martes, 2 de octubre de 2018

Visitantes.







Entró a dejar la bandeja del desayuno en la caseta de piedra.
La recibió el aroma del café flotando en el aire de la cocina.
Ayer era el tomillo recién recogido en su paseo por la montaña,
aromatizando el arroz, perfumando el aire.
Fuera, en el porche natural de su vivienda,
la brisa suave acariciando las hojas de los árboles
y la toalla tendida
y las banderillas tibetanas de colores que evocan sutras,
y su piel.
Y el aroma a pino, que va transformándose,
intensificándose o matizándose,
a lo largo del día.

Cuando se sentó en el váter, entre tres estrechas paredes,
una araña de patas largas, del tamaño de un puño,
detuvo su camino por la pared, a un palmo de ella.
La saludó en silencio, como a una vecina más.
La araña permaneció quieta durante todo el tiempo.
También cuando ella se levantó y hizo caer el agua.
Cerró la puerta que separa el aseo de la cocina
y le deseó que encontrara un camino seguro a su mejor hábitat.

Anoche, cuando ya se disponía a retirarse a dormir,
recogida la cocina y de paso a la caseta de madera,
se encontró a un zorro junto a las escaleras.
Cuando la vio, primero corrió hacia la valla de cañas, para volver al bosque,
luego se detuvo a mirarla.
Ella también.
Se miraron un instante eterno.
Luego, ella entró en la casa de madera.
Él, o ella, permaneció en la suya.

Hay un jabalí grande y tranquilo (quizás una jabalina preñada)
con quien se cruza a veces en los paseos,
o le ve atravesar su porche, del bosque al camino de abajo,
mientras ella hace sus lecturas y contemplaciones a la puerta de casa.
Y una gata de color canela, que se acerca a ella corriendo, cuando la ve,
sentada en alguna de sus paradas para la contemplación, en las largas caminatas,
frota su cuerpo suave contra el de ella y busca su mano para la caricia y el masaje.

Piensa en todos los visitantes que la acompañan, si saberlo,
y ella ni siquiera ve.






domingo, 30 de septiembre de 2018

El cuerpo ilusorio.






Allá donde va encuentra una versión de su terrado, ese templo al aire libre donde hacer ofrendas (el desayuno, quizás la cena, la meditación, la contemplación, el maravilloso cuerpo ilusorio de este planeta).
Aquí es fácil, su cabaña de madera en medio del bosque, en la montaña.
En realidad, dispone de dos cabañas:
una de madera, que acoge la cama, el altar y el cajón de meditación
y otra cabaña de piedra con dos estancias, para la cocina y el aseo.
Apenas dos metros la una de la otra.

La primera noche, cuando se disponía a dormir, abrió los ojos desde la almohada y encontró una poderosa luna llena tras el marco de la ventana, junto a la cama.
Por la mañana, la despertó un resplandor anaranjado que atravesaba la otra ventana a sus pies, anunciando la inminente salida del sol por detrás de la montaña.
¡Cielo santo!, pensó, rompiendo una vez más su retiro de silencio interior,
¡Esto es el paraíso!

Salió al exterior, perfumado de pinos, y efectivamente, ahí estaba la Tierra Pura.







Regresó al interior y se sentó en el cajón de meditación sin siquiera preparar las ofrendas en el altar (agua, velas, incienso), abundante en ofrendas ella misma.
Las compartió, era imposible desprenderse de ellas, ya estaban dentro. Ya formaban parte.

Se entregó a su contemplación del cuerpo ilusorio, el suyo propio (tan pleno, sano, perfecto),
el del Buda mismo ante ella,
el de la Tierra Pura que les acogía.
El cuerpo ilusorio del silencio también,
los pájaros que empezaban a cantar, el canto de los pájaros,
algún grillo despistado todavía.





Se levantó respetuosamente y salió al exterior a seguir contemplando,
el sol brillando en todas las criaturas.
Escuchó algunos pasos por el camino que conduce al refugio, a la hora del desayuno.
Se sintió afortunada también por su retiro de horarios y comidas en grupo.
En su pequeña cocina guarda todo lo que necesita para una semana frugal.
No desea los bufets abundantes que, curiosamente, ofrecen la mayoría de retiros de meditación. No son para ella.

Despojada de horarios y actividades, no tiene que correr ni encontrarse con el ruido de la multitud, ni con la propia avidez reflejada fuera, como en un espejo.

De nuevo, regresó al pensamiento sobre la abundancia de comida en algunos retiros.
Si se supone que todo lo que comes fuera de lo estrictamente necesario para nutrir tu organismo, el resto está intentando calmar emociones (como el miedo, la soledad, ansiedad, frustración, etc.),
¿son quizás todos esos fantasmas, despiertos en la introspección, los que devoran nuestros platos?

De cualquier manera, ésa no es su experiencia en este retiro de silencio aislado.






Soltó el sonido de los pasos camino del comedor.
Regresó aquí y ahora.
Las hojas de los pinos resplandecientes, ofrecidas al sol, omnipresente y poderoso en un cielo claro;
las piñas esparcidas en un suelo de tierra y hojas secas y ramas y zarzas y arbustos verdes.
El silencio vacío y atronador al mismo tiempo.
El vuelo de una mosca, el aire sutil en las hojas de los árboles,
el canto de un pájaro, o dos,
la brisa levantando suavemente una hoja de su cuaderno,
las mariposas blancas.

Quién soy yo? *
Intuye que todo eso.





* Retiro personal
para la práctica
de la indagación "¿Quién soy yo?"

lunes, 17 de septiembre de 2018

Preparando el retiro.







Preparando el retiro.
Semana previa.
Preparándose a sí misma.
Preparando su actitud atenta.
Apareció ese libro de Dzogchen Ponlop
(ya el nombre le resulta sugerente e inspirador),
La mente más allá de la muerte.

Semana de pre-retiro.
Los preparativos.
Observación atenta, de sí misma.

Empezó haciendo una lista de los alimentos que debe llevarse para una semana.
Fruta, frutos secos, avena, café, arroz y verduras.
Y poco más.
Buscó en sus estanterías un libro que pueda ayudarla en su práctica (Quién soy yo?)
y apareció Dzogchen Ponlop.
Abrió el libro y leyó sobre el cuerpo ilusorio,
la atención despierta en la vigilia
y en el sueño onírico.
Contempló el terrado, la luz, las nubes y claros en el cielo,
el canto de los pájaros, el ladrido de un perro, el llanto de otro,
el motor de un coche, el motor del ascensor,
este cuerpo tranquilo,
los intestinos vacíos y silenciosos.
Descansan.
No lloran, no gritan. Descansan.

Bajó a la casa, silenciosa.
Le gusta fregar los cacharros del desayuno en la cocina,
ordenar la habitación, perfumar el aire con incienso.
Le gusta el día gris, las plantas de los terrados bailando al suave viento,
y la ropa en los tendederos.

Preparar el retiro es preparar su mente.
A veces piensa que ya tiene el retiro donde está en cada momento.
Pero de eso se da cuenta especialmente cuando se va de retiro.
Cuando, de repente, se enamora un poco más de las apariencias que conforman su vigilia,
las situaciones (ruidosas y caóticas a veces, a veces dulces y apacibles),
las personas, compañeras de viaje.







viernes, 7 de septiembre de 2018

La niña pequeña.






"Últimamente mi cuerpo me pide comida calentita, como un abrazo interior.
Creo que tengo a mi niña pequeña un poco descuidada, encerrada en mi vientre,
gritando a veces un poco de atención".

Lo escribía cuando proponía en el grupo el cuscús calentito para el próximo ágape.
Pero lo borró.
A quién le importa?
Otra vez como callarle la boca a la niña pequeña
causando estropicios en sus intestinos.






Casi siempre que se despiden, siente que las cosas importantes se quedan sin decir.
Como contarle el regalo de dos días de la casa vacía, para sí misma.
Anne Marie salió esta mañana a pasar el finde en Mallorca, con su madre.
El mismo día que debía llegar Kotaro de Japón.
Le esperaba esta mañana temprano y no llegó.
Le dijo que el último tifón ha cancelado muchos vuelos y llega el sábado.

Como una lluvia de bendiciones de la Vida,
entregada en el terrado,
nada que hacer,
consciente de dos días enteros, día y noche,
la casa para ella.

Te parecerá una tontería -piensa- pero esta soledad, esta privacidad,
es una puerta, como otra cualquiera,
abierta a la felicidad.
Qué tontería, compartir esta tontería!

Y, otra vez, como cerrarle la boca a la niña pequeña encerrada en sus intestinos.

A quién le importa?

Y siente que las cosas importantes se quedan sin decir.

Y se pregunta las cosas importantes (esas tonterías)
que las demás personas se han quedado sin contar.
Esas tonterías.





Mañana tenemos el encuentro semanal con la sangha.
El primero después de las vacaciones.
Facilita ella.
Y leerá un texto del maestro Rinzai (Linji):
"Amigos míos, ¡no os identifiquéis con este amigo ilusorio que es el cuerpo!"

Será una bonita tarde de meditar y compartir.
Pero duda que su niña pequeña, encerrada en su vientre,
haciendo estragos en sus intestinos,
tenga un respiro.

Sin embargo, quizás se mantendrá atenta para escuchar a otras niñas y niños pequeños
amordazados.
Lo que no se dice.
Lo que no se cuenta
porque hay otras cosas mas importantes y más urgentes
que decir.

Últimamente busca a las niñas y niños amordazados,
y es que quizás se está haciendo amiga de la suya.

Como en la música,
piensa que son importantes, necesarios, imprescindibles,
los silencios,
para dar espacio a que esas niñas y niños arrinconados
hablen.

Difícil,
cuando solemos tener tanta prisa.
Y tantas cosas importantes
que decir.






jueves, 23 de agosto de 2018

El juego del escondite.







Este cuerpo no soy yo.
No estoy limitado por este cuerpo.
Soy Vida sin límites.
Nunca he nacido
y nunca he muerto.

Contempla el inmenso océano o el cielo lleno de estrellas,
manifestaciones de mi verdadera 

mente-corazón 
maravillosa.

Desde antes de la existencia del tiempo he sido libre.
El nacer y el morir son sólo puertas por las que pasamos,
umbrales sagrados en nuestro viaje.
Nacer y morir son un juego,
el juego del escondite.


Por eso, ríe conmigo,
dame tu mano,
digamos adiós, digamos adiós
para volvernos a encontrar pronto.


Nos encontramos hoy.
Nos encontraremos de nuevo mañana.
Nos encontraremos en el origen de cada momento.
Nos encontraremos en todas las formas de Vida.




Thich Nhat Hanh





domingo, 19 de agosto de 2018

Después de la tormenta.







Lo observa como una inspiración.
El perfecto compañero de meditación.
Su caminar pausado.
El silencio.
La quietud contemplativa.
La concentración.
En los sonidos, la luz, lo que aparece.

Debajo del balcón hay otro balcón.
Debajo de este balcón mudo, quieto, solitario,
hay una cena tranquila
y un agradable compartir en voz baja.

Cleofás y ella contemplan la luz y se dejan bañar por un aire suave,
con la canción de cuna de sus voces, como susurros,
en el balcón de abajo.

Al otro lado del patio de vecinas hay una reunión algo más ruidosa
que a veces estalla en risas, lejanas.
Se dejan abanicar por las risas sin aversión ni deseo.

Abajo, en el mosaico de patios desiertos, un vecino aparece
como en una meditación caminando, sin prisa.
Nada que hacer, ningún lugar a donde ir.
Hoy no hay que regar las plantas, después de la tormenta de verano
que inundó las casas bajas y tiendas del barrio del Raval.

A su paso al Eixample, encontraba a las vecinas vaciando la inundación de sus viviendas
con cubos de agua que volcaban en la calle.

Hoy no hay que regar las plantas.

Un coro de grillos canta el atardecer.
Unas tórtolas cruzan el marco de cielo y terrados.
Suena el aleteo pero no su canto.
Cleofás no se inmuta.
Su largo cuerpo de largo pelo blanco y café con leche
desparramado sobre la mesa,
a su lado.

No hace falta nada más.
No hace falta nada.
No hace falta.

Todo es perfecto.
Tal como es.






viernes, 17 de agosto de 2018

El dolor puede ser una forma de encontrar a Dios








Qué queda cuando el sexo desaparece de tu vida,
y aquella copa de buen vino, embriagador, se convierte en tu enemiga,
y la comida también?
Tus mejores aliados tántricos para la inspiración y la plenitud
son ahora una amenaza.
Qué queda, entonces?, le preguntaba la amiga.

El silencio -pensó ella.
El silencio nunca podría hacer daño,
el silencio interior.

La quietud.
La entrega,
esa experiencia que, ya sabes, me gusta tanto.
Parece una decisión
cuando siempre ha sido un destino.
Como si la decisión tuviera algo que ver
con la entrega.

Qué queda?
Queda más. Mucho más.
Quizás aún puedes respirar sin problemas,
esa enorme riqueza.
Una experiencia cotidiana de interser.





Qué queda cuando la vida te retira tus mejores aliados tántricos,
con lo que te costó reconocerlos
(el sexo, la copa de vino, el plato en la mesa)?
Dónde encontrar la inspiración,
la mecha que encienda la pequeña llama que podría explosionar
en un fuego purificador,
bajo el cual todos los fotogramas
se carbonizan
para siempre.






Se dieron un espacio para la reflexión:

La intensa práctica tántrica me ofrece la oportunidad, entre otras cosas
de disolver el pequeño yo con el que me identifico,
morir para pasar a ser
simplemente
Plenitud,
Gozo,
Amor.
El Gran Gozo de la Vacuidad.
Lo que más se ha acercado a esa experiencia que puedo describir, tal como la describo,
ha sido a través del sexo,
implicando el cuerpo en la experiencia de la meditación
-le contaba la amiga.

Pero qué pasa cuando el sexo vuelve a desaparecer (madura el desinterés)?
Aún tienes la comida para esa experiencia de fusión, amor, desaparición,
interser.
Y quizás una copa de vino
haciéndolo aún más fácil.

Pero entonces llega la Vida y te quita la copa de vino
(otra vez el desinterés, un organismo que ya no la desea)
y el disfrute del comer.

Pero lo cierto es que nunca es del todo así
-continuó ella, siguiendo el hilo de la amiga.
Puedes dejar de comer por un tiempo cosas que en otro tiempo te conectaban con el cuerpo de Dios.
Pero aún te queda quizás el agua,
como un río que navega por los ríos de este cuerpo.
La sopa como un caldo de diosas.
O los campos de arroz conteniendo todo el sol y el agua.
O el puré de hojas verdes
como un néctar de las entrañas de la tierra,
ofrecido a las entrañas de este organismo, entregado.
El interser.

Qué queda?
Seguir intersiendo.

En cada respiración tienes la oportunidad de realizar la misma experiencia sorprendente (en su día)
de la muerte y el renacer inmortal que experimentabas en el sexo.






Quizás la Vida te va desvelando caminos rompedores e insospechados desde el nivel más fácil
para quitártelos luego y obligarte a descubrir otros.
Y cada vez, cuando te parece que te ha arrebatado todos los caminos,
todas las herramientas,
descubres que aún te quedan otras, más sutiles
pero no menos poderosas.


Siempre nos quedará el silencio, dijo ella.
La quietud.
La contemplación.
La respiración, quizás.
La piel interactuando con la brisa suave,
o la no brisa.
Los poros de la piel abriéndose,
en ríos de yo misma,
o cerrándose.
Los aromas.
Quizás un baño de mar,
o un baño de bosque.
Las personas con las que interactuar
y materializar el amor profundo.
Los animales, las plantas, las situaciones.
Cleofás.
La luz del atardecer.
La oscuridad de la noche.





Conforme la Vida me los vaya arrebatando,
sé que tendré la oportunidad
de descubrir otros caminos
para el despertar.
Hasta que ya no precise ninguno.


La misma sensación de empacho pesado,
el estómago cerrado.
Incluso el dolor.
(Una vez escuchó:
"El dolor puede ser una forma de encontrar a Dios").
Todos son caminos.

Hasta que ya no precises ninguno.