
Yo también me postro ante la luna nueva.
Buda dijo:
me postro ante la luna nueva y no ante la luna llena -o algo así.
Suele ocurrir que alguien entra por primera vez en una clase de meditación y sale con algo transformado dentro, y ya nada volverá a ser igual que antes.
En apenas dos o tres sesiones de meditación, le escuchas un comentario informal o presencias su presentación de un resumen de las últimas clases (pocas) a las que ha asistido
y te postras
ante la luna nueva.
Sonríes sin poder evitarlo, le escuchas como si fuera el mejor de los maestros.
Una vez, Albert, un recién llegado al PF (el Programa Fundamental), se detuvo en medio de su exposición y preguntó con aire desconcertado: Qué pasa?
Por qué?
Todo el mundo se está riendo.
Es que nos tienes deleitados... -respondió Lochani, que también
le miraba con toda su atención y sonreía.
Me ha pasado con tanta gente...
El debate de Christian, las preguntas de Muriel, Regina, Olga...
La luna nueva, las primeras realizaciones, tienen una intensidad, un brillo que ilumina con fuerza a todos cuantos la rodean.
La última vez, fue Natalia.
En una clase sobre la estimación propia, raíz de todos los sufrimientos
y sobre el gran gozo que no conoce apegos ni aversiones,
coge aire y pregunta:
¿y no será todo muy frío?
(como Emi: ¡Con lo que a mí me gustan las emociones fuertes!)
y mientras yo busco la forma accesible de comunicarme, ella es más rápida y dice:
Debe ser que estoy tan acostumbrada a sufrir que no concibo la felicidad sin sufrimiento.
La miro deslumbrada.
Estoy tan acostumbrada a sufrir para ser feliz...
La felicidad que no es más que el sufrimiento del cambio.
Eso es exactamente.
A la felicidad que conocemos en nuestra condición humana limitada
en budismo se la considera como un tipo de sufrimiento:
el sufrimiento del cambio.
Cuando se acaba un dolor (un estado de tristeza, ansiedad, frustración, etc),
cuando se acaba, por contraste, nos parece que la felicidad debe ser eso.

Pero cuando alcanzas un nivel de conciencia mayor caes en la cuenta de que
aquello
sólo eran migajas.
Y ya que lo dices, Emi, para ti, y para muchas otras como tu,
con lo que nos gustan las emociones fuertes,
no tiene sentido que nos quedemos con una pobre felicidad relativa que no es más que una mera reducción del sufrimiento anterior.
Nos parece suficiente porque es lo único que conocemos, pero hay más,
mucho más
en la vida
que podemos alcanzar a vivir
si nos atrevemos a dar el salto,
sin miedo.
Cuántas veces nos ha parecido que la vida que vivíamos era suficiente (todas esas horas de sobremesa frente al televisor, paseos aburridos, tardes grises del domingo, horas perdidas...)
hasta que ha pasado algo y hemos impuesto un cambio
y aquellas horas felices ya no nos parecen tan felices,
no para repetirlas.
Seguir creciendo,
seguir sondeando en nuestra mente, sin miedo a las profundidades ni al dolor,
desenmascarar sabotajes, descubrir aliados
internos
(todo está dentro)
no hará nuestra vida más fría
y menos intensa
sino todo lo contrario.
Hacernos más grandes no reduce nuestras posibilidades
sino que las incrementa.

Y la felicidad relativa y temporal
será cada vez más absoluta
y definitiva.