domingo, 25 de octubre de 2009

Tira p' alante.





Chokga, la directora nacional de la NTK e
n España, estuvo en Barcelona para hacer un curso sobre los tres aspectos principales del camino -renuncia, compasión y sabiduría-, la síntesis o cimientos del camino espiritual.
Si vives en Madrid, no pierdas la oportunidad de visitar el Centro Budista Vajrayana (C/ Fábrica, 8, 28220 Majadahonda), donde Chokga es maestra residente, y asistir a algunas de sus clases, retiros o cursos de fin des semana. O aprovecha su visita al centro de tu ciudad, cuando acude a dar algún curso.
La cercanía, sencillez, afecto, ecuanimidad y sabiduría que transmite te impactarán, sin ninguna duda, haciendo que sus enseñanzas te lleguen de una forma muy especial.

En otro momento haremos una síntesis de las enseñanzas que impartió (profundas y sin desperdicio), pero aquí quiero hacer notar su actitud pragmática y racional, positiva y sin tiempo para dar de comer al ego, ni en sus alegrías ni en sus miserias. Lo hecho, hecho está y ahora mira hacia adelante, que el camino es largo y queda mucho por hacer.

Tira p' alante.

Chokga nos habló, entre otras muchas cosas, de cuando sentimos el orgullo de las cosas bien hechas, o cuando alguien nos felicita o cualquier otra situación que infla nuestro ego. Está bien, dice, acéptalo pero no le des más vueltas. Cuando observes que tu estimación propia se regodea más de la cuenta en su vanidad, le dices: vale ya, ahora tira p'alante, que hay mucho que hacer.

Y lo mismo cuando el ego se siente abajo, pobrecito de mí, qué mal lo hago, no sirvo para nada, nunca lo conseguiré, etc. etc. Vale ya, lo has hecho fatal, ya te he oído, ahora: tira p'alante, que aún quedan muchas cosas por hacer.

Da igual lo bien o mal que te hayan salido las cosas hoy, las alabanzas o críticas que recibas, las alegrías o disgustos que te haya dado el día, ya han pasado. No te quedes enganchada.Tira p'alante con tu mejor sonrisa, con toda tu energía, como si acabaras de nacer. Tira p'alante y céntrate en lo que toca ahora, que el camino es largo y aún hay mucho por hacer.




miércoles, 21 de octubre de 2009

Aplicar la misma vara de medir al sufrimiento propio que al ajeno.


Hemos abierto una nueva rama (clases de meditación) del centro budista Mahakaruna en el Poble Sec, en Barcelona.
En una de las salas interiores de la tienda naturista Madre Naturaleza (C/ Margarit, 29), todos los lunes a las 7,30 nos reunimos para meditar y contemplar algunas instrucciones budistas.


En estos momentos estamos poniendo los cimientos de una ciudad interior o, si quieres, una isla de paz. Puedes ponerle un nombre, si lo deseas -yo le llamo Keajra, la Tierra Pura de las Dakinis.
Cada vez que nos encontramos, ponemos unos cuantos ladrillos más y vamos definiendo el trazado del mapa de la "ciudad de la alegría" personal, cada cual la suya. En cada meditación, esta isla interior se hace un poco más definida, más completa, más real.
Y más fácil resulta volver a ella en cualquier momento del día, en cualquier situación -mientras esperas el autobús o en medio de un conflicto.

Y así, cada persona se constituye en arquitecta de su propia mente y de su propio mundo, de una forma consciente, libre y responsable.


Cada estado mental tiene su causa en un estado mental anterior.

Como dice Rabjor, los pensamientos que surgen en cada momento son producto de las semillas que antes hemos plantado y ahora germinan en la mente; con la meditación, queremos sembrar semillas que hagan brotar la paz y la alegría, no sólo en el momento sino también en el futuro.

En la última clase, durante la meditación en "igualarnos", surgía la duda de si se puede entender como una forma de resignación, cuando te enfrentas a una situación que no deseas -mal de muchos, consuelo de tontos. Así que reflexionamos sobre la diferencia entre la resignación y la aceptación y, sobre todo, la compasión. Y quedó claro que contemplar el sufrimiento de los demás (y tomar conciencia de que compartimos el mismo sufrimiento, en dosis más o menos reducidas o extensas, dependiendo del momento), lejos de resignarnos y conducirnos a la pasividad, es una manera de generar compasión y empujarnos a la acción definitiva.
Se trata de no negar el sufrimiento propio cuando aparece sino de utilizarlo para conectarnos con el sufrimiento de los demás y aplicar la misma vara de medir al sufrimiento propio que al ajeno, en lugar de dramatizar el nuestro y menospreciar el de los demás.
Contemplar nuestro sufrimiento como si se tratara del del vecino nos ayuda a vivir nuestra experiencia de una forma menos dramática, más objetiva y racional.

No hay nada que nos haga sufrir más que nuestro propio egocentrismo y la estimación propia.


Protege tus realizaciones, fortifica tu nueva ciudad.

Y una vez que hayas meditado en ello con concentración y sinceridad, considera la importancia de proteger las realizaciones que tengas, las experiencias profundas (de paz, amor afectivo, compasión, vacuidad...) que surjan en la meditación, por pequeñas que te parezcan. Volver a ellas, visitar la ciudad una y otra vez, significa darle vida y hacerla grande y fuerte.

La mayor parte del tiempo lo pasamos protegiendo los pensamientos destructivos y repetitivos (es la repetición automática, consciente o inconsciente lo que los hace fuertes) y, sin embargo, dejamos que se pierdan en el olvido las mejores experiencias de nuestra vida, especialmente las internas, por considerarlas poco importantes o inexistentes, producto de la fantasía.
Craso error.
En lugar de eso, a partir de ahora, esfuérzate en hacer un registro de la nuevas experiencias de expansión de la conciencia e irás fortificando tu ciudad interior, de la alegría, acudiendo a ella una y otra vez.

martes, 13 de octubre de 2009

Igualarse con el loyong.









El loyong consiste en el adistramiento de la mente para convertir las dificultades en el camino espiritual.
Cualquier situación que surja en tu vida, por difícil o dolorosa que sea, puede ser transformada y convertida en motor de crecimiento personal, espiritual y expansión de la conciencia.

La primera meditación del loyong consiste en igualarse con los demás.
¿Igualar qué?, pregunta Rabjor, para responder: igualar el amor que siento por mí mismo con el amor que siento por los demás.
Por qué? Porque el amor obsesivo por uno mismo te conduce a la depresión, a la frustración, a la insatisfacción permanente: nunca tienes bastante. Con el yo por delante tienes garantizado el sufrimiento de por vida y las malas relaciones con tu entorno.

Sin embargo, cuando tu prioridad es la felicidad y la libertad de la otra persona, difícilmente tendrás problemas con ella. Por el contrario, su gratitud le hará interesarse por ti, aunque ése es un efecto secundario que tú no persigues ni necesitas para ser feliz.

Cómo meditar en igualarse?
Rabjor lo explicaba con sencillez ayer, en los inicios del curso sobre el loyong.
Con cualquier persona con la que te relaciones (en la familia, en el trabajo, en la calle) o con la que te cruces, piensa: así como yo quiero ser feliz y no sufrir, esta persona desea lo mismo; desde este punto de vista, somos exactamente iguales.
Con cualquier persona con la que te relaciones, especialmente en los conflictos, reconoce desde lo más profundo de tu corazón: esta persona tiene derecho a la libertad y a la felicidad. Y actúa en consecuencia, como si estuviera en tu mano aportarle, en la parte que te toque, un poquito de felicidad y de libertad. O, al menos, respeta su derecho.

Finalmente, aquí tienes una pequeña oración que, con la práctica, puede llenar tu mente-corazón de alegría, amor y, no lo dudes, sabiduría:


"Nadie desea el menor de los sufrimientos
y nadie se contenta
con la felicidad que posee,

entendiendo esto,
ruego tus bendiciones
para hacer felices
con alegría
a los demás".











Foto:
Gueshe Langri Tangpa (1054-1123 d. de C.) fue un bodhisatva kadampa famoso por su compasión y su realización completa del adiestramiento de la mente (Loyong). Compuso el texto Ocho estrofas del adiestramiento de la mente, del cual se puede encontrar un comentario en el libro Ocho pasos hacia la felicidad, de Gueshe Kelsang Gyatso, Ed. Tharpa.


domingo, 11 de octubre de 2009

Proteger la alegría.

A veces, haces lo que tienes que hacer, actúas conforme a tu disciplina moral, el modo de vida que quieres seguir, pones en práctica la consigna de cambiarte por los demás.
Es muy fácil, dice Geshe-la, sólo tienes que cambiar tu objeto de estimación: dejas de estimarte a ti misma sobre todos los demás para estimar a los demás.
Tanto tiempo persiguiendo la felicidad dándole de comer al ego para acabar comprendiendo que ése no es el camino. Así que cambias el camino y, sorpresa, resulta que ahí estaba la felicidad. El bienestar, la paz profunda. De repente es como si las energías se equilibraran y todo pasa a estar en orden y las fuerzas de la vida se ponen a tu favor. Un efecto secundario con el que no contabas, pero todo está en orden.

Eso ocurre a veces, y a veces no. A veces haces lo que debes guiada por el buen corazón y la vida no te premia. ¿Injusto? la ley del karma dice que no existe la injusticia, que todo tiene una causa y un efecto.
Tú haces lo que debes y cuando te crees grande la vida se pone en tu contra. Y es una lección de humildad. No eres tan grande. Y aún tienes tanto que purificar... Aún tienes tanto que aprender. ¿Acaso hacías lo que debes sólo por la recompensa? Practica paciencia y humildad. Y sigue tu camino.

Y a veces es mejor aún. A veces haces lo que debes y la vida no te premia y parece que nada funciona en tu mundo, pero a ti te da igual. Permaneces en la alegría, tanto como cuando las cosas parece que funcionan. Permaneces en la paz y en la estimación y en la alegría, da igual cómo la vida te responda.
Y cuando contemplas tu alegría abrazando las dificultades, o la fortuna, da igual, entonces tu alegría se hace gigante.
Y sospechas que ahora sí, empiezas a ser libre.

sábado, 10 de octubre de 2009

Abrir el foco y dejar que los cambios sucedan.


¿Conocéis la historia de Tara?


Avalokiteshvara, el buda de la compasión, está ocupado en su trabajo de liberar a los seres del sufrimiento -visualízalo como quieras: saca a los seres de los infiernos; purifica sus mentes y su mirada para que se den cuenta de que, en realidad, ya están en el paraíso y el sufrimiento no es más que una alucinación…
Pero por muchos millones de seres que salve, nuevos seres sufrientes aparecen.
En un momento dado, siente que es una misión imposible y desfallece y brotan las lágrimas de compasión y de impotencia.
Una de esas lágrimas cae sobre una flor de loto y de ella surge Tara, la madre de todos los budas: “No te preocupes –dice-. Yo te ayudaré. Lo conseguiremos”.

Cuando escuché la historia por primera vez, yo también me sentí conmovida –y es que la Gran Compasión siempre llama a la compasión, aunque sea en minúscula.

Tara (la Tara verde) es la buda que tiene una pierna en posición de meditación y la otra extendida, dispuesta a levantarse, dispuesta a la acción.
Tara es ese ser, esa situación, esa persona (quizás una misma) que aparece siempre que desfalleces y estás a punto de tirar la toalla -no puedo más, esto me desborda.
Entonces aparece Tara (quizás una misma, dentro de una misma), como el ave fénix, te tiende la mano para que te levantes, caída donde estás, y dice: lo conseguiremos.

Me gusta pensar que soy un instrumento de Tara cada vez que alguien que quiero (en realidad, cualquier persona) se siente sin fuerzas o sin salida.

No te preocupes demasiado si el dolor te lleva a las lágrimas, esa catarsis; en lugar de eso, entrégate y felicítate porque es el paso previo a la transformación, casi siempre. Si dejamos que nuestra naturaleza se transforme.

Claro que podemos. Claro que lo conseguirás, dice Tara. Puedes estar bien segura de eso. Porque tienes dentro todos los recursos que necesitas para ello. Y algunos más.

Pero hay que abrir el foco, porque a veces lo que creemos que necesitamos y por lo que luchamos tanto y sufrimos tanto no es lo que nos va a salvar.

Y hasta puede que sea el error de perspectiva que nos mantiene atrapados.

jueves, 8 de octubre de 2009

La meditación, la transformación.


El objetivo de la meditación es la transformación personal.
El yo que inicia la experiencia meditativa no es el mismo que la termina. La experiencia cambia el carácter mediante un proceso de sensibilización que nos hace más atentos a nuestros pensamientos, palabras y actos. Con ella, la arrogancia se evapora, los antagonismos se diluyen y la mente se torna calmada y quieta. La vida se asienta. Por eso la meditación hecha correctamente nos prepara para afrontar las subidas y bajadas de la vida, reduce la tensión, el temor y las preocupaciones. Se calma la agitación y la pasión se modera. Las cosas empiezan a situarse en el lugar que les corresponde y la vida flota en vez de hundirse. Todo esto sucede por medio de la comprensión y el discernimiento.

La meditación agudiza el poder de concentración y raciocinio. Paso a paso se hacen más claros los propios motivos y mecanismos subconscientes, la intuición se desarrolla, la precisión del pensamiento se afina y gradualmente se llega al conocimiento de las cosas tal y como son en realidad, sin prejuicios ni espejismos. ¿Y todo eso es razón suficiente para realizar el esfuerzo de meditar?
En realidad, todo lo anterior sólo son promesas escritas en un papel. Sólo hay una manera de saber si la meditación vale la pena: aprender a hacerla correctamente y practicarla. Verlo por uno mismo.

Henepola Gunaratana.