domingo, 4 de noviembre de 2018

Vivir como una contemplación.







Domingo.
Las 11.
Día gris y silencio.
Aroma de invierno,
o de otoño, aún sin el frío en el cuerpo, como un sueño perfecto.

Silencio y quietud
y soledad de reclusión, en casa
y, si miras por las ventanas, en las calles
y hasta en los patios interiores.
Desierto.

Saldrá a coger la bicicleta y la acogerá una explosión de personas sin miedo por las calles,
en el puerto, en las ramblas, el barrio costero inundado de terrazas, la playa.
En el gimnasio, las máquinas ocupadas de gente, las pesas,
las piscinas exteriores, y las interiores.
El mundo sigue ahí, abierto a las personas sin miedo,
con energía, curiosidad y ganas de vivir.

Ella no diría que no tiene ganas de vivir, pero es otra vida.
Más contemplativa, quizás,
con la única banda sonora del tictac del reloj
y el prometedor graznido de alguna gaviota de paso.

Aun así, se pegará un empujón fuera de casa,
a coger la bicicleta,
al baño en el mar frío de invierno, de otoño,
cuando le empieza a doler el cuerpo de inmóvil contemplación en la orilla.
Como si viviera a empujones.

Se va con la alegría del regreso a casa, a su terrado,
a la contemplación en el terrado.
A su copa de cerveza quizás, amplificando
la contemplación en el terrado.
A contemplar el sueño como un mar en calma.
En calma.






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