
Cuentan que Milarepa decía que, para él, la vida es un libro de dharma.
Después de una vida de abusos y crímenes, parece ser que se encontró con alguien que hizo que se cuestionara las cosas y así fue como entró en el camino de Buda.
Pero entre las muchas instrucciones, él se preguntaba cuál sería la práctica que le llevaría de forma rápida y directa a la liberación permanente del sufrimiento y a la iluminación.
Atisha, por el contrario, desde el principio tuvo una vida virtuosa,
pero al igual que Milarepa buscaba
la forma más efectiva y rápida para despertar
de tanto dolor mundano.
Y entonces se cruzó con dos mujeres por la calle (camino del mercado, con sus bolsas de la compra, me las imagino yo),
que charlaban:
Cuál crees tú que es el camino más rápido a la iluminación? -preguntaba una de ellas.
La bodichita -respondió contundente la otra.
Y así fue como él entendió que ésa era la práctica a la que tenía que dedicar el resto de su vida. Y empezó a viajar de un sitio a otro tras las huellas de maestros que le ayudaban a profundizar en ella.

Yo también creo que la vida es un libro de dharma.
Y también me cruzo con personas que dicen cosas extravagantes.
El otro día escuché:
Aquí, hasta que no se ilumine el último ser no se ha iluminado nadie.
Mientras no se haya iluminado el último ser,
no se ha iluminado nadie.

Considera que todos los fenómenos son como sueños, dice Gueshe Chekhaua.
La mujer anónima camino del mercado, Gheshe Chekhaua: la misma manifestación
en el sueño.
O diferentes manifestaciones
en el sueño,
como quieras.
La misma naturaleza.
Pero, aquí, en este sueño,
mientras no se haya iluminado el último ser
no se ha iluminado nadie.
Como si todos
los seres
fueran una parte de ti.
Y tú
una parte de
ellos,
lo mismo.
Mientras que en este sueño no se haya iluminado el último ser,
no se ha iluminado nadie.
Y de ahí nace quizás el motor mahayana de "liberar a todos los seres".
Qué oyes, por ahí?

Qué escuchas tú cuando vas por la calle?
¿Qué crees que conversan las mujeres camino del mercado?
¿Las mamás y papás a la puerta de la escuela?
¿Los niños y niñas en sus juegos?
¿Los hombres y mujeres de negocios en el trabajo?
De qué hablan?
Yo tenía una amiga entre las mamás de la escuela de mi hija,
una amiga muy especial y muy querida; su hijo y mi hija compartían curso y clase, actividades extraescolares, formas de vida, casi todo.
Y sin embargo, cuando ella hablaba de la escuela, hablaba
de una escuela completamente diferente a la mía. Y lo mismo con todos los demás escenarios que compartíamos.
Aficionadas al género epistolar (entre otras muchas aficiones comunes), nos escribíamos larguísimos emails cada día, en los ratos libres, a menudo a altas horas de la noche.
"En qué ciudad vives? -me dijo un día. No conozco esa Barcelona.
Me hablas de una Barcelona que desconozco por completo".
Curioso, verdad?
La vida, como un espejo.
Presta atención a lo que tus oídos oyen, lo que tus ojos ven
(y, por supuesto, a las conclusiones que sacas)
porque todo eso no define tanto a las personas con las que te cruzas o a los espacios por los que te mueves,
como a la mente que proyecta;
el mundo en el que vives
es el mundo que creas
para vivir.
Observa cada percepción, cada sensación, cada emoción
como una imagen en el espejo
que te está mostrando cosas de ti.
Y si no te gusta, si te empieza a aburrir, ya sabes lo que puedes hacer:
empezar
a transformarlo.
Porque la vida es un libro de dharma.
Y el dharma te ofrece el loyong
para transformar las adversidades en oportunidades de conocimiento
y liberación.
Y el tantra
para transformar los disfrutes (los apegos)
en oportunidades de conocimiento
y liberación.
Así que no hay escapatoria.
El loyong y el tantra, para despertar
de una vez por todas.
Y para ver cómo se despierta
hasta el último ser
de este sueño.