El día es largo y vacío, tan lleno como en un retiro.
Qué hacía ella en esos retiros de semanas enteras en soledad?
El día por delante, abierto, lleno de posibilidades.
"Vacío" siempre significó "tan lleno".
Algún libro para leer, como una guía.
La libreta para escribir.
Los ojos para contemplar. Los oídos para escuchar la voz de la vida.
La piel para sentir el aire y el sol, o la luna, el abrazo.
El olfato para respirar el cosmos y sus manifestaciones:
el tomillo, el romero, los átomos de cuerpos distantes,
la primavera quizás, los efluvios de la tierra.
El paladar para degustar las ofrendas en la mesa, o en el camino,
cuando el amigo recogía los madroños maduros en los árboles
y se los obsequiaba en la palma de la mano.
Imagina que de repente la programación del día en la agenda echa a volar como fuegos artificiales,
los eventos previstos se desconvocan y tú decides no dar forma a un plan B,
desplegado el variado abanico de posibilidades.
Dices "aquí me quedo".
A navegar el no-hacer, quizás el aburrimiento, el día, tan largo, cuando nada lo ocupa.
Como en un retiro.
Simplemente vivir, presente.
Consciente, de la respiración, ese intercambio con el cosmos;
consciente de este cuerpo en vías de reparación, sin interferencias,
y de este cuerpo más grande, el aire en las hojas de las plantas en los terrados,
el planear de las gaviotas, las tórtolas en el balcón.
La voz del viento suave se une a los trabajos mundanos,
el motor del mundo, imparable.
Lo que tú llamas aburrimiento para mí es un cofre lleno de tesoros.
Cada evocación del aburrimiento, cada aproximación,
anuncia un parto nuevo.
En el espacio azul ya comienza a dibujarse la primera línea de luna creciente.
La luna creciente.


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