
Nubes como humo al caer
la noche.
El motor del radiador
sustituye el fuego interno que la ha abandonado.
Ella dijo: Tengo frío. Algo está pasando en este cuerpo.
Y él: Será que ha llegado el invierno.
Pero ella sabía que era otra cosa.
Con la luz de la lámpara encendida, el cielo parece oscuro y las nubes sin color,
al caer el crepúsculo.
Apaga la luz y descubre un telón de fondo claro y grandes nubes sonrosadas, grises y blancas sobre un horizonte de luces en la cima de la montaña.
Si enfocas el mandala de dentro te pierdes el mandala de fuera. Y viceversa.
No sabes cómo, pero el milagro sucede.
Jorge Lomar dice:
No sabes cómo, tú no lo sabes, tú no conduces ningún tren, aunque te lo creas.
Pero la vida sabe. Sólo tienes que entregarte.
Dice eso más o menos. O quizás lo dice ella.
Da igual. Ella sabe que no sabe. Por eso se entrega. Y siempre ocurre el milagro.
Y se apacigua el viento, y las olas, y el sol de dentro empieza a calentar.
Ayer ella tenía frío.
Y esta mañana se despierta con
los mismos problemas por resolver.
Pero siente calor dentro. Y sonríe.
Se levanta y abre la ventana de
su cuarto y la del estudio contiguo,
para que se aireen. Sin miedo al frío.
Tiene que resolver algo con su compañero de piso y sabe que es
de pronto fácil.
Le oye estornudar.
Yo me preocupo por el gasto de energía y él quizás está enfermo, piensa.
Así que le pregunta,
¿estás bien?
Sí.
¿No has cogido un catarro?
No.
Y entonces sí, dice lo que tiene que decir y su compañero no se enfada. Y ella se siente aliviada y agradecida.
Ella tiene la suerte de no sentir frío interno (al menos hoy) y desde esa fortaleza puede resolver los problemas pendientes, con la empatía y la compasión hacia quienes, hoy, sienten frío.
A veces ocurre el milagro
y el mismo sol te calienta más que ayer.
Pero sabes lo que es sentir frío, la incomodidad, la inquietud que te hace impaciente con las quejas y las demandas ajenas, "bastante tengo con mis propios problemas".
Siempre acaba ocurriendo el milagro y no sabes cómo.
Sólo sabe que ayer se sentó a meditar, a contemplar. Se sentó sobre el zafu, sobre el futón, y se cubrió con el edredón encima de los hombros, frente a la ventana, la mirada en la ciudad bajo el crepúsculo, en el cielo encendido que se apaga conforme la montaña apagada se enciende.
Sentarse así solía encender su fuego interno, recuerda;
la concentración como una hoguera interior.
Hoy aún siente el calor de anoche y no le teme a los problemas por resolver.

PD: Miguel Ruiz habla de la cocina mágica que cocina amor del bueno, todo el tiempo.
Con tanto amor para dar y regalar, cómo te vas a vender por unas migajas de afecto con trampa?
Como una cocina mágica, el fuego interior que te nutre a ti y a todas tus percepciones.
