jueves, 13 de junio de 2013

Envejecer en Corfú.











Cuando su hijo bromeó sobre el sueño de la vida futura ociosa,
("Cuando me canse del teatro,
me pondré a escribir novela negra para envejecer como Donna Leon, en Venecia."),
ella recordó haber tenido ese mismo sueño; en su caso, sobre, tal vez, soltar anclas en Corfú, "donde Miller escribió El coloso de Marusi -su mejor libro de lejos, a mi entender".
Entonces recordó que le había pasado lo mismo cuando leía una de sus primeras novelas de Patricia Highsmith. Cuál era?... Alguna de la saga de Ripley, probablemente.
Y lo que pasó fue empezar a leer la narración de un escritor (o algo parecido) que vive retirado en alguna casa de la costa de Túnez... Era Túnez? Lo único que recuerda
(en la lectura de Miller, de Highsmith) es la alegría de la vida retirada de todo lo conocido. No, es más. La alegría de la vida fluyendo en la rutina que siempre había evitado.








Toda su vida huyendo de la vida "previsible", de la rutina de los horarios, el mundo laboral, seguros y pensiones.
Toda su vida surfeando la incertidumbre de la creatividad,
la filosofía, el arte y la cultura. Y mientras tanto soñaba con soltar un día todo eso para acabar sumergiéndose en el mundo...
no en el mundo "real", en el otro mundo, en el corazón del motor en marcha, donde no eres nadie, para empezar a escuchar a los filósofos y sabias de la vida cotidiana.
Como Daniel Klein cuando regresa a la isla griega de Hidra para que le desvele algo "auténtico" sobre la vida y una manera sincera de envejecer.










Empezar a callar para escuchar a los pescadores que saben de la dureza del mar, de las largas travesías de retiro solitario (eso sí que -también- era un retiro de silencio), de la vida y la muerte cuando son la misma cosa.
Empezar a callar, para escuchar la sabiduría de las matriarcas, amas de casa y de familia, cuidadoras, proveedoras, administradoras,
creadoras de vida, expertas en acoger y soltar.

Callar
para empezar a escuchar.

Ése era el sueño de su juventud: envejecer con serenidad en la inmersión en el mundo que siempre había evitado. Su hijo, que aún era joven, soñaba con seguir creando; retirarse para seguir creando. Ella soñaba con retirarse para dejar de crear, al fin; simplemente contemplar, descubrir, comprender y amar el mundo que siempre había evitado. Volver a las raíces de las que huyó cuando apenas era una niña.

Cerrar el círculo.

En el camino, había soñado con anocheceres místicos en monasterios y retiros solitarios.
Pero, finalmente, nada tenía más sentido que conocer más y amar más a los seres corrientes, como ella misma. Y para eso no había que "retirarse" más, a ningún otro lugar.
Porque, a fin de cuentas, Venecia, Corfú, Túnez, Hidra, Almería o Barcelona ("que tampoco se envejece nada mal en Barcelona, doy fe yo que ya estoy en ello", le había confesado al hijo), da igual, si no dejan de ser manifestaciones diferentes (o parecidas) de lo mismo.











Al fin y al cabo, la tierra pura está en todas partes, también en el lugar del que huiste en tu juventud, cuando necesitabas conocer el mundo antes de dejarlo.

Necesitabas agotarte explorando los cinco continentes para descubrir que todo estaba ya
en la cuna que te acogió al nacer.


Pero para comprenderlo había que perderse tantas veces....
Y hacer tanto daño, tantas veces,
a una misma
y a los demás.



































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