
Nos pasamos las clases desenmascarando
a la estimación propia (el egocentrismo)
y profundizando en meditaciones sobre el amor a los demás.
La consigna (ya lo dijo Geshe-la) es: cambia tu objeto de estima;
deja de estimarte a ti mismo para empezar a estimar a los demás.
Acaba la clase,
sonrisas y despedidas: cuídate mucho, disfruta de la semana.
Cuídate. Disfruta.
¿Es una contradicción? ¿No estamos hablando de dejar de poner la atención en una misma?
Claro, y eso es precisamente lo que ocurre cuando una persona deja de poner la atención en sí misma: que disfruta, que se cuida de verdad.
Rabjor lo dijo bien claro en una clase: se trata de cuidar a las personas, no sus perturbaciones mentales.
Se trata de cuidarme a mí misma, no los engaños egoístas que tanto me hacen sufrir.
El "yo" impostor.
Desde el principio de los tiempos he dedicado mi energía y atención a satisfacer las demandas de mi estimación propia. Desde el principio de los tiempos, parece que la función de mi vida sea asegurar la protección y la felicidad de este "yo". Cada pensamiento, palabra y acción están encaminadas a conseguir ese objetivo.
¿Y lo he conseguido?
Definitivamente, no.
Este "yo" está cada vez más engordado y más insatisfecho, más arraigada su adicción al bienestar que nunca consigue
y en su lugar aparece una frustración permanente.
Como un niño mimado y caprichoso que pide y pide sin parar y me someto, esclava de sus caprichos, para tenerle contento. Y nunca
lo está. Ni lo estará.
Por qué?
Porque este "yo" al que le estoy dedicando toda mi vida
no existe.
Es una construcción mental que he ido dando forma y consolidando a lo largo de mi vida:
Marié, periodista, madre, hermana, hija, etc, etc.
Empiezas a escuchar, desde pequeña, que eres guapa, o fea, y guapa o fea forma parte de tu propia construcción mental; inteligente o cortita, generosa o "casasola", rebelde o buena o mala persona, lo que sea.
Construyes un "yo" y dedicas tu vida a alimentarlo,
a cuidarle, a protegerle, a tenerle contento.
Pero esto, todo este trabajo que te mantiene ocupada las 24 horas del día, ¿te hace feliz a ti? ¿Consigues tus objetivos?
Definitivamente no.
Lochani te lo dice, conmovida de compasión: ¿no lo ves? Estás dedicando tu vida a un "yo" que no existe.
Y, mientras tanto, estás descuidando y manteniendo en el sufrimiento al yo que sí existe, el que experimenta las consecuencias de tus acciones e intenciones.
Como Lochani, no puedes evitar que se te salten las lágrimas cuando lo contemplas:
tanto trabajo, tanto sacrificio, tanto sufrimiento, las personas agotadas, estresadas, malhumoradas, separadas, haciéndose daño entre sí ... para qué?
Para contentar a un "yo" que no existe y por eso no podrá contentarse nunca.
Disfruta.
Cuando acabo un carta o me despido de alguien y digo "cuídate mucho", digo bien.
Cuando digo "disfruta" es mi corazón quien habla.
Desde el fondo de mi corazón deseo que te cuides, que disfrutes mucho del día, de la semana, de la vida, que seas feliz.
Tú, no ese impostor que se ha colado en tu vida.
Cuando seas feliz,
en esos momentos en los que (por un milagro de la vida, porque conectas con la esencia o por las bendiciones de los budas, llámalo como quieras) eres feliz,
no puedes hacer daño a nadie, ni siquiera a ti misma.
Entonces y sólo entonces, fíate de ti;
de tus pensamientos, de tus instintos, de tu corazón,
sólo entonces créete.
¿Fue Gueshe Potowa quien lo dijo?: Depende sólo de una mente feliz.
Confía
sólo
en una mente feliz.
Así que, insisto y digo bien: disfruta, cuídate mucho.
Cómo?
No dejes que el "yo" que no existe (el ego, la estimación propia) sabotee tu vida.
Cambia tu objeto de estima y cuidados.
Y cómo hacerlo?
Sé cual es el "yo" que no existe: al que le he dedicado toda mi vida y me hace infeliz, el que está presente en mi mente las 24 horas del día.
Pero, cómo sé cuál es el "yo" que sí existe? Cómo puedo hacerle feliz?
De momento no le conocemos, verdad? Tan ocupadas con el otro, que se ha adueñado de todo el espacio.
De momento, no sé a quien hacer feliz, pero sí sé a quién quiero dejar de contentar:
ese "yo" que me ha controlado toda mi vida.
Y la manera más fácil de dejar de pensar en él es empezando a pensar en los demás.
Ése es el camino. Yo no conozco otro camino.
Cuando dejo de pensar en mí y empiezo a pensar en los demás,
cuando dejo de dedicar mi vida a cuidarme a mí y deseo de corazón cuidar a los demás (no a sus perturbaciones mentales; no sus engaños, de la misma manera que no deseo alimentar los míos)
entonces, como por arte de magia,
por un milagro de la vida,
por la conexión,
por las bendiciones de los budas,
llámalo como quieras,
aparece la alegría, la felicidad, el gran gozo
profundo.

Y en esa experiencia reconozco
al yo
que existe.