"Tú me quieres dejar".
Y yo no quiero sufrir. Y me aferro
a algo que se está yendo,
que ya se ha ido.
Qué contrasentido, no?
Y como no quiero sufrir,
aunque tú me quieres dejar
contigo me voy, mi negro.
Qué contrasentido, no?
Porque no quiero sufrir.
Aunque me cueste morir.

Y lo más curioso de todo es que presumimos de este dolor
como una heroicidad.
"Yo sí que sé amar!..."

Yo sí que sé vivir!...


El sentido de mi vida
es
que tú realices la vacuidad.

Dicen que Avalokiteshvara, el buda de la compasión,
con la única misión
de liberar a todos los seres del sufrimiento
("el sentido de mi vida es que tú realices la vacuidad", dice Gueshe-la),
contemplaba feliz, con una mente de gran gozo, cómo
más y más seres
despertaban
del sueño de la ignorancia,
se desprendían del sufrimiento como de un mal sueño,
como de una coraza en llamas,
se liberaban.
Pero otros seres aparecían
con sus mentes dañadas
y confusas
creando nuevas y repetidas fantasías de sufrimiento
y sufrían terribles dolores
y se aferraban a su dolor.










Más y más seres en esta pesadilla, alimentando pesadillas.

El trabajo le desbordaba.

Y contemplando tanto sufrimiento
que le desbordaba,
empezaron a brotar lágrimas de sus ojos.
"Esto es demasiado,
nunca voy a poder..."
Y algunas de estas lágrimas fueron a caer sobre una flor de loto
a sus pies
y de estas lágrimas
y de este loto
apareció Tara,
como una madre:
Yo estoy contigo,
junt@s lo vamos a hacer.


Estoy contigo.
Donde tú no llegues, llego yo.


Tara, la madre de todos los budas,
la rápida (el elemento aire),
la heroína.







Tara es ese alguien
o algo
que a veces aparece en tu vida cuando ya has desistido, cuando has dejado caer las armas (o las lágrimas)
a tus pies,
cuando te das por vencid@:
"no voy a poder..."
Es ese alguien
o algo
que aparece fuera (una mirada, unas palabras, una mano, una imagen, un aroma
inspirador...)
y a veces dentro,
como una energía que te llena de confianza.
Junt@s lo vamos a hacer.
Donde no llegues tú llego yo (dentro de ti).

Tara es esa fuerza que te anima a soltar
los malos sueños,
los fantasmas,
las hipnosis
propias o colectivas.
A emerger del oceano del samsara
(samsara es el mundo visto a través de la lente distorsionada
de las perturbaciones mentales).

No eres más débil porque sueltes, eres mucho
muchísimo más fuerte.


Desengáñate, tío listo...

Cuando era adolescente, aún me creía aquello de que "el optimismo es cosa de gente mal informada".
Recuerdo que solía decir cosas como: no aspiro a la felicidad, prefiero el conocimiento;
entre la felicidad y la sabiduría, me quedo con la sabiduría.
(Éramos intelectuales con un culto a la razón/sinrazón.
y lamentablemente esto era lo que les transmitimos a nuestr@s hij@s
que hoy arrastran, tal vez, esa vocación de sufrimiento).

Entonces le escuché a Gato Pérez aquella letra de Héctor Lavoe:
Si tú no tienes felicidad, de sabio no tienes ná.
Pronto se convirtió en mi lema.
La consigna por encima de todas las consignas
-políticas, sociales, ecologistas, feministas...



Y es que, desengáñate, tío listo, tía lista:
si no tienes recursos para conectar con la felicidad
que ya tienes dentro,
es que tu sabiduría hace aguas.








(Confío en que comprendes esta licencia poética:
que todo lo que te digo a ti -ese tú impersonal-
me lo digo a mí misma cada día,
varias veces al día.
No en vano, tú y yo compartimos esta experiencia humana,
este viaje en el mismo barco).

.

domingo, 8 de mayo de 2011

Traer el resultado al camino.













Yo ya tenía programado mi verano, y era bonito.
Lleno de actividades varias, viajes, apoyos familiares diversos.
Esa interconexión amorosa, como un puzle perfecto.
Entonces recibí esa llamada de Kunsang:
alguien no podía ir al Festival en Manjusri y había un billete de avión disponible;
me lo regalaba, si yo deseaba asistir.
Dije que me lo pensaría.
Un cambio mío implicaría a mucha gente; por otra parte,
yo era una recien llegada
(inconstante y exageradamente irreverente)
a esta escuela de meditación.
¿Y si una vez allí me sentía en una encerrona, dos semanas
en un lugar apartado del mundo?
Como siempre, pudo más la curiosidad que todos mis miedos
y accedí.


Déjame disfrutar del camino...

Entonces, sin yo saberlo, apareció la pregunta clave.
Kunsang tomaba nota para mi inscripción en las listas de los cursos del Festival y dijo:
¿Sutra o tantra?
Yo pregunté: ¿Qué es eso del tantra?
Kunsang dijo: El camino rápido.
Y yo respondí, sin pensármelo dos veces: entonces, nada de eso; a mí déjame disfrutar del camino.
Kunsang me miró un instante con esa mirada de madre que sabe, volvió sus ojos y su bolígrafo al papel (hace 15 años no nos relacionábamos tanto con el teclado del ordenador)
y dijo:
Tantra.









Morir, vivir, nacer...


Dos días más tarde, una vez iniciado el Festival,
tuve una especie de sacudida en medio de la sesión.
¿Me estaba muriendo?
¡Me estaba muriendo!

Dado mi historial previo, yo tenía una gran conexión con la muerte
(varias muertes tempranas e impactantes en mi familia cercana),
una relación muy especial con la muerte y un deseo de entenderla mejor
y de hacerla mi compañera de viaje en la vida.

Y ahora... ¿me estaba muriendo?
Soltando armaduras y disfraces, apegos, gustos, preferencias y aversiones,
molestias físicas y emocionales,
soltando equipaje,
soltando lastre.
cuerpo y mente,
todo.

Soltar,
qué liberación el camino intermedio
desde ese soltar
apacible.
Qué experiencia de paz que lo abraza todo,
sin miedo.
Abierta,
flotando
con confianza
amorosa.
Esa paz
de gozo
grande.

Y ahí, viajando
de una mano invisible
vuelves a renacer
otra.
Pero ya no eres aquélla que has dejado atrás.
Ahora renaces
tu yídam.

El Ser que estás destinad@ a ser.

Le llaman el yoga de la autogeneración.






El disfrute
sagrado.


Y a partir de ahora, tu vida,
tu mirada,
tu oído, tu gusto, tu tacto,
tu cuerpo, palabra y mente
son
las del buda que estás destinad@ a ser.

Y cuando comes realizas el yoga de experimentar néctar,
y cuando te vas a la cama
el yoga del dormir
y el yoga del despertar,
y cuando te mueves por el mundo
el yoga
de la purificación
de los seres migratorios.

Purificada tu mirada
y tu mente,
la vida es más fácil;
las personas que te rodean, como libros abiertos,
seres vulnerables que despiertan tu ternura
profunda.
Qué pasó con todos tus juicios y críticas y pataletas?
Se disolvieron
junto a esa otra
que ya no eres.

Purificada tu mirada, no es que te aísles del mundo
(no te escapas, no huyes de los problemas humanos)
sino todo lo contrario.
Los contemplas en su máxima extensión
desde una mirada lúcida,
no egocéntrica.

Porque el egocentrismo tiene una mirada miope, distorsionada,
el cuadro deformado tras la lente de "mis propios intereses".

Cuando ya no eres és@
(imagina que eres el Ser que estás destinado a ser,
tu potencial máximo),
tu entendimiento es más equilibrado.

Ves los problemas
y los afrontas desde una mirada apacible
y amorosa.
Y, algún día,
desde los ojos de la sabiduría.


O el culto al sufrimento
conocido.

Pero quizás a ti no te atrae este viaje.
Puede que tú prefieras quedarte en esta ciudad que habitas,
en esta experiencia
donde Dios aprieta pero no ahoga
y cuando no ahoga,
ese respiro,
qué felicidad.
Puede que salir de esta ciudad te despierte dudas,
miedos,
¿y si me aburro?
Esa vida tan plana...
Cómo ser feliz sin sufrir?...











Puede que prefieras quedarte en esta experiencia,
regodeándote en el niño herido,
en los traumas de la infancia,
tantas carencias, tanta falta de amor
-no importa que te lo dieran todo.

En tus dificultades para amar, para disfrutar;
orgulloso de tu capacidad de sufrir, como una proeza.
Puede que prefieras quedarte
en tu odio,
en tus resentimientos,
en tu dureza
de corazón,
torturándote y torturando a quienes te rodean.
Duro (tú dices que fuerte)
espoleando a quienes más amas
para que aprendan a sufrir
porque la vida es dura.

Quizás prefieras quedarte donde estás.
Y renacer el mismo.












O tal vez te decidas a abandonar esta ciudad
conocida
y explorar nuevos espacios en la costa,
en las montañas nunca vistas,
en los desiertos,
en lagos apacibles
nunca antes
visitados.




Jugar a ser Dios.

No digo que vayas a convertirte en un buda de un día para el otro,
pero por qué no jugar
a interpertar
de vez en cuando
el personaje?

Has jugado/interpretado tantos papeles en tu vida, a lo largo de tu vida
(niña, hijo, amiga, estudiante, periodista o carpintero,
arquitecto o psicoterapeuta,
pareja, padre o madre, marido o esposa,
ex, y novio de nuevo...),
por qué no jugar a ser
el ser sagrado, perfecto, amoroso, confiado, poderoso
que, tal vez,
estás destinad@ a ser.

Que, tal vez, está esperando
ser.

Y ves cómo se vive la vida desde ahí.


El camino rápido.

Dicen que el tantra es el camino del Gran Gozo,
el camino rápido.

El método que transforma todas las experiencias humanas en oportunidades para el disfrute
y los disfrutes
en el camino espiritual.
Como la leña que acaba siendo consumida por el fuego que produce.


Yo creo que, a veces, conviene hacer el esfuerzo de morir
para renacer otro
más crecido.
Más grande.
Más completo.























Este año,
en el Festival de Verano de Manjusri (del viernes 22 de julio al sábado 6 de agosto), el tema vuelve a ser el Alto Yoga Tantra,
con la iniciación de Vajrayoguini y Heruka.

Toda una aventura.

.

jueves, 5 de mayo de 2011

Esto es un tema de máster.














En la última clase del
Poble Sec volvimos a meditar en la vacuidad,
con ayuda de algunos de los ocho extremos:
el extremo de la cesación,
y el de los fenómenos impermanentes.
http://reflexionesdeunaestudiantebudista.blogspot.com/2011/04/los-ocho-extremos.html

En resumen, que todo cesa en cada instante
y que en cada instante todo nace
de nuevo.
Las apariencias que percibes, sí,
pero también tus sentimientos,
tus emociones,
tus faltas,
tus engaños,
tus perturbaciones
mentales.
No eres esclav@ de nada que experimentes
y en cada instante nace
una nueva oportunidad.

Regina dice:
esto es un tema de máster.
Y tod@s nos reímos.
Sí, es un tema de máster.
Pero te aseguro
que merece la pena
esforzarse
por sacar buena nota en este grado.
Por conseguir una maestría
en este tema.


Falso.

Y ahora, si te parece, voy a presentarte otro tema de máster:
el extremo de la singularidad.

Se le denomina "extremo" porque es otro objeto (otra percepción)
que tampoco existe,
pero lo abordamos bajo la hipnosis de que sí,
que existe.

¿A qué nos referimos con "la singularidad"?
Lo singular es uno, verdad? La unidad.
Por ejemplo, yo
soy una unidad.

eres una unidad.
Tu objeto de apego
o de aversión.
Lo que te atrae obsesivamente
o lo que te enfada
obsesivamente.
Existe
y es una cosa, verdad?

Falso.


Mi singularidad encierra una pluralidad.







Pongamos, por ejemplo, yo misma.
Yo soy una, no?
Una qué?
Una construcción mental,
dijimos.
Mi ego no es más que una construcción mental, una definición compuesta por varias designaciones.
He ido construyendo una imagen mental con lo que creo que soy (calificativos varios),
lo que me han dicho que soy,
cómo me ven, lo que me dijeron que era
de pequeña
y de mayor.
Yo soy un poliedro de múltiples caras, infinitas.
Soy una periodista, madre, hermana, pareja o ex, hija, amiga.
Soy lista o tonta, alta o baja, amable, dura, exigente, perfeccionista, aburrida o divertida.
Mala madre, buena amiga, qué sé yo...
Soy el yo apegado, el yo ya me he ido (renuncia), la gran compasión,
la mente conceptual,
la mente que no piensa,
la niña inocente y vulnerable,
la niña inocente y confiada y festiva...

Si hay algo que no soy es una unidad.
Mi singularidad encierra una pluralidad.


Mi sentimiento tampoco es una unidad.
Es solo una parte del poliedro.

Pongamos mi objeto de apego
o de aversión.
La persona o situación que me obsesiona,
atrayéndome
o alterándome.
¿Es una?
Si busco, encontraré que, de la misma manera que yo,
es una pluralidad.
El objeto de mi apego cuenta con alguna o algunas caras que atraen mi apego,
otras que provocan su indiferencia
y otras que no le gustan nada.
(Y ya no digamos al resto de mis yoes)

La singularidad no existe.
El objeto de mi apego
o de mi enfado,
que me obsesiona,
sencillamente no existe.

Y ya hemos visto que yo no existo, como singular.

Y ni siquiera mi apego.

Mi apego es sólo lo que siente el yo apegado,
pero no lo experimenta el yo ecuánime
ni el yo compasivo
ni el yo espiritual
que soy.
El apego por una pareja (por un consorte) no lo experimenta la madre,
ni la profesional,
ni la amiga de sus amig@s
(que soy),
que podrían sentir desagrado por el objeto de apego
del yo apegado.



Y lo mismo respecto al odio,
el rechazo,
el enfado,
el resentimiento,
etc.













No caigas en la trampa
de indentificarte
con uno de tus yoes.

Qué ha pasado, entonces, para que yo me haya dejado secuestrar
por ese encantamiento?
Lo que ha pasado es que yo me he identificado con uno de mis yoes (el yo apegado, pongamos por caso, o el yo resentido),
he volcado en él toda mi atención, le he alimentado, le he hecho grande
mientras me desentendía de todos los demás.
Y lo mismo con mi objeto de apego (o de resentimiento):
me he centrado en un aspecto de él, haciéndolo grande,
ignorando todos los demás.
Y lo mismo con mis emociones -con mi perturbación mental.
Le he dado de comer a esa emoción,
(a esa perturbación),
desoyendo las voces de todas las demás.

Ha sido como una confabulación a tres bandas,
por lo menos.

Y el resultado es una distorsión absoluta.
Un encantamiento,
una hipnosis
perfecta.

Pero yo no soy ésa,
ni el objeto que percibo es ése,
ni lo que siento es eso;
todo eso es sólo una parte (magnificada)
de las múltiples partes
de un poliedro infinito.
De tres poliedros infinitos.


La singularidad
del objeto que percibo,
de la percepción que experimento

y del yo que percibe
no existe.


Buscas y encuentras que,
desde este punto de vista,
la singularidad no existe.
Tú, como algo compacto, no existes.
Y los objetos que provocan tus perturbaciones mentales tampoco.
Ni siquiera las propias emociones o perturbaciones
existen
como singularidad.
Todo ello está formado de partes,
de condiciones
y dependencias.


Libérate de los conceptos que te definen,
como jaulas
que te atrapan.

¿Y todo esto de qué te sirve?
No sé a ti, pero a mí me libera saber que el objeto de mi apego no existe.
Que sólo siento apego por una cara del poliedro
que mi obsesión ha exagerado, agrandado, distorsionado;
ignorando y difuminando todo lo demás.

A mí me libera saber que yo no estoy "apegada" (o enfadada, o resentida)
sino sólo una cara
del poliedro
que soy.
Esa cara que mi obsesión ha distorsionado;
bajo esa hipnosis, le ha dado medidas de gigante
cuando sólo es una mota de polvo
en el cuadro completo.

Que mi apego no es más que una cara del poliedro de mi
sentimiento
complejo,
de mis percepciones múltiples
como un abanico abierto y extenso.


La pluralidad de la singularidad.

Saber percibir la pluralidad que existe en la singularidad
te libera
de lo que creías una condena perpetua
y "real".











Saber ver los matices
(del cuadro completo),
la pluralidad que encierra la singularidad,
te hace más ecuánime,
te equilibra,
te centra.
Te libera.


Y la pluralidad
tampoco existe.


Y lo mismo respecto al extremo de la pluralidad,
que tampoco existe.
Porque más allá de la diversidad
de seres humanos, animales, montañas y llanos y nubes y océanos y desiertos,
todo comparte la misma naturaleza
última,
de apariencia
vacía.
No estás separad@ del resto,
no existe
la segregación,
porque todo comparte la misma naturaleza
última.

Y saber ver la singularidad
que encierra
la pluralidad
te libera de todos los miedos
porque ya no existe amenaza
alguna.


La ignorancia de los extremos.

Lo extremos son objetos que no existen
y que la mente ignorante los percibe como si existieran inherentemente,
independientemente,
de manera "real".

El extremo de la singularidad
no existe
y el extremo de la pluralidad
tampoco.
Cuando lo entiendes así
te liberas
un poco
más
de las concepciones
y de las apariencias erróneas.










.

La vida es sueño.








Le pedí a mi amiga un bolero en su sección de discos dedicados
(sí, un bolero,
ya sé que no es nada budista...)
y me lo regaló.
Y además,
me adjuntó un poema relacionado,
uno de mis preferidos de todos los tiempos.

¿Crees que es budista? ¿Que no lo es?
Pura designación.

Y ahora voy yo y se lo robo
(para compartirlo con vosotr@s
y daros qué pensar).

Claro que dicen que quien roba a ladrón...


Soliloquio de Segismundo en La vida es Sueño
de Pedro Calderón de la Barca
.

Sueña el rey que es rey, y vive
con este engaño mandando,
disponiendo y gobernando;

y este aplauso, que recibe
prestado, en el viento escribe,
y en cenizas le convierte

la muerte, ¡desdicha fuerte!
¿Que hay quien intente reinar,

viendo que ha de despertar

en el sueño de la muerte?
Sueña el rico en su riqueza,

que más cuidados le ofrece;

sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;

sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,

sueña el que agravia y ofende,
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.

Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.


http://escuchoatentamente.blogspot.com/2011/05/la-vida-es-sueno.html


.

martes, 3 de mayo de 2011

Ah, pero eso es muy difícil...


























Lo recordamos
en las meditaciones guiadas, una y otra vez:
¿A qué has venido aquí?

Hay quien viene a relajarse; a desconectar; a parar los pensamientos
(es que tengo la mente de un ruidoso que no para, de una cosa a otra, una multitud, una locura);
a encontrar paz...
Y yo recuerdo siempre
lo importante que es tener clara la motivación,
porque los deseos, la intención,
nos marca el camino
y hacia allá nos dirigiremos.

Todo eso que buscas y más te puede ofrecer la meditación:
paz interior, concentración, autoconocimiento,
identificación de los pensamientos y emociones que nos dirigen,
reconocimiento de los que nos ayudan
y los que nos sabotean
y nos hacen
y hacen
sufrir,
control mental...
Todo un largo camino
hasta la liberación de todos los sufrimientos.
Y hasta la iluminación.


Deja que se te muestre.

No importa el motivo que te lleve a la meditación,
el camino espiritual en sí mismo es inteligente
y se te acabará mostrando.











Pronto nos damos cuenta de que lo que hacemos en cada meditación es construir un espacio de paz interior, un oasis de paz, una ciudad
de paz.

Cada vez que nos sentamos a meditar, en cada oportunidad de concentración,
la construimos un poco más, la hacemos un poco más grande,
la diseñamos un poco mejor, en los detalles,
cada vez más real,
más nítida,
más accesible,
y lo mismo en cuanto a los caminos que nos llevan a ella.

¿Y todo esto para qué?
Para que, pase lo que pase, en cualquier momento del día (y, con la práctica, dicen que de la noche) puedas volver a tu ciudad de paz
y desde allí afrontar la situación, cualquiera que ésta sea.
El conflicto, el problema, el enfado, el apego...
Recorrer el camino (ya transitado a través de la meditación)
de vuelta a tu ciudad de paz,
desde donde afrontar lo que sea
que haya que afrontar.

Desde la paz,
desde la serenidad.

Ah, pero eso es muy difícil
(sueles escuchar, una y otra vez),
eso es tan difícil...

Empezar a crear un nuevo hábito, tan difícil...


A qué dedicas tu tiempo libre
y el otro?
















¿Sabes qué?
Más difícil te resultó hacer y acabar la carrera que elegiste.
Levantarte cada mañana temprano y gestionar ese trabajo tan competitivo.

Cuántas horas has dedicado a cuántos objetivos
que nunca garantizaron tu bienestar
personal
real,
tu paz interior,
tu felicidad.
Toda la vida dedicándote a cambiar las condiciones externas
sólo para cambiar
la clase de problemas
(de no tener pareja a tenerla; de un trabajo a otro; de tenerlo a no tenerlo, y viceversa;
de no tener hij@s a tenerlos, etc.
etc.
etc.)
¿Y cuánto tiempo hemos dedicado a cultivar la paz interior,
desde donde afrontar lo que sea
que tenga que llegar?

Poco.

Y, sin embargo, seguimos diciendo que
"es tan difícil!"...


Nos da tanta pereza
y resulta tan difícil
salir de las pautas de la vida autómata de siempre.

Le llaman "pereza activa":
Todas las horas del día ocupadas, estresadas,
apenas sin tiempo para el descanso y la alimentación
y la vida consciente,
sin tiempo
para lo importante:
cultivar tu paz interior.

Y lo mismo con el disfrute,
con la práctica del gozo,
de la apreciación
de esta preciosa existencia humana.

Tan ocupad@s en los traumas
de la infancia,
en los trámites de la "vida",
en seguirle la pista al niño y a la niña herid@s,
en pasar factura a la madre
y al padre,
en llorar
y lloriquear,
en "buscar"...


Cuidado con el "buscador" que te entretiene y te pierde
una vez tras otra.


Ese "buscador" que llevamos dentro, incansable,
que no nos deja descansar
en el Ser
que llevamos dentro.

Esa búsqueda frenética
que sólo te lleva a perderte
una y otra vez.

Porque el final del camino está dentro
y algún día
hay que parar
y abrirse,
dejar que se disuelvan todas las nubes que no dejan ver la claridad del espacio infinito,
que se disuelvan todos los maras, las apariencias
que desaparecen
cuando las buscas
y no las encuentras.
Y ver que el destino final ya está dentro.

Buscar y buscar y seguir buscando
a veces
es una manifestación más del consumo compulsivo
(en el mercado espiritual, pero al fin consumo compulsivo),
de la insatisfacción,
de la frustración,
de la pereza activa
que te tiene ocupad@ en distracciones para mantenerte lejos de lo importante.

"Es que es tan difícil", repites una y otra vez, como un mantra gastado.

No más difícil que cualquier otra cosa que hayas conseguido en la vida
y a la que has dedicado tanta
y tanta
energía.





Pero hay que dedicarse a ello, con confianza,
con entusiasmo.
Elegir un camino y mantenerse en él
y dejarle entrar en tu vida
y que la transforme.


Hacer ese viaje.








Asegúrate de que estás en el camino
correcto.

Cuántos viajes geográficos, externos, has hecho?
Yo muchos, muchísimos.
He visitado muchos países y a veces me he quedado a vivir en ellos.
He explorado mucho algunas calles y mercados y desiertos y montañas y playas de este planeta.
Pero, sabes?, el viaje interior te conduce a paisajes que nunca antes habías contemplado (no importa todo lo viajad@ que seas),
a experiencias que nunca antes has experimentado.

Si, en este viaje, el mundo en el que vives se transforma
(más intenso, más radiante, más lleno de significado)
y las personas
(más generosas, más expuestas y sinceras)
y tú
(con la mirada más clara, más empática y compasiva,
el corazón más lleno de amor
que lo comprende todo,
que ya no tiene nada que perdonar).
Si tu viaje te está conducienco a unas ciudades más llenas de significado,
donde todo tiene un sentido
(como en un sueño donde ninguna apariencia es casual),
donde no existe el miedo, porque ya no existe un "ellos" que te amenacen
o un "futuro" preocupante
porque todo está aquí,
conectado,
la misma natualeza,
lo mismo.
Si has empezado a vivir tu viaje desde el amor
y a menudo se te saltan las lágrimas, de compasión, al contemplar tanto sufrimiento innecesario
(porque al igual que yo, todos los maternales seres están hundidos en el océano
del samsara),
ante tantas pesadillas que devoran a sus propios creadores,
un llanto dulce y sereno,
desde el amor;
si siempre gana el amor ante cualquier contienda
(el odio, el resentimiento, la impaciencia, la "injusticia"...)
es que estás en el camino
correcto.
Si no te sale la dureza
desde la dureza de corazón,
espoleando a l@s que te rodean para que "espabilen"
sino el abrazo cálido, firme y, siempre, sincero, que acompaña,
es que estás en el camino
correcto.
Si cuidas cada vez más a quienes te rodean,
es que estás en el camino correcto.
Si sufres cada vez menos
y cada vez le tienes menos
miedo
a la muerte,
a los duelos,
a perder,
es que estás en el camino correcto.

Dices: es que es muy difícil...

Deja ya ese mantra gastado
y ponte en camino.

Pero vigila,
presta atención,
chequea
una y otra vez,
periódicamente,
y comprueba que estás,
que sigues
en el camino correcto

Y si no es así, recupéralo.
Pero no caigas en la tentación de volver a buscar
y buscar
fuera
-no te pierdas dejándote llevar de la maquiavélica mano de la pereza activa.




Busca dentro.
Sigue buscando dentro
un poco más...

lunes, 2 de mayo de 2011

El sufrimiento como trampolín; el disfrute como práctica; el Gran Gozo de la vacuidad como morada última.


















Pues sí, hermana (del alma).
Como te dije,
no estamos tan lejos
en nuestras percepciones.

El sufrimiento existe
-dices tú, y yo nunca te diría que no.
Pero los infiernos no
-y eso, hermana, permíteme que lo dude.
¿Acaso no percibes el drama, la tragedia
en cada una de las mentes humanas, incluida la propia?
¿No te asomas a la ventana del televisor, de vez en cuando?
¿No ves el dolor de los infiernos crueles, tan crueles,
que creamos en nuestra vida, tantas veces,
tan a menudo,
hasta destruirla,
hasta vivir en una hipnosis (a veces personal, a veces colectiva)
de sufrimiento
sin sentido?

Que nos separa?
Mi optimismo, dices.
Mis tendencias hedonistas -dice
mi amigo del alma.
(Sin duda no es casual que tú y él seáis como gemelos
del alma).


El sufrimiento, como aprendizaje.






OK.
Hay que aprender a afrontar el sufrimiento, dices
y yo estoy completamente de acuerdo.
Mi única puntualización enfatiza en el sufrimiento como aprendizaje.
Cuidado con aposentarse cómodamente en él
y en esa mirada triste, desencantada y escéptica.
El autoengaño del sufrimiento
como autoconocimiento
y morada
final.

El sufrimiento como camino, vale.
El sufrimiento que te espolea
para cambiar.
Por eso te hablo tanto y tan a menudo
de la catarsis.
Abrirse al sufrimiento, sin miedo,
pero no para quedarse en él.
Cómoda,
perezosamente,
sufriendo en un mundo duro y "cruel".













Yo abro los brazos al sufrimiento como trampolín.
Como autoconocimiento, sí, como conocimiento
y trampolín.
Utilizar el sufrimiento para liberarte del sufrimiento.
No para quedarte,
sumisa y derrotadamente,
en él.


Fuera de la zona de confort
del sufrimiento
soportable.


Qué aporta el budismo en todo esto?
La contemplación del sufrimiento, primero
(de los infiernos, si quieres),
directa, profundamente, sin escapismos, hasta que te rompa todas las corazas
y te saque de tu zona de confort
(del sufrimiento soportable)
para cambiar,
para cruzar la puerta al abismo.
La única manera de descubrir que hay más allá del abismo.







Y qué hay
al otro lado
del abismo?

Gran Gozo.


Vacuidad
y Gran Gozo.


Pero para experimentar el Gran Gozo hay que practicar el gozo
(a diario,
en la vida diaria).
Y para experimentar la vacuidad de manera directa
hay que experimentarla, primero, de manera "artificial",
es decir, conceptual.


Tu responsabilidad: ser feliz.

Hay que usar la mente conceptual para liberarse de la mente conceptual.

Hay que usar el sufrimiento para liberarse del sufrimiento.

Y hay que usar los objetos de apego para liberarse
del apego.

Geshe-la lo dijo:
No existe iluminación sin Gran Gozo.

Y, como te expliqué, hermana del alma,
Gueshe-la lo dijo
después de aquella iniciacion tántrica.
Dijo:
Ahora habéis adquirido una gran responsabilidad
(y algun@s nos echamos a temblar, recelos@s de ciertas exigencias difíciles de cumplir).
Ahora tenéis una gran responsabilidad, dijo,
y dijo:
Be happy.



Sé feliz.











Qué alivio, no?
Bonita responsabilidad,
fácil, agradable.




Y sin embargo te equivocas.
Porque es el compromiso más difícil de cumplir,
la tarea que requiere más esfuerzo,
más cambios
profundos.

Ser feliz implica una revolución.
Implica acabar con todos los engaños que nos mantienen atrapa@s en samsara.
Implica una valentía
y una constancia
y una fuerza
y una voluntad
de héroes y heroínas.

Ser feliz es la única,
la última
conquista.
Y nunca es fácil.


No te conviertas en un profesional del sufrimiento.

Hay grandes expert@s en soportar inmensas cargas de sufrimiento,
a menudo innecesario
o gratuito
pero no tant@s en el dominio del disfrute
sin apego.
En la práctica (a tu nivel, por minúscula que sea)
del gran gozo
de la vacuidad.

Es mucho más fácil instalarse en una moderada (o potente, depende del nivel de aguante y familiaridad de cada cual)
confortable,
zona de sufrimiento
crónico.

En ese autoengaño mortal.