domingo, 14 de junio de 2026

La práctica de comer.

 


Quedar para comer no es un acto social, sin más.
Es un encuentro, un compartir, una comunión, una celebración de acción de gracias.
Como una eucaristía.
No siempre lo vas a vivir en su plenitud, probablemente,
oscilan los niveles de conciencia y presencia,
según las condiciones del momento (mayormente internas y personales).
Pero es importante no olvidar que un encuentro para comer puede ser todo eso.

Previamente, en casa, cada persona prepara el plato que quiere aportar,
hace las compras y lo cocina con amor.
Mucha gente comenta que cocinar es un acto de amor. Lo es.
Cuando llegamos al lugar de encuentro (la casa de alguien del grupo, que la ofrece también con amor),
continúan los preliminares.
Todo el mundo colabora preparando la mesa, como una ofrenda.
Con orden y limpieza creamos un hermoso cuadro, como un mandala de arena
que unos minutos más tarde desaparecerá.
En los preliminares, mientras preparamos la mesa, como un altar,
nadie mete la mano en los platos ("Voy a probar las croquetas",
"Qué ricas las aceitunas!", "Qué hambre tengo!".
No abrimos la puerta a la avidez ni a los apegos,
ni al egoísmo del "yo primero".
Disfrutamos de los preliminares, los preparativos, la creación.

Cuando todo está preparado y todo el mundo se ha sentado (incluida la persona anfitriona),
quizás alguien lea las cinco contemplaciones de Thich Nhat Hanh, como un recordatorio.
"(1) Esta comida es un regalo del universo entero:
de la tierra, del cielo, de numerosos seres vivientes
y del trabajo arduo y amoroso de muchas personas.
(2) Comamos con gratitud y plena consciencia para ser dignas de recibirla.
(3) Reconozcamos y transformemos nuestras formaciones mentales insanas,
especialmente la avidez,
y aprendamos a comer con moderación.
(4) Mantengamos viva nuestra compasión,
de forma que reduzcamos el sufrimiento de los seres vivos,
dejemos de contribuir al cambio climático
y ayudemos a curar y preservar nuestro precioso planeta.
(5) Aceptamos este alimento con el fin de nutrir nuestra hermandad,
construir nuestra comunidad
y alimentar nuestro ideal de servir a todos los seres."
Seguidamente brindamos, "Salud!".
Y a celebrar.

Si no cuentas con ningún texto o frase inspiradora,
puedes pasar directamente al brindis de celebración,
con tus mejores deseos y presencia.
Pero concretar ayuda.

Durante la comida, intentamos mantener conversaciones nutrientes,
que eviten las confrontaciones y disputas.
No queremos digerir malos rollos.
Porque con el bocado que te llevas a la boca,
también te alimentas de las emociones latentes.
Intentamos estar presentes, celebrar,
saber de las personas con las que nos encontramos;
hablar con palabras amorosas, desde el corazón
(sin ideologías, políticas, religiosas o de cualquier otro tipo,
que nos puedan alterar o separar),
y en una respetuosa escucha profunda.
No interrumpimos ni queremos tener más razón.
Queremos aprovechar la ocasión del encuentro para estrechar vínculos,
para estrechar y profundizar el amor.
Dentro de un rato, una hora, dos o las que sean, nos vamos a separar
y queremos disfrutar el tiempo al máximo
y cuidar la estela que nos dejará en el recuerdo.


Se dice que cocinar es un acto de amor, y lo es.
Pero comer también es un acto de amor, una experiencia física, un intercambio.
El planeta en tu plato, así como la energía de las comensales,
se disuelven en ti y tú te disuelves en ella.
Eso en cuanto a las comidas en grupo,
que pueden ser mucho más que un mero acto social.
En solitario es aún más fácil
(quizás con menos riesgo de confrontación y conflictos,
si no aparecen pensamientos saboteadores).
A solas puede ser un acto de amor con Dios, 
manifestado en el plato y la copa (esa eucaristía).
En grupo es un acto de amor con Dios manifestado en el plato y la copa
y los seres que te acompañan.

Quedar para comer puede ser mucho más que un simple encuentro social,
es un acto de amor sagrado.




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