El silencio, tan lleno.
Los sonidos del silencio.
El tren que pasa, algún golpe de viento suave, un pájaro al vuelo,
los crujidos de la casa viva.
La contemplación
de la vida, en movimiento.
Nacer, la energía explícita de la vida, en la infancia, en la juventud,
la enfermedad, el declive, la partida.
"Tot era una enganyifa", le dijo la anciana, consciente de la recta final.
El océano de piel rizada, olas que emergen y desaparecen,
tan constante el movimiento que a veces parece quietud.
El cansancio a veces, el descanso,
dejarse llevar por la corriente, el cuerpo en reposo.
La entrega, la renuncia.
A veces sin refugio, sin necesidad de refugio.
A veces el abrazo de Dios, la luna de miel con Dios,
la disolución, como agua vertida en agua.
Cuando todo forma parte del cuerpo de Dios
y el dolor no aparece, o bien es una mera experiencia más
de la Conciencia, del cuerpo de Dios.
A veces la contemplación compasiva, a veces los infiernos.
La liberación y todos los demás mundos están en este mundo,
en esta vida.
La contemplación, la compasión y los infiernos, todo ello también
el cuerpo de Dios.
También el cansancio.
Y la embriaguez de la experiencia de la presencia, la Conciencia,
jugando al escondite.
"El sol del estado de la budeidad irrumpe en nuestro corazón
y se dispersan la ignorancia y la ilusión,
que hasta entonces rodeaban el sol con una espesa capa de nubes".
(Disertaciones sobre el logro de la budeidad en esta existencia.
Daisaku Ikeda).


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