
Hace tiempo,
en una entrevista,
le pregunté a
un psicólogo:
Por qué da tanto miedo amar?
La respuesta era obvia:
si da miedo, lo que da miedo es el dolor,
no el amor.
Y cuando duele, no duele por amor.
Duele por miedo.
(Lo que duele siempre es el egoísmo).
Luego le pregunté:
Por qué da tanto miedo que nos amen?
La respuesta era obvia también:
lo que da miedo es sufrir.
A veces, lo que da miedo
es que lo que hay detrás de la máscara de amor del otro
no lo sea;
da miedo la manipulación, el control, la coacción...
Y da miedo hacer sufrir.
No eres tú, soy yo...
lo que da miedo,
lo que hace sufrir
es que el amor del otro
(pongamos que es amor de verdad, sincero, abierto)
deje en evidencia
la incapacidad propia de amar,
la incapacidad propia para la alegría
y el disfrute.
Silvio Rodríguez tiene una preciosa canción, "Te molesta mi amor"
por los que cuesta tanto amar (da tanto miedo)
y molesta tanto, a veces, que te amen.
Uno de los psicólogos consultados fue muy contundente:
"Si te molesta que te amen es que eres idiota".
Pero en cierta ocasión hubo alguien que le dio un minuto al pensamiento
antes de contestar:
A veces es difícil soportar que alguien pueda amarte
como tú nunca serás capaz de amar.

Para empezar, soltar
todos los miedos
egoístas
y simplemente
contemplar.
Como si no fuera contigo.
Contemplar el amor siempre es inspirador.
No sobra tanto amor en la vida como para perderlo
cuando aparece.
Contemplarlo no significa necesariamente corresponderlo.
Ni siquiera significa aceptarlo
(como cuando tu madre, o alguien, te quiere ayudar y tú declinas su ayuda -puedo hacerlo sol@-
pero igual reconoces su amor).
Contemplarlo significa, simplemente, reconocerlo,
visibilizarlo
(que es lo contrario de ignorarlo,
negarlo,
malinterpretarlo,
manipularlo,
pisotearlo,
etc.)
En budismo le llamamos "regocijarnos".
Te regocijas de la capacidad de amar de la otra persona,
te alegras por ella,
te inspiras en ella.
Y, si es posible, dejas que te contagie.
No necesariamente para devolverle su amor a ella
(y es que, cuando se trata de amor, no hay nada que devolver)
sino, simplemente, para
generar
el amor.
Para proyectarlo
en todas las direcciones.
(Y "todas las direcciones" incluye
cuidar
a la persona que te ama).

Contemplar el amor.
Hay personas que parecen dominar la especialidad de enfadarse con la gente que les ama.
Yo recuerdo muchos amores a lo largo de mi vida.
Los míos propios
y los que contemplé
-dirigidos a mí o a cualquiera, eso es lo de menos.
El amor en sí
y los que contemplé
-dirigidos a mí o a cualquiera, eso es lo de menos.
El amor en sí
es la contemplación
inspiradora.
Tengo que decirlo:
algunos de mis mejores maestros
y maestras,
aquéllos que nunca olvidaré,
son esos seres
(personas y, a veces, animales, también animales)
que he contemplado
amar,
amando,
abandonadas todas las armas,
abandonadas las defensas,
las caras del ego,
el ego mismo.
A veces he visto a la persona misma diluirse
bajo los efectos del amor,
convertirse
en una emanación
del amor.
Da igual que yo no pudiera corresponderle en ese momento.
Con el tiempo, esa persona podrá olvidarme, porque yo no fui nada especial
(yo no fui ninguna emanación
del amor
ni de nada
sagrado).
Pero yo no.
Una vez que ha aparecido ante ti,
ya nunca podrás olvidar
el rostro,
la luz,
la fuerza,
las bendiciones
que ese amor de "alguien"
ha dejado en tu vida
ya para siempre.
Aprender a dejar dar.
Yo creo que nos haría mucho bien aprender a amar
y soltar.
Y también
aprender a dejar que nos amen
y soltar.
Aprender a recibir.
Aprender a dar
y aprender a dejar dar.
Y regocijarnos contemplando el amor.
Deleitarnos.
Y dejar que
nos contagie
-cuando
nos sentimos
como un grifo
seco
o como
una tierra estéril.
Abrirse
a su proyección.
Y, una vez llenos,
dejar
que se proyecte
en todas las direcciones.
inspiradora.
Tengo que decirlo:
algunos de mis mejores maestros
y maestras,
aquéllos que nunca olvidaré,
son esos seres
(personas y, a veces, animales, también animales)
que he contemplado
amar,
amando,
abandonadas todas las armas,
abandonadas las defensas,
las caras del ego,
el ego mismo.
A veces he visto a la persona misma diluirse
bajo los efectos del amor,
convertirse
en una emanación
del amor.
Da igual que yo no pudiera corresponderle en ese momento.
Con el tiempo, esa persona podrá olvidarme, porque yo no fui nada especial
(yo no fui ninguna emanación
del amor
ni de nada
sagrado).
Pero yo no.
Una vez que ha aparecido ante ti,
ya nunca podrás olvidar
el rostro,
la luz,
la fuerza,
las bendiciones
que ese amor de "alguien"
ha dejado en tu vida
ya para siempre.
Aprender a dejar dar.
Yo creo que nos haría mucho bien aprender a amar
y soltar.
Y también
aprender a dejar que nos amen
y soltar.
Aprender a recibir.
Aprender a dar
y aprender a dejar dar.
Y regocijarnos contemplando el amor.
Deleitarnos.

nos contagie
-cuando
nos sentimos
como un grifo
seco
o como
una tierra estéril.
Abrirse
a su proyección.
Y, una vez llenos,
dejar
que se proyecte
en todas las direcciones.