Hemos abierto una nueva rama (clases de meditación) del centro budista Mahakaruna en el Poble Sec, en Barcelona.
En una de las salas interiores de la tienda naturista Madre Naturaleza (C/ Margarit, 29), todos los lunes a las 7,30 nos reunimos para meditar y contemplar algunas instrucciones budistas.

En estos momentos estamos poniendo los cimientos de una ciudad interior o, si quieres, una isla de paz. Puedes ponerle un nombre, si lo deseas -yo le llamo Keajra, la Tierra Pura de las Dakinis.
Cada vez que nos encontramos, ponemos unos cuantos ladrillos más y vamos definiendo el trazado del mapa de la "ciudad de la alegría" personal, cada cual la suya. En cada meditación, esta isla interior se hace un poco más definida, más completa, más real.
Y más fácil resulta volver a ella en cualquier momento del día, en cualquier situación -mientras esperas el autobús o en medio de un conflicto.
Y así, cada persona se constituye en arquitecta de su propia mente y de su propio mundo, de una forma consciente, libre y responsable.
Cada estado mental tiene su causa en un estado mental anterior.Como dice Rabjor, los pensamientos que surgen en cada momento son producto de las semillas que antes hemos plantado y ahora germinan en la mente; con la meditación, queremos sembrar semillas que hagan brotar la paz y la alegría, no sólo en el momento sino también en el futuro.
En la última clase, durante la meditación en "igualarnos", surgía la duda de si se puede entender como una forma de resignación, cuando te enfrentas a una situación que no deseas -mal de muchos, consuelo de tontos. Así que reflexionamos sobre la diferencia entre la resignación y la aceptación y, sobre todo, la compasión. Y quedó claro que contemplar el sufrimiento de los demás (y tomar conciencia de que compartimos el mismo sufrimiento, en dosis más o menos reducidas o extensas, dependiendo del momento), lejos de resignarnos y conducirnos a la pasividad, es una manera de generar compasión y empujarnos a la acción definitiva.
Se trata de no negar el sufrimiento propio cuando aparece sino de utilizarlo para conectarnos con el sufrimiento de los demás y aplicar la misma vara de medir al sufrimiento propio que al ajeno, en lugar de dramatizar el nuestro y menospreciar el de los demás.
Contemplar nuestro sufrimiento como si se tratara del del vecino nos ayuda a vivir nuestra experiencia de una forma menos dramática, más objetiva y racional.
No hay nada que nos haga sufrir más que nuestro propio egocentrismo y la estimación propia.
Protege tus realizaciones, fortifica tu nueva ciudad.
Y una vez que hayas meditado en ello con concentración y sinceridad, considera la importancia de proteger las realizaciones que tengas, las experiencias profundas (de paz, amor afectivo, compasión, vacuidad...) que surjan en la meditación, por pequeñas que te parezcan. Volver a ellas, visitar la ciudad una y otra vez, significa darle vida y hacerla grande y fuerte.
La mayor parte del tiempo lo pasamos protegiendo los pensamientos destructivos y repetitivos (es la repetición automática, consciente o inconsciente lo que los hace fuertes) y, sin embargo, dejamos que se pierdan en el olvido las mejores experiencias de nuestra vida, especialmente las internas, por considerarlas poco importantes o inexistentes, producto de la fantasía.
Craso error.
En lugar de eso, a partir de ahora, esfuérzate en hacer un registro de la nuevas experiencias de expansión de la conciencia e irás fortificando tu ciudad interior, de la alegría, acudiendo a ella una y otra vez.