Como la luna. También la luna.
Ahora decreciente, día a día, noche tras noche, más cerca del final,
cuando parece que desaparece.
Parece que no está.
Y entonces ahí está, como un hilo fino, creciente.
Día a día, noche a noche, más cerca de la plenitud.
Y luego decreciente.
Cambian las condiciones, crece o decrece,
parece que está y parece que no está.
Pero la luna es la misma, siempre está ahí.
Visible o invisible para mis ojos, creciente o decreciente.
Igual la vida. Y la muerte.
Y todos los fenómenos, los seres, las situaciones, las vivencias.
Como un juego de magia. Jugando al escondite.
A veces el asombro.
Y a veces el cansancio, la llamada de la disolución.
Y a veces el asombro
en la disolución misma.


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