Cuando era pequeña, le hablaron de los reyes magos.
Pero ella nunca le habló a sus hijos de los reyes magos, no podía mentirles, no sabía.
Una vez, una madre de la escuela le dijo: "le estás robando la ilusión a tu hijo". Y ella pensó:
de dónde saca la idea de que la "ilusión" está sólo en los reyes magos? Por qué inventar nuevas
ilusiones?
Ella veía la ilusión y el milagro en cada acontecimiento de la vida, por qué insistían en matarlos l@s demás?
Por qué había que inventar nuevas
ilusiones, como si las de la vida diaria no fueran suficientemente buenas?
Entonces, en aquella vida, por aquellas fechas, ella prefería sentarse con su hijo a fabricar una colección de regalos para los demás (esa ilusión) y jugar el juego del escondite para encontrarlos, una lluvia de regalos intercambiados; prefería eso a hacerle esperar y desear, meramente, sin nada que dar. Junto a la alegría de recibir, optaba por regalarle la alegría de ofrecer.
Luego se hizo mayor, y en la práctica budista le hablaban de la Tierra Pura (que no está aquí, hay que inventarla) y de héroes y heroínas y dakas y dakinis y Budas que moran en Keajra, Tusita y en el Monte Meru.

Más reyes magos.
Era un bonito cuento; ella no dirá que no.
El problema es que la Tierra Pura inventada a menudo la separaba de la tierra cotidiana, a la que llamaban
samsara.
Las apariencias que percibes aparecen para hacerte sufrir, le decían, y las llamaban "engaños" y "maras". Y a los reyes magos (con otros nombres, sánscritos o tibetanos)
les llamaban "sabiduría", "apariencias correctas", "virtuosas" y cosas así.
Así que había que negar las apariencias cotidianas ("ordinarias", las llamaban) y alejarse de ellas. Y para ayudar a los seres sintientes, había que imaginarlos, porque una acción mental era mil millones de veces más poderosa que una acción física -por ejemplo, dar de comer al hambriento.
Así que un día, en medio de un retiro de silencio, tántrico, ella explotó a reír a carcajadas.
Su maestro la miró inquisitivo.
Es que esto es una locura -dijo ella. Ahí fuera, obsesionad@s con dramas y comedias, pérdidas y ganancias, duelos y conquistas, amores y desamores, el paro, la crisis, la lotería, el monopoli, las calles y hoteles y el dinero de papel, y aquí, con el coro de diosas y el círculo de fuego, y los cementerios y los infiernos fríos y calientes y los dioses y semidioses. La misma locura, el mismo despropósito. Nirvana y samsara, la misma alucinación. Esto es para partirse el pecho.
Los cuentos que le contaban de pequeña no eran inofensivos y los cuentos que le contaban de mayor tampoco.
Todo habría sido más fácil si la Tierra Pura que imaginaba no la hubiera separado de la tierra (pura) que pisaba. Y de los seres con los que se cruzaba.
Un día se cansó de inventar amigos invisibles para empezar a ver (escuchar, abrazar y amar) a los amigos visibles.
Si no puedo amar
lo que tengo delante, cómo voy a amar lo que no puedo ver ni tocar?
Y para qué me sirve, si no me sirve para amar lo que tengo delante?
Y peor aún si los amigos imaginados me separan de lo que está apareciendo, aquí y ahora,
ante mí.
Y así fue como aprendió a amar lo que tenía delante.
Empezó a practicar con lo que tenía delante.
Puest@s a imaginar (creaciones de la mente), lo que tenía delante ya estaba bien.
Cualquier apariencia (un amigo, una enemiga, un perro, una mariposa, una cucaracha, un piojo, una hoja verde o seca, la hierba, la arena, el agua de mar...) y cualquier situación (favorable o adversa, supuestamente),
le valía.
Y si alguna vez apareciera un ser sagrado (pongamos Buda Shakyamuni, Tara o Heruka, Papá Noel o los reyes magos), sería uno más, al mismo nivel del ser sagrado que hay en la fuente, en la montaña o en la ensalada en su plato.
La misma divinidad.
La Tierra Pura se había instalado en su vida. O ella en la Tierra Pura.
De hecho, reconocía, la Tierra Pura y ella eran lo mismo.
Cada milímetro cuadrado, urbano o "natural" (como si hubiera algo no "natural"), cada milésima de segundo imaginada, la Tierra Pura.
Y ya no quería abandonarla más.
Se negaba a olvidarla, a no reconocerla.
He llegado, estoy en casa.
Y se acabó seguir inventando cuentos,
cuando habitas
el más maravilloso de todos
los cuentos.