sábado, 31 de octubre de 2020

El mismo sabor.

 


Amanece un nuevo día, como otro asalto en el ring.
Pero en el campo de batalla hoy ha salido el sol.
El aire se percibe limpio y fresco
y la montaña a lo lejos
nítida y con detalles,
en su cuerpo verde.

Los sonidos del silencio cuando el día se despereza,
el viento en los cristales,
las gaviotas cantando al vuelo,
y las tórtolas en su contemplación.

El mundo echa a andar
de vuelta del sueño reparador.


Aún en el lecho, contemplaba las luces y colores de la aurora,
el día que se despereza, los sonidos del escenario que se despliega.
El sueño que aparece fuera
y el que aparece dentro.
Esta tristeza
que parece que anidó en su casa y se quedó por un tiempo.

Contempla la experiencia de esta tristeza,
como un combinado de excitación física
y alteración de la conciencia.
Como hacer el amor.

Así que al final la vivencia de la tristeza
es un deleite en sí misma,
como cualquier otra vivencia.

El mismo sabor.




jueves, 29 de octubre de 2020

Juegos de otoño.



La noche.
El calor del edredón como una cueva cálida, un refugio.
Fuera, arrecia el temporal.
La aventura se hace un poco más difícil;
la tristeza, más profunda.

En la última salida al otoño, caminaba sobre una alfombra de hojas marrones, amarillas y naranjas.
Lo vivían como una celebración, tanta belleza,
pero cada una de ellas era una "hoja muerta".
Así las llaman.

Después de comer
(una mesa de piedra, el aroma de los árboles, tomillo y romero
impregnando el aire),
un amigo quiso jugar al juego de los minerales, esas piedras preciosas
llenas de energía
y mensajes,
según parece.
Sacó de su mochila unas bolsitas con piedras de colores relucientes,
de tacto suave, algunas como cristales.
Y el juego empezó.

En las reglas del juego, cada mineral tenía una conexión especial con un chakra.
Imagina que uno de ellos se llama cornalina y se conecta con el primer chakra, del perineo.
Cada persona tomó la piedra entre sus manos y se hizo el silencio, escucha atenta, evocación.
Ella, profundamente escéptica, jugaba como en una meditación, se entregaba sin resistencia.
La cornalina naranja de piel suave entre sus manos;
la conexión con el primer chakra, del perineo.
Silencio, escucha atenta, qué te evoca?, preguntó el facilitador.
La respuesta fue rápida y clara: el amor místico.
El deleite profundo, el Gran Gozo tántrico.
Si te dejas llevar: el amor espiritual, ése en el que te disuelves
y desapareces.

La segunda piedra se conectaba con el tándem, el hara, el ki.
La tomó en sus manos y escuchó.
Y lo que sonó fue la voz de la chica en una mesa vecina, su monólogo.
Hablaba de sus relaciones anteriores, difíciles:
"Yo contigo me siento en paz, tranquila, relajada,
como si estuviera a solas pero acompañada;
contigo es como llegar a puerto, como estar en casa".
Y ella sintió la conexión.
Cualquier persona no está tan lejos de ella misma.
Con décadas de práctica de meditación o sin ellas, no hay mucha diferencia.
La segunda piedra, la del chakra del hara, la conectó con eso: con la conexión,
la empatía, la interdependencia.

Con la tercera piedra (el ojo del tigre), del plexo solar,
aún la guiaba el relato de su vecina de mesa.
Y evocó el sufrimiento,
la integración del sufrimiento
en la experiencia
de esta aventura de vivir.

El cuarzo rosa (la cuarta piedra), la del chakra del corazón,
le hizo evocar la humildad,
la fragilidad, la vulnerabilidad.
La entrega desde la humildad.

La calcita azul, la del chakra de la garganta,
fue rápida evocando el silencio.

Llegó el turno de la fluorita, del tercer ojo, la de la visión.
Escuchó la voz vivaz del facilitador:
"Preguntadme lo que queráis! ¡Lo sé todo! ¡Tengo todas las respuestas!"
Abrió los ojos y encontró la sonrisa explosiva y generosa de su amigo.
Ella, en cambio, con el ojo de la visión
no veía nada.
"Sólo sé que no sé nada",
fue la revelación.

La siguiente, el cuarzo blanco, del chakra de la coronilla,
volvió a la entrega del amor espiritual
y así fue como se dio cuenta de que se cerraba el círculo,
el retorno al amor místico del principio.
Sólo que el amor místico del asombro, primero,
ahora se había convertido en el amor espiritual de la disolución
y el vacío/plenitud más absoluto.

Yo ya lo doy por acabado, nada más que explorar -dijo.
No hay más -respondió el facilitador-. Aquí se acaba.

Todos los círculos se cerraban.



Devolvieron las piedras a sus bolsas.
("Quédate con las tuyas, te las regalo", dijo el amigo).
Y se internaron en el bosque cerrado
y caminaron sobre una alfombra amarilla de hojas muertas.
Las hojas caídas en el suelo hacían que las altísimas copas desnudas de los árboles
permitieran el acceso a un cielo claro,
lleno de luz.




martes, 27 de octubre de 2020

La vida sin mí.

 



Sigue avanzando el día y el calor del sol empieza a llegar un poco a su cuerpo.
A su mente todavía no.
En la bandeja, la cafetera de acero inoxidable vacía, aún desprendiendo el aroma,
y la taza de café arábigo recién molido,
intensidad máxima. Ni aun así.
Parece que a la mente, perezosa, le cueste alzar el vuelo.
Como una convaleciente.
Paciencia.
Ahora toca reposo.
De repente, el cuerpo se pone en marcha y la adrenalina se genera espontáneamente
y las endorfinas
y, como un piloto automático,
tiene lugar lo que tiene que ser.

Y dónde está su voluntad en todo el proceso,
dónde está el "yo"?
En ninguna parte.
Ese yo quitado de en medio.
Como cuando limpias el cuarto
y barres lo que te estorba.




domingo, 25 de octubre de 2020

Cuando el amor no parece amable.

 



Déjame que te cuente que este amor no es dulce,
(o puede parecerlo).
Ni amable.
No busca tu consentimiento.
No desea conquistarte.
Pero no es menos amor.
Déjame que te diga que es aún más profundo que ayer,
y más sincero.
Porque ya no tiene miedo a tu respuesta.
Ni quiere gustarte o que admires su luz.
Y es que en estos momentos no hay un yo detrás
de este amor,
o involucrado.
Pero no es menos amor.

Esta forma de "ser" desaparecerá en cuestión de días, probablemente.
Y volverá el viejo yo, temeroso,
implorando tu aprobación,
mendigando tu estima.
Y será espiritualmente correcto.
Pero ahora, aún no está aquí.

Así que la fuente brota como brota.
Vamos a contemplarla, sin más.
Ya te pediré perdón más tarde, si fuera necesario.

Si miras mis ojos, si me ves,
entonces no hará falta.




viernes, 23 de octubre de 2020

De regreso a casa.

 


Esta tristeza.
No la rechaza.
De hecho, se entrega a ella como en un abrazo de amor.
Como en un abrazo de confort.
Pero desea comprenderla.
De dónde surge?
¿Es como después de separarse del amado, esa nostalgia,
ya echándole de menos?
¿Ese apego?
Se entrega a la tristeza.
Pacientemente y sin evitarla.
En la tristeza también encuentra el rostro de Dios.

Amanece un nuevo día.
El cielo cubierto.
No como cuando estaba con él, ese cielo de nubes gigantes,
blancas de luz, grises y azules.
Amanece un nuevo día y el cielo está cubierto como una cortina que la separa
del otro lado.
Pero ella sabe que ya se está deshaciendo, aunque aún no lo perciba.
Que con el paso del día las cortinas se abrirán, dando paso a la luz del sol.
Y así es.

Mira la ropa tendida.
La del equipaje deshecho y la del nuevo escenario que la acoge
(ropa de andar por casa, sábanas y toallas),
limpiándolo todo, 
purificándolo todo
como una ofrenda
para el nuevo yo.
Siempre es nuevo.

Se instala en un rincón entre sol y sombra para el desayuno.
El calor confortable, el silencio.
Poco a poco va reconociendo la cara de Dios, aquí
y ahora
(en la ropa tendida,
en el calor que abraza su cuerpo,
en la ofrenda del desayuno).
Otras caras de Dios.
Y la tristeza se disuelve.
Como se disolvió la cortina de nubes.

Nada que echar de menos.
Ninguna nostalgia.
No dejó a su amado perdido en los bosques,
en el olor a pino y romero.
Está aquí.
Tan presente como allá.
La misma plenitud.
La misma alegría del encuentro,
de regreso a casa.

Lo mismo.




miércoles, 21 de octubre de 2020

Respirar.




Mediodía en el porche.

Fin de semana y se despierta en una caseta de madera confortable en la montaña,
a solas.

Sale el coche del lama y cierra la verja.

A solas en el recinto de la montaña.
Nada que hacer, todo en orden,
ya ha llegado.
Ya está aquí, respirando energía sanadora para este organismo que ayer tropezó,
perdió el equilibrio, se hizo ácido.

Respira
y es su medicina reconstituyente.
Vuelve a su centro y todo lo demás vuelve a su lugar.
Y recupera la armonía.

Respira montaña y es montaña.
No es una frase hecha:
los aromas y partículas del bosque entran en este cuerpo
y pasan a ser parte de las células
y las células se hacen bosque.
Las imágenes del cielo y las montañas entran en su conciencia y son parte de ella.
Es nubes y claros en el cielo,
árboles y piedra en las montañas,
y mariposas al vuelo.
Y lo mismo con los sonidos del entorno,
el cantar pausado de los pájaros,
el vuelo de una mosca,
el canto del gallo,
la voz del aire suave en las hojas de los árboles, en las banderas de colores
y en las hierbas del camino verde.

Ningún lugar a donde ir.
Nada que hacer.
La respiración tiene lugar sin la voluntad de nadie,
como un acto de amor.
Inspira el cosmos,
se espira en el cosmos.

Abre las puertas a esa dualidad,
cuando toma cuerpo para interaccionar en el amor
que, cerrando el círculo,
la lleva a desaparecer.

In love we disappear.




lunes, 19 de octubre de 2020

Aquí, ahora.

 


Hizo inmersión en el fin de semana sin ningún otro objetivo que el descanso, la recuperación,
como si fuera un tiempo de convalecencia.
Sentada en el porche de la cabaña de madera, solo ella
y el abejorro,
girando insistentemente en torno al refugio
y a ella misma.
Esta vez no la acompaña la ansiedad pletórica de la recién llegada,
el arrebato del encuentro,
la llamada al asombro,
el impulso de aprovechar cada instante de esta cita con fecha límite.
Se entregó al delirio y lo dejó pasar.
Y quedó el instante eterno.

Ya no camina caminos para descubrirlos, 
simplemente los pasea.
El ritmo de los pasos es otro.
Los pasos son otros.
El cuerpo que camina tampoco tiene prisa.
Nada que hacer,
nada que conseguir.
Ningún lugar a donde ir.