miércoles, 5 de octubre de 2016

Los tres aprendizajes: Humildad, amor y soltar el yo.






Una de las monjas que paseaban por el camino, entre espárragos, cerezos y ciruelos, dijo:
Yo creo que el propósito de esta experiencia humana es aprender humildad.

La más bajita dejó escapar una expresión de ligero desacuerdo.
Ésa es sin duda una enseñanza importante, comentó. Pero, aunque a veces no resulte demasiado fácil realizarla, quizás es algo básica. Porque, en definitiva, todo el mundo sufre y en un momento u otro necesita de los demás, y ahí es donde se integra la humildad de una forma automática, inevitable.
A mi parecer, añadió, lo realmente significativo y definitivo es aprender a amar.
Porque es la conexión que de verdad nos protege del sufrimiento, de la soledad y de todos los miedos.

La tercera monja hizo un gesto de aprobación.
Sin embargo, dijo, tras realizar la humildad y el amor, yo sospecho que el significado último de esta oportunidad humana reside en la disolución del ego, la desaparición; la realización, de una manera definitiva, de la vacuidad del yo y de todos los fenómenos.

Ya, pero eso es muy difícil, coincidieron las otras dos.

Pero sólo porque nos parece tan difícil, dijo la tercera.
Y las tres rieron.




Si creo firmemente en ello, tal como lo creo (que el yo, en última instancia, es sólo una construcción mental que funciona en relación proporcional a la energía que pongo en su construcción), puedo dedicar el resto de mi vida a deconstruir el yo que tanto me separa, me segrega y me hace sufrir.

Como quien deshoja una flor o desviste un muñeco de lego, capa tras capa, adornos, accesorios, piezas. Ilusión tras ilusión.

No creo que haya otro viaje más revelador, otra aventura más apasionante y útil.
Otro sentido más profundo, quizás definitivo, al que dedicar
la oportunidad de esta experiencia humana.





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