En el
espacio para compartir, después de la meditación guiada y la meditación caminando y la meditación en silencio, en el último espacio, para compartir, aún sentad@s sobre los zafus, ella juntó las manos y las llevó a la altura del pecho y se inclinó sutilmente, según la fórmula que anuncia que quería decir algo, y las demás personas saludan de la misma manera y activan su
escucha amorosa.
Yo quería compartir aquí
mi bienvenida al sufrimiento. El propio sufrimiento -dijo.
Últimamente observo mucho sufrimiento alrededor. Es curioso que casi siempre nos parece que esto ocurre "últimamente", y en realidad, si lo contemplas con atención, siempre ha sido así. Pero últimamente, debe ser situaciones propias de la edad, estoy siendo testigo de muchas separaciones de pareja, mudanzas, "amores" (o apegos) inalcanzables, relaciones difíciles con l@s hij@s mayores o adolescentes, achaques en la vejez de difícil recuperación, enfermedades graves, muertes...
Dolores pequeños, dolores grandes. Motivos pequeños o grandes -para cada cual es siempre gigante, cuando le toca.
De hecho, la mayoría de estas situaciones no es que se den "últimamente" sino que se han dado siempre. La diferencia, quizás, es que ahora soy, somos, en general, quizás con el paso del tiempo y la edad, más conscientes. Antes no lo ves tanto, creo. Como cuando oyes decir a una adolescente lo bien que le va a "todo el mundo" (en los estudios, en sus planes de futuro, en sus relaciones), excepto a ella misma. Como si nadie más arrastrara dramas en su vida.
Y quizás con el paso del tiempo vamos viéndolo con más nitidez: que cada cual arrastra una mochila de frustraciones, decepciones, heridas y dolores cargada en su espalda.
Y debió ser entonces cuando Platón dijo aquello de:
Sé amable con quien quiera que te cruces
porque está librando una gran batalla.
Así que, como iba diciendo, últimamente puedo ver sin esfuerzo muchísimas situaciones de sufrimiento. Y también diferentes formas de enfrentarse a él. Muchas veces son mi inspiración, auténticas maestras en su entrega (a "lo que es") y su responsabilidad activa. Otras veces, las que más, actuamos con resistencia, con negación, con queja, y buscamos por todas partes que alguien nos salve, que nos ayude, que nos cambie las circunstancias o que al menos nos diga cómo llevarlo mejor.

La mayoría de las veces seguimos insistiendo en nuestra demanda a la vida para que cumpla nuestros deseos
-que aparezca en mi vida la pareja amable que necesito, para cuidarme y compartir aventuras de película americana; o el trabajo bien pagado; la admiración y la buena fama que se me resisten; que deje de dolerme la cabeza o la rodilla o la espalda, que están frenando mi vida;
que desaparezca el estrés; que aparezca la princesa prometida o el príncipe azul;
la mejor sangha, la más coherente; la mejor maestra o maestro, sin contradicciones;
que estalle en mi experiencia la iluminación, un día de estos, etc. etc.
Como si la ventanilla de quejas estuviera abierta permanentemente.
Así que últimamente puedo ver muchas situaciones de sufrimiento que, a veces, tengo el privilegio de acompañar. Me hacen sitio y partícipe, simplemente porque yo pasaba por ahí. Y porque me importa. Y eso se debe notar.
A veces no estoy tan segura (de que se note que me importa) por mi respuesta. Porque a veces sólo puedo escuchar, sin aportar soluciones.
(A veces sí; mi amiga M, psicoterapeuta y auténtico nido de problemas personales, a veces exclama: cómo la clavas, cada vez eres más buena! Y yo me alegro en parte, por ella, y en parte no,
porque creo que no ha acabado de ver que es sólo un esparadrapo que cubre y protege la herida provisionalmente, pero al menos no se infectará más durante unos días, y quizás con el paso del tiempo se acabe curando sola, hasta reaparecer en otra parte).
Así que a veces sólo puedo escuchar, y a la espera del momento propicio en que una fisura (una apertura en medio del dolor) me permita aportar lo que a mí me funciona.
Por ejemplo, abrir el enfoque y observar cómo ese dolor (pequeño o gigante, casi siempre gigante, impactante, inmovilizador)
es sólo un puntito difuminado en la inmensidad del cuadro de tu vida.
En la inmensidad de colores y trazos certeros y acertados. (A veces no puedes decir que el puntito difuminado también forma parte del acierto; todavía no puedes decirlo).
Que dejes de poner la atención en ese puntito que te disgusta tanto para permitirte observar la película completa, como un milagro lleno de milagros, como una lluvia
de regalos, generosa y abundante.
Así que cuando observo el sufrimiento, propio o ajeno, me recuerdo (y me gusta compartirlo, cuando tengo la oportunidad) que es sólo un puntito en la inmensidad del cuadro de mi vida, de tu vida.
Y que, después de todo, tú, o yo misma, no somos más que un puntito en la inmensidad del cuadro de
La Vida.
Así que qué más da que te guste o no te guste un puntito supuestamente mal trazado en el inmenso cuadro de tu vida, cuando aún hay tanto para admirar y apreciar.
Y qué más da si
el puntito de mi vida esté empezando incluso a extinguirse. No será una gran pérdida para el inmenso cuadro cósmico. Como no es una pérdida los centenares de células muertas que abandonan mi piel cada día en la ducha, para que una piel nueva y limpia realice mejor las funciones para las que está destinada.
Cómo decirle a alguien, incluso a mí misma, que sus problemas, esos problemas que la obsesionan tanto, no son en definitiva un gran problema. Y que incluso si perdiera la vida (que la perderá, cuando la pierda) no será un gran problema.
Pero a mí me funciona recordarlo.
Cuando aparece el problema, el dolor.
O quizás, porque lo recuerdo, me he librado de tantos problemas, de muchos dolores que no llegan a aparecer.
Y por eso, todo ese sufrimiento que aparece a mi alrededor a menudo no me arrastra
-continuaba explicando la chica en el espacio del
compartir, en la meditación de los viernes.
Me quedo ahí, esperando que desaparezca como una nueva nube en el cielo, pero no me arrastra consigo el dolor. Me quedo por si hiciera falta un apoyo, en esos instantes de desvanecimiento que a veces se dan. Pero no me arrastra y en ocasiones ni siquiera me veo tambalear. Estable. Para no caer l@s dos. Lo suficiente como para que la corriente no nos arrastre a l@s dos.
Eso es lo que yo pienso, aunque algunas personas podrían considerarlo como un gesto de frialdad. Y la frialdad inspira desconfianza, cuando menos.
Y cuando creo que está a punto de ocurrir, a veces dejo ver que yo también me tambaleo.
Un pequeño bocado para que el ego se quede tranquilo y,
en su desesperación moribunda, no realice más estropicios.
Pero esa estrategia forma parte de otro tema
que no es el que quería tocar aquí.
Por un instante, la chica se calló, como si investigara en detalle algo que quería decir y no acabara de ver con claridad. Y luego prosiguió.
Y de repente pasa algo en mi vida. Una llamada, quizás una mala digestión, una noche de sueño demasiado corto, lo que sea. Pequeños contratiempos habituales que en general sólo provocan molestias pasajeras, sin más atención.
Y de repente, ocurre y duele. Como un puñal que se clava profundo.
Tú también eres tan vulnerable.
Duele casi hasta perder el conocimiento, pierdes la lucidez.
Respondes con impaciencia a quien menos se lo merece -si alguien se lo mereciera-,
al más incondicional. (Cómo ibas a atreverte con otra persona?).
Así que era "esto", recuerdas.
El dolor era
es
esto.
Y vuelves a mirar a tu alrededor, a la amiga recién separada, a la que ha perdido su trabajo, o la madre, para siempre, a la adolescente perdida (enfrentando el dolor del ahora y no consciente de todos los dolores por llegar, porque si fuera consciente caería abrumada por el impacto).
Contemplas todos los dolores, de otra manera.
De una forma más profunda, no conceptual (soltados todos los conceptos de puntos y de cuadros y de células muertas y cosmos y demás).
Con un abrazo más entregado.
Creo que le llaman
compasión.
Así que quería compartir con vosotr@s que doy la bienvenida al dolor
en mi vida.
Y le dejo la puerta abierta para que aparezca
cuando tenga que aparecer.
Aprecio el regalo de la vida
-de la abundancia de disfrutes y también
el sufrimiento.
Y me postro
ante el dolor.
PD: Para Cati, que en los largos silencios
siempre aparece para animarme a escribir.