jueves, 16 de junio de 2022

El amor no dual.

 


El aire suave y fresco en la piel,
la brisa de la montaña como una caricia,
como un abrazo.
Parece que los árboles están allá a lo lejos
pero su caricia está aquí mismo.
No hay un "aquí" ni un "allí" para su experiencia del árbol.

El baño en el mar es un abrazo de despertar,
a veces incómodo en el encuentro
o antes del encuentro,
la entrega durante,
la resurrección después.
Naciste nueva,
inundada de alegría y fortaleza,
llena de energía.

El abrazo envolvente de la piscina cálida,
como volar en un mundo sin gravedad,
la danza sin cuerpo,
como agua vertida en agua.
Desplazarse en el cosmos, como agua fundida en agua.


El amigo dijo:
Para aprender a amar necesitas una pareja.
Y a ella le recordó a la hermana Estrella,
aquella monja de clausura, tan enamorada de Jesús,
la alegría emergiendo en la luz de su sonrisa y su mirada:
Necesitas a Jesús (le dijo), 
sólo te puedes enamorar de un hombre.
Cómo te vas a enamorar de un árbol, de una mosca?

Desde la mirada dual necesitas una forma para amar.
Y no cualquier forma:
una forma humana, si es posible,
o algo que se le acerque.
Un animal de compañía, una planta.
Pero no cualquier animal o planta.
Tu animal de compañía, 
tu planta.



La amiga dijo:
El amor por mi hijo es lo que más se acerca a la experiencia de amor puro.
Ella pensó:
¿El amor por el hijo o el amor por el "mi"?
¿El hijo de la vecina o de cualquier madre
es lo que despierta mi amor puro
o es el "mi" lo que pone en movimiento
esa emoción?
Y si es el "mi" (mi hijo, mi gata, mi planta),
¿puedo reconocer ahí el amor puro
o hay otras cosas?

Su hija le dijo una vez:
Recuerdo que cuando era pequeña me ponías lo mejor en el plato.
Y ella sintió tanta vergüenza.
No lo hagas tú nunca, por favor, no copies eso,
sé más ecuánime.
Ella no veía ahí ningún gesto de amor
solo de apego por lo "mío".

Años más tarde, llegaron a casa aquellas dos estudiantes extranjeras,
con ciertas necesidades.
Y veía en ellas a su hija
(también de viaje por el mundo en aquellos momentos).
El amor por su hija se proyectaba en ellas.
Después de todo, eran las hijas de alguien.
Ahí sí reconoció el amor.

Las señales de amor no solo se dan en lo que haces
o sientes por la otra persona
sino en cómo se proyecta en todas direcciones.

El amor nunca es exclusivo, por definición,
ni excluyente.
El amor siempre es integrador.
Y transcendente.




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