sábado, 22 de octubre de 2016

El hogar.








Vajrayoguini caminando por la montaña.
Silencio.
Suena un wsp en el móvil (de requerimiento) y responde:
No puedo ir. Estoy reunida.
Y es verdad.
Reunida con los árboles, las hojas, el viento,
las campanas de alguna iglesia lejana,
las nubes grises, los claros,
los insectos a su paso, el canto de los pájaros.
Está reunida y no puede asistir a aquella otra llamada.

Vajrayoguini de paso por los 8 cementerios.
Todo es un cementerio de muerte, y de vida.
Las hojas secas en la tierra son a la vez el abono que nutre lo que ya está naciendo;
las mariposas de colores brillantes que sobrevuelan la hierba y las setas perecederas
son el mismo gusano que entraba en el sueño eterno.
Ella no tiene que buscar los cementerios para meditar en la muerte, el estado intermedio y el renacer;
el bosque es un auténtico cementerio y un vientre preñado de vida a la vez.





Vajrayoguini en su reino.
Dama conquistadora de la muerte, y de la vida,
del samsara y del nirvana,
de la risa y el llanto,
la dicha y el dolor,
la inhalación y la exhalación,
la plenitud y la carencia.

Vajrayoguini, emperadora de todos los reinos humanos y no humanos,
de la forma y sin forma.

Hestia en la casa o Vajrayoguini en los bosques y cementerios (el mismo hogar).
La misma cosa.
La misma.




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