
El apego es un tema que levanta ampollas.
En los debates de curso
(el repaso que hacemos en parejas al final de las clases), suele ser un tema recurrente, ese reto difícil.
El apego es el engaño más difícil de identificar porque casi siempre aparece con su cara más amable (se disfraza de bienestar),
al contrario que el odio y el enfado, que ya entran por la puerta haciendo daño, con la cara al descubierto.
Pero, al final, el apego y el odio son dos caras de la misma moneda.
El apego de los demás es tan obvio;
el propio, no tanto.
Es relativamente fácil observar a los demás y contemplar su fragilidad, su vulnerabilidad, el sufrimiento (manifiesto o subyacente, incluso el que aparenta bienestar), y sentir esa empatía que genera ternura, proximidad, la compasión que desea liberarles, si pudiera.
Es relativamente fácil contemplar a los demás y comprender que en samsara no existe felicidad, que la única forma de felicidad que conocemos es superficial, manipulada, con trampa dentro, como una bomba que acabará estallando en las manos (o en el corazón) antes o después.
Pero no resulta tan fácil ser consciente de ello en la propia vida.
El apego de los demás puede resultar tan obvio.
Y sin embargo cuando es propio
nos parece sublime;
a veces, incluso llegamos a considerarlo como el sentido de nuestra vida.
Migajas de felicidad.
En la propia vida nos aferramos a las migajas de felicidad que conocemos
y, como es la única forma de felicidad
que conocemos,
nos parece grandiosa
y la agarramos con fuerza.
En medio de una vida mediocre
(una vida egocentrada siempre es mediocre,
aunque, a ratos, aparente éxito personal, social o riqueza),
en esta vida limitada,
cuando nos llega alguna experiencia de "felicidad", nos secuestra
(en ese ego hinchado por haber sido elegidos, no alcanzamos a ver que es tan sólo una migaja,
ni aun "la sombra de la luz" de la que habla Battiato),
y nos abandonamos como tortolitos
en una entrega ciega.
Nos hacemos idiotas.
Si duele, que duela (decimos); si es el peaje que hay que pagar, se paga.
Peor sería no disfrutar ni siquiera de eso,
y seguir en la experiencia autocompasiva de no haber sido elegidos
por la fortuna.
Y nos creemos héroes y heroínas, fuertes y valientes, porque le abrimos las puertas al dolor;
pero el dolor sólo te avisa de que hay un ego
herido.
El dolor no es una muestra de amor o de sabiduría o de fortaleza,
sólo es un síntoma
de la yoitis (la inflamación del yo)
que nos gobierna.
No le llames amor a un ego dolido.

Pero, desengáñate: no le llames amor.
Donde hay dolor no hay amor,
sólo hay un ego
dolido.
El problema es que mientras que continuemos siendo socios de ese club,
mientras nos limitemos a ese tipo de experiencias, no podremos abrirnos a otras.
Porque hay que salir de un estado de conciencia para entrar en otro.
Como no te puedes llevar la oscuridad
a la luz.
A más ansiedad, más alivio;
a más alivio, más apego.
El problema con el apego es que se reafirma a sí mismo, por su propia dinámica. Exactamente igual que ocurre con cualquier otra adicción.
Cuando decides que algo te hace feliz, este deseo genera tanta ansiedad que te mantiene en vilo hasta que lo consigues.
Y cuando lo consigues se reduce la tensión y experimentas un alivio que llamamos "felicidad".
Lo cual parece que te demuestra que eso te hace feliz. Y te aferras más aún a ello.
Hasta que, con el tiempo, pasa a ser tan tuyo, tan familiar, que ya no genera ansiedad y, por lo tanto, no produce alivio y decimos que ya no nos hace felices.
El budismo lo explica como que esa "felicidad" que conocemos
no es más que una mera reducción
del sufrimiento anterior.
Los seres iluminados (o tú misma, con un poco de conciencia más evolucionada) se ríen (o lloran) ante las migajas de felicidad de las que nos hacemos esclavos.
Lo barato que nos vendemos.
Si sólo nos atreviéramos a soltar estas cadenas quizás empezaríamos a vislumbrar un tipo de felicidad diferente y mucho más libre
y mucho menos dolorosa,
que hace mucho menos daño a los demás.
Desmitificar el apego.
El dolor del apego no es una heroicidad sino el síntoma
de que algo va mal.
Yo intuyo que el primer paso está en empezar a no mitificar o sobrevalorar el apego,
sino desenmascararlo:
el apego no es ni más ni menos que una forma de egoísmo aplastante.
Una mente secuestrada
en la que ya no ejerces ningún control.
Una mente obsesiva que vuelve una y otra vez a su objeto
sin que puedas evitarlo,
a su casa de citas particular
y transitoria
(desengáñate: la mente de apego cambiará su objeto de apego antes o después
pero siempre hallará alguno al que fijarse).
Una mente enferma.
Y, a partir de ahí
(una vez desenmascarado el apego: no eres un amigo reconfortante
sino mi peor enemigo),
empezar a aprender a hacer uso de los objetos de disfrute,
aprender a disfrutar,
con respeto,
sin apego.
Convertirlos en rituales incluso, en ofrendas, por qué no?
Utilizarlos como herramientas valiosas
en el camino
de crecimiento
-la mayor aventura.
Y dar la oportunidad a que aparezcan otras experiencias
en una experiencia
de conciencia
superior.
Aún humana
pero superior.
Un poco más cerca de nuestra naturaleza profunda
de luz
y sabiduría.

(P.D.: Rabjor dice que no hay que ser amable con los engaños, sino contundente y firme, y yo le creo; de ahí este tono, quizás nada amable, con los apegos que nos secuestran).