miércoles, 12 de octubre de 2016

Plan para hoy: Dejar que las cosas fluyan.





El otoño ha vuelto a casa. Gris, silencioso.
Tictac en la estancia, y el grifo que abre la vecina y lo vuelve a cerrar.
Después de la explosión del verano, luminosa, intensa, creativa, llena de energía como un motor imparable, llega el otoño como una suave caricia gris. Como una siesta reparadora.

A veces no sabe si habla del tiempo o de ella misma.
De este instante, aquí y ahora, en su propia vivencia.
Quizás no hay separación.

Y vuelve a recordar la lectura de anoche, cuando decidió cerrar el libro como el sonido de la campana que anuncia el silencio para integrar lo escuchado.
Y dejó espacio al sueño.
El sueño de las dos verdades.

La mente clara y apacible, vacía y llena a la vez, donde se manifiestan todas las apariencias y experiencias.
Y las manifestaciones mismas.

Dónde poner el foco de su atención?

En ambas.

Y en lo que respecta a las manifestaciones, dónde poner el foco de su atención?
¿En el dolor, el miedo, la amenaza, la segregación, las heridas y resentimientos?
¿O bien en el fluir mismo de las cosas, sin juicio; si acaso, con admiración y sorpresa, dejándose fascinar?
¿En ambas, también?
¿En la contemplación misma?





Cada instante nace una nueva oportunidad para elegir cómo vives,
o qué vida vives,
quién eres
y quién dejas de ser.
O si lo eres todo, sin juicio.





Es otoño, gris y silencio, tictac y voces lejanas de obreros, lejanas.
Y ella ya no se pide a sí misma ni siquiera amar más, o mejor.
Por un instante, no siente nostalgia de la abundancia y la celebración
(el amor que llena tu vida de fiesta).
Se le acabaron los limones y esta mañana bebe un poco de pasta de miso disuelta en el agua caliente.
En la taza que le regalaron hay una caligrafía:
"Plan para hoy: Dejar que las cosas fluyan".




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