martes, 16 de octubre de 2012

Gracias por no dejar que me distraiga del amor.





Tengo un amigo que
a veces me da las gracias
por no dejar que se distraiga
del amor.















Invertimos tantas horas en negocios ruinosos.
Tantas horas del día, tantos días, tanta energía;
pensamientos circulares de día y de noche, intentando resolver, mejorar, hacer crecer empresas
ruinosas.
Tanto dinero. Tantos abandonos.
Abandonamos a las personas que más amamos, dejamos de estar cuando nos necesitan
en aras de un negocio u otro,
de un proyecto u otro,
profesional, personal, da igual.
Cuántas inversiones (de dinero, de tiempo, de energía, pensamientos, ilusión, atención...)
ruinosas.
Una cadena sin fin de decisiones equivocadas.









Tengo un amigo que se pasa la vida invirtiendo su tiempo (su atención, su alma) en proyectos profesionales que, con el paso de los años, quizás un día empiecen a dar algún fruto, según me cuenta.
O no.
Quizás algún día alguno de estos proyectos empiece a dar alguna rentabilidad (económica) pero si lo divides
entre todas las horas dedicadas a ello, si le restas todos los demás proyectos abandonados (personales, familiares, afectivos), coincidirás conmigo en que aun el más rentable de todos no dejará de ser una empresa ruinosa.

Cuántas veces nos alejamos de lo único que importa para caer en las garras de la hipnosis (de éxito o fracaso, celebraciones o duelos, da igual),
como un secuestro.
Como un secuestro que nos roba el alma y la conciencia.
Qué obsesión con llenar la vida de distracciones, de ocupaciones, como si nos sobrara
el tiempo, la energía.
Qué obsesión con llenar la vida de estrés, competitividad, miedos y cansancio; qué obsesión con agotarnos en carreras circulares. Como si nos sobrara la alegría, la paz,
el disfrute, el amor.
Qué obsesión con rehuir el amor, como si doliera,
cuando lo único que duele es la incapacidad de amar.
Qué obsesión con permanecer en la zona de confort del sufrimiento conocido, la soledad y el aburrimiento.
Qué obsesión con llenar la vida de nada, de nadas, llenarla con naderías, como matar el tiempo.
Como si nos sobrara.

















Entonces le digo a mi amigo que, en medio de la crónica precisa de todas las gestiones que llenan su vida, que cada día me envíe, al menos, una nota en la que me cuente cómo se siente, que se detenga un momento y conecte con el amor porque el amor hace la vida más grande.
Y la llena de fiesta.

Entonces, este chico tan ocupado, baja la cabeza un momento y suaviza la voz, y dice:
sí, tengo que concentrarme más en los seres que amo. Si no, se me irá la vida haciendo trámites y poco más.
(Y no te olvides de que da igual quien te sirva de inspiración, lo importante es que te inspire y te proyecte como una fiesta de fuegos artificiales).

Y luego dice: gracias por no dejar que me distraiga
del amor.



















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