jueves, 27 de febrero de 2014

La hipnosis colectiva.






Gris y suave.
Las mensajeras de la primavera se adelantan para avisar de que ya está llegando.
Y ella ve la vida como un montaje virtual en el que cambian las luces, colores y formas del decorado,
o al menos eso parece, como bajo los efectos hipnóticos de un mago.
Cambian las luces, colores y formas (o eso parece) sobre una misma, única pantalla.
Parece que cambian las situaciones, los personajes, ella misma.
A veces enferman, sufren, desaparecen. Y a veces participan en fiestas multitudinarias, o personales. A veces viajan y miran, escuchan, huelen y saborean el mundo con sentidos nuevos, y creen que todo es nuevo, y lo celebran.





Comparten la experiencia humana como una hipnosis colectiva; como un viaje transoceánico en el mismo barco aunque con diferentes equipajes personales.
El equipaje es el que se ve, sí (maletas pequeñas o grandes, baúles de lujo o mochilas gastadas de enésima mano, camarotes privados confortables o hacinamiento en la borda), pero también hay una parte del equipaje que no se ve: la película virtual que cada uno lleva en su experiencia, la historia que se cuenta, cada cual el protagonista de su propia narración.




Los objetos como nudos de energía, como nubes de energía (cree que les llaman quarks en movimiento en el espacio), los perciben como objetos sólidos, de formas limitadas y perímetros recortados. Cuerpos fragmentados y separados. Incluso el propio cuerpo y el propio yo, como una pieza separada. Y así, sienten el frío o el calor, el dolor o la alegría, dependiendo de los aparentes cambios en el escenario y sus efectos en la pieza separada, en la construcción mental en la que designan "yo".
Esa hipnosis colectiva.




Y vuelve a buscar a Calderón de la Barca en su biblioteca de papel, o en la fuente mágica on line, y se disuelve una vez más en el soliloquio de Segismundo:


Es verdad. Pues reprimamos
esta fiera condición,
esta furia, esta ambición,
por si alguna vez soñamos:
Y sí haremos, pues estamos
en mundo tan singular,
que el vivir sólo es soñar;
y la experiencia me enseña
que el hombre que vive, sueña
lo que es, hasta despertar.
Sueña el rey que es rey, y vive
con este engaño mandando,
disponiendo y gobernando;
y este aplauso, que recibe
prestado, en el viento escribe,
y en cenizas le convierte
la muerte, ¡desdicha fuerte!
¿Que hay quien intente reinar,
viendo que ha de despertar
en el sueño de la muerte?
Sueña el rico en su riqueza,
que más cuidados le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende,
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.
Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.


domingo, 23 de febrero de 2014

Las guerras que se hacen en nombre de Dios son las más diabólicas.








Los perros no tienen dioses ni budas ni santas. Ni los gatos. Ni las gaviotas. Ni los caballos.
Ni los cerdos ni las gallinas ni las vacas ni las terneras ni los conejos.
(O quizás sí, si hemos de creer el mundo literario de David Safier, donde las vacas se encomiendan a la diosa Naia y los toros y los gatos a sus respectiv@s).
En cualquier caso, ella no tiene constancia de que los pollos o las cucarachas veneren a algún dios.
Los seres humanos sí. No todos, pero algunos han vivido o viven o vivirán bajo la protección de Atenea, Apolo, Yavhé, la Pachamama, Buda, la virgen María, Cristo, Alá...


Los crean (crean a los dioses) para su propia protección; cuando admiten que no pueden tener el control de lo que pasa fuera (las lluvias, sequías, hambrunas, etc.) y de lo que pasa dentro, se encomiendan a un dios todopoderoso y se ponen en sus manos.
Y por lo visto resulta un alivio.





En cierta ocasión, cuando estudiaba historia de las religiones, le contaron cómo las sociedades nómadas patriarcales miraban al cielo (a las estrellas, para ubicarse en el camino) y generaron un Dios único, masculino y todopoderoso, que habita en los cielos. Un Dios a imagen y semejanza de su creador. Las sociedades sedentarias que dependen de la productividad de la tierra tienden a venerar la fertilidad, las fuerzas femeninas, a la naturaleza. Y las sociedades cazadoras se inspiraban en los animales para crear a sus dioses (a menudo a través de imágenes en parte animales y en parte humanas). Nada es casual ni aleatorio, ninguna creencia, ninguna devoción.




Los seres humanos crean a sus dioses, los veneran, les hacen ofrendas (a veces, incluso sacrificios animales o humanos), se postran ante ellos y convierten la blasfemia (ofender a Dios, aunque sea en broma -y ella se preguntaba si era posible que Dios pudiera "ofenderse") en el peor de los pecados mortales. Ofender a un dios (o a un buda) puede conducirte al infierno o generar más karma negativo que acabar con la vida (o la libertad, o la dignidad) de innumerables seres sintientes.






Crean a sus dioses y tiene su función, a veces, y a veces sus problemas.

Los crean y creen tanto en lo que crean que hasta pueden matar por ellos, y les llaman "guerras santas".

Crean dioses que,
a menudo, separan a las personas.

Son muchas las religiones (incluida el budismo)
donde las personas pueden llegar a enfrentarse, insultarse, luchar, agredirse, perseguirse, invertir toneladas de energía negativa, sufrimiento, odio, resentimiento, culpa y condena, en defensa (u ofensa) de un dios u otro. De un ídolo u otro.



Incluso aquellas tradiciones que ven la vida como un sueño (la vacuidad de los objetos, de los sujetos, de las percepciones, de la mente, del cuerpo, del yo) demandan a menudo la veneración a sus construcciones divinas como si existieran "inherentemente"
y son capaces de movilizar
a millones de personas en pie de guerra, en el mundo entero, y las peores mentes (experiencias de odio, resentimiento, venganza)
en defensa (o en ofensa)
de imágenes de barro y humo.
En pro o en contra, da igual, pueden movilizar guerras, dramas y tragedias. Infiernos interiores y exteriores. Y mucho dolor.



Ella sentía la tristeza mientras contemplaba en las ventanas del facebook que se abrían en su casa (se abrían solas, como si el dios de FB supiera lo que tenía que aparecer en su vida), contemplaba las luchas de religiones, o las segregaciones sectarias en la misma religión, también en el budismo.
Entonces apareció en la ventana virtual la última actualización de Antoni Bolinches:
Las guerras que se hacen en nombre de Dios son las más diabólicas.




Y ella dibujó una sonrisa en su rostro.
Pero no un emoticono.
Ni un "me gusta".

Le gustaba mirar por la ventana sin intervenir, sin dejar constancia.

A veces divertida: Samsara me hace reír.
A veces triste:
Samsara me hace
...

sábado, 22 de febrero de 2014

La campana.







Suena la campana y ella recuerda que es, que está.
Levanta los ojos de lo que está haciendo y mira alrededor como si lo descubriera, con mirada de turista recién llegada. Como si despertara en una habitación nueva.
Suena la campana y, a veces, no levanta la cabeza, sólo cambia la mirada con que mira lo que hace.
Lo que hace (la acción), el objeto, la mirada y ella misma se conectan entonces como por un hilo de luz virtual que los fusiona.
Objetos (yo, tú), acciones (escribir, hacer la cama, lavar los platos, pedalear), sensaciones (mirar, escuchar, oler, contemplar) se disuelven en la fusión; cobran intensidad y protagonismo, y al mismo tiempo lo pierden.
Y todo eso ocurre en una fracción eterna de segundo, por el poder de la campana.




Su amiga le habló de una aplicación en el móvil, "mindfulness bell".
En qué consiste?
Suena el gong sutil de la campana en momentos imprecisos del día (durante la noche se silencia automáticamente). Casi imperceptible. Al principio ella no lo oía, hasta que su oído se acostumbró a identificar ese gong suave que reverbera en el aire durante unos segundos. Y ahora lo escucha aun cuando suene la música en la cafetería o los ruidos del tráfico o la bandada de gaviotas o el oleaje.
Y cada gong es como un toque suave con las yemas de los dedos en su corazón (o en el alma o en el Ser, ponle nombre).
Hola.
Estás aquí.
Recuerdas?
Estás.
Eres.



Le escribió un wassup a su amiga:
Precioso e inspirador el sonido de la campana.
Un valioso regalo cuando menos te lo esperas.
Gracias.



























viernes, 21 de febrero de 2014

Por qué corre usted de acá para allá como un espíritu asustado?





En verdad, es por la gracia de Dios
que el conocimiento de la Unidad surge dentro.
Entonces, la persona se libera por fin
de los grandes miedos de la vida y de la muerte.

Ni el nacimiento ni la muerte le conciernen a usted.
Usted nunca ha sido un cuerpo.

Usted es eso que está a la vez dentro y fuera,
usted es Shiva, usted es todo por todas partes.
Entonces, por qué está usted tan embaucado?
Por qué corre usted de acá para allá como un espíritu asustado?

(Versión española del Avadhut Gita, de Dattatreya. 
Por S. Abhayananda)


A los pocos minutos del entreno, sonrió.
Es agradable producir calor, dijo.
No siempre resultaba fácil salir de casa cuando ya había oscurecido en la calle, abandonar el calor del edredón donde leía o escribía o meditaba (si hay alguna diferencia) entre los cojines del futón.
Cambiarse de ropa, calzarse las bambas, enfundarse el anorak y los guantes y salir al frío exterior y pedalear.
Aún funcionaba en gran parte con el piloto automático (de la disciplina) cuando, en los vestuarios del gimnasio, se ponía el kimono y entraba en el dojo con los pies descalzos.
Hace frío, dijo una compañera de entreno.
Y ella la miró con esa mirada que siempre le dice: no provoques al maestro.
A los pocos minutos se dibujaría su primera sonrisa de satisfacción: qué agradable es generar calor interno!







No es que le gustara el frío, nunca lo había buscado. Pero aun así, quería retenerlo.
A veces oía expresiones del tipo "qué ganas tengo de que llegue el calor!". Y ella pensaba: qué manía con empujar el paso del tiempo.




Le gustaba eternizar el instante 
-de frío o de calor, esa experiencia de hipnosis era completamente irrelevante.
Retener el instante, inmortalizarlo. Ganar espacios de conciencia al piloto automático que aún hacía servir de vez en cuando.
De momento, contemplaba al piloto automático, cuando aparecía. 
Y contemplaba la sonrisa de satisfacción, tan placentera: qué agradable es generar calor interno!
Qué agradable es encender la hoguera interior, aunque a veces cueste hacer prender la chispa y extender el fuego.
Qué agradable entregarse al calor del hogar, cuando el hogar está dentro.



Y entonces volvía a aparecer, invariablemente, uno de sus mantras favoritos:

"Primero, el miedo a la muerte me condujo al dharma.
Luego me adiestré en el arte de la inmortalidad.
Finalmente descubrí que la muerte no existe
y me relajé".

(Camino gozoso de buena fortuna. Gueshe Kelsang Gyatso)




domingo, 16 de febrero de 2014

El espejismo.







Se ha metido un smartphone en
su vida. No ha sido premeditado, simplemente el viejo móvil se empezó a caer en pedazos, literalmente (la chapa de atrás no ajustaba, la batería se había inflado y la nueva se aflojaba, la conexión se interrumpía y había que reprogramar una y otra vez, las llamadas se cortaban). Y ya que había que sustituirlo por uno nuevo, pensó que iba siendo hora de dejarse llevar por esa corriente.
Luego notó cierta resistencia, como un fastidio cada vez que tenía que dedicar
unos minutos de su tiempo a conocer un poquito más esta pantalla misteriosa, bajar aplicaciones, etc. Siempre detectaba el fastidio, el malhumor, como una resistencia,
cada vez que tenía que prestar atención para conocer un poco mejor el nuevo juguete.




Bajó una aplicación de youtube y cuando fue a probarla le apareció un vídeo de Mooji. ¿Y esto qué es?, pensó. Por qué se cuela esto en mi casa si yo no lo he buscado?
No tenía ni idea de quién era ese peculiar personaje. Por lo visto google es a veces como la vida, que sabe más de ti que tú misma, que te pone delante cosas que no has buscado ni conoces. Y le oyó decir cosas como: Deja que la vida ocurra; no necesitas ser amad@; la dualidad no es un error; vive lo que aparece, disfrútalo, pero no quieras retener lo que es pasajero.




Y decía cosas así:
Puede que estés esperando una conmoción en tu vida, y a veces es así, como una conmoción, pero otras veces no. Es simplemente una manera de estar, una mirada, una experiencia serena de contemplación. Si estás buscando conmociones o grandes poderes mágicos (como el don de la ubicuidad, la telepatía o la adivinación del futuro;
la omnipotencia, la onmisciencia y la omnipresencia) estás perdiendo el tiempo porque todo eso es secundario, meras anécdotas. Incluso las grandes experiencias místicas de transcendencia probablemente pasarán.



Pero no vayas detrás de grandes conmociones. Míralo como lo que es, ese deseo: una tendencia más de tu ego, la adicción a la intensidad o la euforia o la ebriedad. Una tendencia más de tu ego que se ha colado en el camino espiritual.
No esperes grandes conmociones.
Si llegan, bienvenidas sean, pero no las busques porque, mientras tanto, puede ser que no puedas ver que ya estás ahí.


Le gustaban los mensajes sencillos. Los que no te venden nada. Ningún viaje a lugares sagrados; ningún dios o budas o rituales iniciáticos. Ninguna otra zanahoria detrás de la que correr. Ningún autobús al otro lado lleno de gente feliz -mientras que en tuyo sólo hay tristeza y drama y aburrimiento.



Allí, en esa pequeña pantalla como una ventana al mundo, Mooji evocaba una cita del Corán: el ser humano es como un espejismo en el desierto; cuando te acercas a él ves que no hay un ser humano y en lugar de eso te encuentras a Dios.
O algo así.











Así que su smartphone se había convertido en otra ventana a la tierra pura, otro
"libro de dharma".
Otra apariencia más, como el ser humano, como un espejismo en el desierto: cuando
te acercas a él, el smartphone desaparece y encuentras a Dios.

En realidad, pensó, el ser humano, el smartphone, la cafetería donde desayunaba cada mañana, el diario sobre la mesa, el agua fría del mar, todo es como un espejismo en el desierto: cuando te acercas a ello desaparece y en su lugar encuentras a Dios.





jueves, 13 de febrero de 2014

No puedes renunciar a lo que no te pertenece.





Le hablaron de la renuncia.
Ella recuerda el profundo gozo de la renuncia.
La libertad infinita.
No se trataba de "liberación" alguna sino la mera conciencia de que no hay nada a lo que encadenarse.
Y se estaba tan bien ahí.
El único problema era el "disgusto", a veces, al retornar; la pereza al afrontar los asuntos mundanos, las preocupaciones mundanas (las propias y las de los demás),
si "yo ya me he ido".
Por otra parte, el desinterés hacia los asuntos mundanos no era considerado como un problema (no para su familia espiritual) sino como una señal de sabiduría.




Ha pasado el tiempo y suena una canción como una puerta abierta al mundo de su infancia, y se conmueve. Las pisadas de las gaviotas en la arena, el piar de un pájaro solitario
al amanecer,
la gama de luces del crepúsculo...
Cómo puedes renunciar a todo eso que no te pertenece?


Pasado el tiempo, ya no se sienta de espaldas al mundo para meditar.
No se coloca de cara a la pared ni tampoco mirando a los budas.
Ha vuelto a los orígenes, cuando ni siquiera había oído la palabra "meditación"
y se sentaba a la orilla del mar, o en el parque, en la montaña, o de pie en el trayecto del metro, y la película de su vida se disolvía para ser el aire que respiraba o la ola que rompía en la arena, el viento en los árboles, la voz del viento en el espacio, la mirada de complicidad entre la madre y el hijo en el parque o en el metro.

Pasado el tiempo, siente que no necesita tapar sus ojos, sus oídos y su boca para "guardar las puertas de los sentidos". La confianza le permite abrir de par en par todas las puertas de los sentidos.
Cuando el amor te protege, ya no hay necesidad de guardar ninguna puerta para huir de apegos y aversiones.




Así que abre todas las puertas y lo que percibe aparece como un regalo inmenso de la vida para inflarle el corazón de dicha profunda, y ahí se queda, regalándose a los demás cuando ella se ha ido.
Sólo puedes llevarte la experiencia profunda de amor por los objetos (seres, escenarios, situaciones) que se cruzan en tu camino.
Cómo puedes renunciar a ello si nada te pertenece?
Y más aún: Por qué perdértelo?

La vida se despliega ante ti como una primavera llena de flores y frutos; como un otoño de hojas secas y viento; como un invierno de silencio, la lluvia en los cristales; como un verano borracho de abundancia.




Cómo renunciar, si nada te pertenece?
Y sin embargo, ese despliegue de abundancia, esa lluvia de regalos, la mirada de un gato, la caricia de un perro, el graznar de las gaviotas, el abrazo de un amigo. El alma en carne viva en una canción, en una película, en las pinturas de Peca.
En cada obra de arte, en cada expresión la voz de un ser que pide ser escuchado.
El ser que se manifiesta.
Cómo renunciar?
Por qué?
Para qué?



Sería como decirle que no al amor de una madre, al abrazo de una madre, a sus cuidados:
Gracias pero no.














Desengáñate: no hay nada a lo que renunciar porque nada te pertenece.
Pero no le digas que no a la vida porque es una batalla perdida.
Mientras estás viv@, la vida vence.
Quieras o no, vas a vivir.
Sólo está en nuestras manos el cómo.

Y ella decide no cerrar más sus ojos, no tapar sus oídos, no cerrar su boca ni cubrir su piel, porque sería como decirle que no a los regalos de su madre generosa.


lunes, 10 de febrero de 2014

Las trampas del camino espiritual.





Conversaciones de café.
(La vida es un libro de dharma.)



- Creían que el refugio podían tenerlo encerrado con llave en su Buda, su Dharma y su Sangha -le contaba la amiga, sobre su experiencia en un grupo espiritual-.
Como si el resto del mundo estuviera equivocado y condenado a innumerables vidas futuras de sufrimiento. Y repetían expresiones amenazadoras como "robar el Dharma" (como si el buda se fuera a pelear por los derechos de autor, cada vez que alguien fuera ayudado) y "contaminar el Dharma" (como si el mismo buda histórico no hubiera impartido 184.000 enseñanzas, a diferentes niveles, para poder ser útil en cualquier momento de la vida y estado de conciencia). Este tipo de faltas, o cualquier otra irreverencia
contra las 3 joyas, aunque fuera en broma, podía suponer eones de karma negativo, infinitas vidas futuras en los infiernos.

Había que generar la mente de bodichita y ayudar a todos los seres, pero no necesariamente a los que aparecían sino a la institución (la jerarquía piramidal) que era la que mejor sabía cómo administrar los recursos para ayudar a todos los seres (en forma de templos, altares de gran valor y budas cubiertos de polvo de oro, y ofrendas diarias). La gente es tacaña, decían, tienes que hacerles ver que las enseñanzas de Buda no tienen precio, y sin embargo prefieren gastar su dinero en asuntos mundanos, cuando un sólo euro gastado en el Dharma (sus tiendas, Festivales y cursos) generaba más karma positivo que dar de comer durante toda una vida a millones de personas con hambre en el mundo...




Y ella pensó que, después de todo, no había tantas diferencias entre algunas iglesias de Buda y otras iglesias de Cristo. Cuando el poder y la representación importan más que la práctica cotidiana de amor a cualquier objeto con el que te cruzas.
Y ella rezó, una vez más: que mi práctica del refugio no me sectarice.



Que no me aleje de los seres que me rodean.
Que no me impida ver el mundo con la mirada de amor indiscriminado.
Que ninguna religión, ningún camino espiritual, ninguna ideología, ninguna filosofía
me aleje
de los seres que me rodean.

Que lo sublime
no me aleje nunca de lo concreto.










“He sido monje budista durante 65 años, y lo que he descubierto es que no hay ninguna religión, ninguna filosofía, ninguna ideología superior a la fraternidad. 
Ni siquiera el budismo.” 
Thich Nhat Hanh.


miércoles, 5 de febrero de 2014

La vida es un libro de dharma.







Dejó su mesa en la cafetería porque l@s client@s se agolpaban en la caja, a la entrada, y el resto de las mesas estaban ocupadas. Cuando llegó a la puerta vio que llovía, por eso se había quedado la terraza vacía. Se colocó sobre la cabeza la capucha del anorak y se dirigió a la sala de lectura del club deportivo, donde podría seguir trabajando en su artículo, y leer los diarios, si quisiera. No sería lo mismo que con la música sugerente de la cafetería pero no estaba mal.
Mientras caminaba los pocos metros que la separaban del club náutico, miraba el mar. Largas olas de espuma como franjas blancas en paralelo avanzando hasta la orilla. La chica del pelo largo y cuerpo de neopreno negro sobre la tabla, cabalgando las olas como si fueran parte de su propio cuerpo. Ella cambió su trayectoria y se dirigió a la orilla y se sentó a contemplar el paisaje de mar y nubes. Entonces surgió el sol entre los claros. Y paró de llover. Y aparecieron planeando las gaviotas.





Hubo un tiempo en que solía ir a rezar a la iglesia. Hubo un tiempo, después, en que acudía a meditar al templo. Y escuchaba con reverencia a sus maestr@s, como emanaciones de budas. Luego empezó a hacer su gompa de este espacio de mar y arena, sin proponérselo. De repente, comprendió que su templo se había abierto. Y se había metido en su propia casa, en su santuario privado de meditación, en las calles, sobre la bicicleta, en el metro, en los vestuarios del gimnasio, en el mercado. Allí, en todos esos lugares que aparecían en su camino, estaba la gompa de meditación y allí estaba el altar, todos los decorados llenos de budas (si insistes en llamarlo así). Y a ellos hacía sus ofrendas. Materiales e inmateriales. Hacía tiempo que había descubierto que la mejor ofrenda era su práctica (si insistes en llamarlo así). Que la mejor ofrenda era su vida misma.




Y las enseñanzas las escuchaba de boca de las personas con las que se cruzaba,
a veces del viento en las hojas, o en las olas del mar, en la mirada de un perro, en la quietud de un gato, en la contemplación de un pájaro, en las huellas de las gaviotas en la arena, en las situaciones mismas, las que fueran, en los decorados.

Su maestro le había dicho mucho tiempo atrás: no pongo en duda tu entusiasmo, ni tu fe, pero no tienes un guía espiritual.
Y ella le creía tanto, a su maestro, que le creyó entonces también.
Luego entendió que él no veía al guía espiritual que veía ella. Ni el dharma donde lo veía ella.



La serenidad.






Sol. Viento. Ligero oleaje. Ruidos de taladros en obras cercanas. Un gorrión se acerca a su mesa. Se detiene a sus pies y se queda inmóvil, como en contemplación.

Ella le mira y recuerda la historia de aquel rey que convoca a todos los pintores del reino para que plasmen en el lienzo la imagen que mejor exprese la serenidad. Le llegan a palacio centenares de paisajes inspiradores de montañas y arroyos y atardeceres y amaneceres en calma, pero en ninguna de ellas encuentra lo que él busca, aun sin saber exactamente lo que es. Hasta que encuentra, entre el montón de pinturas descartadas, en un rincón,
el esbozo de una tempestad de océano y viento amenazador en la costa. Entre las ramas de un árbol azotado por el viento, un pequeño nido en el que una mamá pájaro da de comer con el pico a su cría. Éste es el cuadro que estaba buscando, dice.
Sus consejeros no entienden que elija esa imagen oscura de agitación entre todas las magníficas obras de paisajes apacibles y suaves o vivos colores.
En todas esas hermosas imágenes resulta muy fácil encontrar la serenidad -dice el rey-, pero la auténtica y profunda serenidad está en este nido, en estos pájaros: la serenidad, los cuidados, el "haz lo que debas" en medio de la tormenta.
Éste es el cuadro que buscaba.




martes, 4 de febrero de 2014

Un día gris.





Cuando abrió los ojos, aún en la penumbra de la persiana bajada, supo que llovía,
a pesar de que el
tic-tic procedía del reloj y no del exterior. Escuchó el silencio durante unos minutos, largos, antes de levantarse. El viejo ritual de "esto sigue aquí"; esta habitación, esta casa, este cuerpo.
Esos minutos para calibrar los cambios imperceptibles, para contemplar la vida
y la muerte de cada instante. Y el "todo está aquí", también el instante en que abre
los ojos y el cuerpo es otro, lento y entumecido, dolorido, los efectos de la entropía.
Todo está aquí: la arrogancia de la juventud (la seguridad, las convicciones, las exigencias, el control), la aceptación de la madurez, la entrega de la vejez, el éxtasis de la (aparente) muerte. Y la heroica aventura de nacer. Y la heroicidad de dar a luz una vez más, otra vez más.
Así de lento era su despertar cada mañana, sin prisas. Contemplativo. Como una espectadora en la sala de proyecciones.





El día era gris y húmedo después de la lluvia. El suelo mojado, los coches mojados, los árboles mojados, el aire mojado. Aun así, las personas, como los caracoles, salían a contemplar el escenario. Cuánta afición deportiva hay en esta ciudad, pensó, más conforme se acercaba al mar. Una chica que corre, un hombre en bicicleta pedalea junto al perro que corre a su lado, jóvenes haciendo piruetas en monopatín, familias de paseo con niñas en patinete. El triunfo de las ruedas. Paseantes por el paseo marítimo, amigas que comparten confidencias. Una anciana en silla de ruedas, empujada por su hija, rescatada por unos momentos de la residencia, y del destino cercano. Desayunos en las mesas de las terrazas de la playa. Incluso los pájaros salen y vuelan y pían más de lo habitual.
Es un día gris, frío, apacible.
Los seres abren pecho y siguen haciendo su vida, no importa que alguien o algo (el autor anónimo) les pinte la página de gris o colores, frío o calor.




No importa el día gris y frío, la música es festiva en el interior de la cafetería, orquestas cubanas, trompetas, percusiones y piano evocan bailes incansables. No importa el color del día, la alegría sigue triunfando. La vocación humana de amar, la supervivencia.




La cafetería se vacía por un momento y una de las camareras se pone su chaqueta y sale al exterior, se sienta en una de las mesas de la terraza y saca un cigarrillo.
No importa el color o la temperatura, la vocación humana de disfrutar, mimarse, cuidarse.













Le costó abandonar el interior de la cafetería llena de historias humanas que entran y salen, la música inspiradora, llena de historias evocadoras, para salir al silencio apacible del día gris, las palmeras en reposo, las olas sin espuma, reducida su voz a un susurro leve.




sábado, 1 de febrero de 2014

Esto no es normal.





La última fase de
la meditación es
el momento de compartir.
Después de la meditación guiada
y la meditación caminando y la meditación en silencio, es el momento de compartir con la sangha, si quieres, la experiencia de tu práctica.

Ella dio las gracias a la facilitadora por la meditación que había dirigido al empezar la sesión.
Contemplar los elementos que la conforman (la tierra, el agua, el fuego, el aire, el espacio, la conciencia) la había hermanado con todos los demás objetos de este mundo: las montañas, el mar, los árboles, los edificios, las calles, las personas... Todos estamos hechos de lo mismo, los mismos materiales. Formamos parte de la misma entidad. Diferentes versiones de lo mismo.





Eso por una parte: la experiencia de la hermandad con el universo, superada la mirada antropocéntrica -dijo.


Por otra parte, meditar en los elementos de mi cuerpo ha sido como una experiencia de deconstrución de este cuerpo.
A veces, en meditación, cierro los ojos y este cuerpo deja de ser sólido para ser percibido como una nube de energía en proceso de disolución.
Y esta meditación ha sido otra vez la reconfortante experiencia de este cuerpo como un nudo de energía en proceso de disolución...


Su amiga, que había asistido a la práctica por primera vez, también quiso compartir:
He llegado tarde y no sé lo que me he perdido -dijo-. Aun así, la meditación ha sido una experiencia relajante, pero esto que cuenta M...
Ella, que miraba a su amiga con atención (escucha amorosa) se había empezado a reír en silencio, una risa tímida de complicidad.
Esto que cuenta M. es que no es normal -concluyó la amiga.

M. seguía sonriendo como un abrazo de empatía. No dijo más, llevó las manos juntas a la altura del pecho (como tod@s l@s demás) y le dio las gracias por compartir.