
La vacuidad probablemente aparecerá sencilla y clara cuando la percibas
de manera directa.
Mientras tanto, a algún nivel (al tuyo),
también puedes percibirla de una manera sencilla y clara. A tu nivel.
Pero, como no puede ser de otra manera, en el proceso
vas descubriendo nuevas caras del poliedro,
nuevos enfoques, nuevas miradas de lo mismo
que te ayudan a integrar más y mejor.
Por ejemplo, los ocho extremos.
Pongamos, el extremo de la cesación
o el extremo de los fenómenos impermanentes.
Y descubres el sinsentido de aferrarte a los duelos, a las pérdidas
de apariencias que no han existido (tal y como las concebías) nunca.
Ni su existencia previa
ni su cesación.
Por qué aferrarse, entonces? Por qué sufrir?
El extremo de los fenómenos impermanentes.
Los fenómenos, las personas, las cosas, las situaciones
son impermanentes en sí mismas.
Cada instante cesan y vuelven a aparecer,
diferentes.
Para que todo cambie (como lo vemos en las fotos, en la historia)
necesita desaparecer, cesar a cada instante
para dar lugar a algo nuevo.
Una transformación sutil, imperceptible, pero constante.
Es pura lógica matemática.
Así que no tiene sentido aferrarse a nada, porque todo a lo que te aferras ahora ya no existe
el instante posterior,
es decir: ahora.
No hay nada a qué apegarse porque ya no existe
eso a lo que te apegabas ayer, hace cinco minutos,
cinco segundos. Una milésima de segundo.
Así que observas las apariencias impermanentes, en continuo cambio.
¿Y qué?, preguntas.
Aún sabiendo que son meras apariencias, puedes apegarte a las apariencias;
de otra manera que cuando las consideras "reales",
pero aún te apegas.
Aún existe el apego.
Y sin embargo no.
El apego también cesa
a cada instante.
No te aferres a los objetos, no te aferres a los sentimientos,
a los pensamientos
o a las sensaciones.

Porque el apego mismo (como el enfado, el resentimiento o cualquier otro estado mental)
es igualmente impermanente.
Las formas (que percibimos a través de los sentidos),
las mentes,
las personas y los potenciales kármicos:
impermanentes.
Lo cual significa, en la práctica, que el apego, como cualquier otra perturbación mental,
como cualquier otra apariencia,
cesa en cada instante.
Cesa en cada instante
para volver a aparecer
algo nuevo.
Los sentimientos,
como los objetos, las personas, las situaciones,
también cesan
a cada instante.
Y cada instante nace una nueva oportunidad.
El problema es que si te aferras al apego (si te lo crees, si te crees condenad@ a su yugo)
el algo nuevo que aparece es
más apego.
(O en el caso del enfado, más enfado; o en el resentimiento, más resentimiento...
cronificando el engaño, el dolor).
Pero ahora que lo sabes,
sabes que eres libre
de decidir
si cada instante
eliges más apego
o más enfado
o más resentimiento...
O eliges la libertad.
Porque cada instante cesa
la apariencia externa
pero también la apariencia interna,
tu estado mental.
Y sabiéndolo, puedes elegir deshacer el encantamiento que te condenaba al apego,
o al enfado,
o al rencor,
o a la envidia,
o a lo que sea.

Sabiéndolo, puedes elegir
la liberación.