miércoles, 30 de abril de 2014

El placer de no hacer nada.




El placer?
El displacer?
Simplemente
no hacer
nada,
parar.
Ni siquiera meditar.
Entregarse a la luz
de la tarde, la quietud,
el calor de la luz
del sol de la tarde que inunda la habitación.
Entregarse, disolverse.
Cómoda. Sin caminar, sin pedalear,
sin entrar en el agua fría, sin nadar.
Quieta. Sin viento frío enredando los cabellos y pasando las hojas del cuaderno,
sin sol ardiente sobre la cabeza y el pecho.
Quieta en la quietud.
Aceite de almendra y cedro sobre la piel de sol y sal de mar de la mañana.
Aroma de cedro y sol y salitre inunda este mandala
en la lista de los mejores mandalas de su mandala.
El mandala de la no acción.



lunes, 28 de abril de 2014

El cielo en la tierra.





Querida madre
Tierra:


Hay quienes caminan sobre ti buscando la tierra prometida,
sin darse cuenta de que tú eres ese prodigioso lugar
que hemos estado buscando toda nuestra vida.
Tú ya eres un extraordinario y maravilloso Reino de los Cielos.
Tú ya eres la Tierra Pura en la que incontables budas y bodisatvas del pasado se manifestaron, alcanzaron la iluminación y enseñaron el dharma.

No necesitamos imaginar una Tierra Pura de Buda en Occidente ni un Reino de Dios en lo alto, al que iremos cuando muramos. El reino de los Cielos está aquí, en la Tierra. El Reino de Dios está aquí y ahora.




No necesitamos morir para entrar en el Reino de Dios.

De hecho,
muy al contrario, necesitamos estar muy vivos.

En cada paso podemos tocar el Reino de Dios.

Cuando conecto profundamente, ahora mismo, en la dimensión histórica, con ese reino, estoy en contacto con la Tierra Pura, con lo último y con la eternidad.
En profundo contacto con la Tierra y los milagros de la vida, conecto con mi verdadera naturaleza.

¿No pertenecen acaso la exquisita flor de la orquídea, el rayo de sol y hasta mi milagroso cuerpo, al reino de Dios?


Si miro profundamente la Tierra,
ya sea una nube suspendida en el cielo o la caída de una simple hoja, puedo ver la naturaleza de no nacimiento y no muerte de la realidad.

Tú, querida madre, nos trasladas a
la eternidad.

Nunca hemos nacido y nunca moriremos.

Cuando entendamos esto, podremos valorar y disfrutar plenamente de la vida, sin miedo a la vejez ni a la muerte, sin quedarnos atrapados en complejos sobre nosotros y querer que las cosas sean diferentes a como son.
Ya somos -y siempre hemos sido- lo que estamos buscando.


El Reino de los Cielos no existe fuera de nosotros, sino dentro de nuestros corazones. Que seamos o no capaces de conectar con el Reino de Dios en cada paso, depende de nuestra manera de mirar, de nuestra manera de escuchar y de nuestra manera de caminar.
Cuando nuestra mente está tranquila y el paz, el mismo suelo que hollamos se convierte en un paraíso.




Hay quienes dicen que en su cielo no hay sufrimiento, pero... cómo podría, en ausencia de sufrimiento, haber felicidad? Necesitamos abono para que las flores crezcan y lodo para que florezca el nenúfar. Y necesitamos también dificultades para poder superarlas.
La iluminación es siempre iluminación de algo.



Me comprometo, querida madre, a cultivar esta forma de mirar.
Me comprometo a ejercitar la mirada atenta, aquí y ahora, hasta poder tocar día y noche la Tierra Pura, el Reino de Dios.
Hago el voto de tocar, en cada paso, la eternidad.
Hago el voto de tocar, en cada paso, el cielo en la tierra.





(Un canto de amor a la Tierra. 
Thich Nhat Hanh)












sábado, 26 de abril de 2014

Rabietas.





Querida amiga:

Se está llenando
el interior de la cafetería.
Demasiado viento fuera.



Sobre la meditación de ayer, bien, pero no veo que muchas personas estén por la labor de "el cielo en la tierra", la carta que leí de Thay. Percibo intensa adicción al sufrimiento.
Aferramiento al yo que sufre (ansiedad, enfado, insatisfacción, rabietas...). Rabietas.
Con qué pasión nos aferramos a este yo descontento, que nunca tiene bastante.
Un niño (o niña) caprichos@ que cree que siempre está la alegría en el otro autobús.
Peor aún cuando diseñamos un plan, y lo deseamos obcecadamente, contra las disposiciones de la vida.
Y nos pasamos la vida presas de la rabieta, cegad@s por la ira, porque no se cumplen los deseos.
Cegad@s, sin poder ver el gran abanico de posibilidades que se despliega en la propuesta que ya tenemos delante. Qué desperdicio.




En su viaje, el principito se encuentra con alguien que dice ser el rey del universo y que todas las criaturas del cosmos obedecen sus órdenes. Para retarle, el principito le dice: Pide que se ponga el sol -cuando es la primera hora de la mañana. Y el rey le mira como si el visitante no entendiera: Me obedecen porque les pido lo que es posible, cuando se dan las condiciones -le explica.




Cómo nos obcecamos en desear lo que no toca, mientras ignoramos la abundancia de frutos que ya están madurando. Qué tozudez. Qué desperdicio.

Hay gente que piensa que carezco de ambiciones. Otras podrían pensar que soy la persona más ambiciosa del mundo, empeñada en experimentar todo lo que aparece
en este preciso instante, allá donde pongo los pies. No conozco una ambición mayor que la atención plena.

Qué obsesión con identificarnos con el yo insatisfecho que no deja de sufrir, mientras ignoramos al yo completo que ya somos, el yo que está en casa, que ya ha llegado (nos llenamos la boca de repetir las palabras de Thay en la meditación pero qué tozudez en no creer lo que decimos). Y seguimos ignorando al yo completo en la Tierra Pura.




Al final de la meditación, alguien pidió que le dejemos respirar, de vez en cuando, al yo completo que ya somos, y al ser completo que hay dentro de cada persona, animal o cosa con los que nos cruzamos.
Que dejemos respirar (para no ahogarlo más) al ser completo que ya somos
en la Tierra Pura que ya es.
Aquí.
Ahora.



Lo que importa es la experiencia.








Sentaíta en la escalera
esperando al porvenir
y el porvenir que no llega.

(Estrella Morente. Tangos del cerro).



La Tierra Pura está aquí.








Ella antes pensaba que, en las crisis, era normal que desaparecieran las actividades superfluas.
El arte, la cultura, la comunicación -todo eso a lo que ella había dedicado la mayor parte de su vida.
Los oficios útiles y reales eran lo importante, como arreglar grifos, construir casas y recoger la basura.
Y aún cree que todo eso está bien, para mantener el escenario
virtual.


Pero lo que importa, también, es
la experiencia.
Las emociones, las sensaciones,
la presencia.
Que no le digan que Estrella Morente cantando los Tangos del cerro
sobra.

Cualquier grito, cualquier lágrima, risa, abrazo, silencio...
en un poema, en una canción, en un fotograma, en un cuadro o sobre el escenario.
Que no le digan que sobra.
La voz,
la mirada,
la huella.
Del ser que somos.
De paso.















viernes, 18 de abril de 2014

Tocar y soltar.







Que se pare el tiempo.
Que deje de girar
el sol
y la tierra.
Que la luna se detenga.
Que la réplica de
la ventana de sol quede inmovilizada en la pared de este cuarto
como un nido de calor, como un útero.
Que la tarde sea como un fotograma.
El fotograma.
Un fotograma es suficiente si entras en él y te entregas, si te disuelves. No hace falta más.
Ya no hace falta la película.
Si tocaste la inmortalidad del fotograma.
No hace falta más.




No hace falta más pero aparece.
No es que haga falta
pero ahí está, la ilusión del movimiento,
un fotograma tras otro.
Sólo puedes tocar
y soltar.
Abrirte y dejarlo pasar.
La sombra de luz ya no está en la pared.
El sol siguió su rumbo.
La ropa tendida baila en la terraza de enfrente,
y las hojas de las plantas y los toldos, bailan.
Las palomas vuelan, a veces cantan, los perros ladran.
La luz de la tarde invade su cuerpo y su alma
(sea lo que sea y le llamen como le llamen),
como una experiencia de embriaguez.
Embriaguez de luz, de primavera, de atardecer
mediterráneo.


Ya tiene suficiente, quisiera descansar ahí,
en la luz y los sonidos de la tarde, en el aroma de primavera,
en la temperatura perfecta abrazando su piel semidesnuda.
Ya tiene bastante; si pudiera descansar ahí...







Pero ya se anuncian las luces explosivas del crepúsculo, como un espectáculo magistral que hace que el viento se detenga, y los pájaros, y se callen los perros, como si todas las criaturas se postraran ante este despliegue de poder que precede a la noche.
Cuando la oscuridad llega como un amante que hace posible la meditación
(la experiencia)
en la muerte,
el amor
y la vacuidad de todos los fenómenos.

Y aún entonces, tocar
y soltar.






jueves, 17 de abril de 2014

Meditación en la vida cotidiana.




El instinto de supervivencia es algo innato. 
El maestro budista Chögyam Trungpa nos propone que lo utilicemos en la meditación sobre la vida.
Reconocer que estamos aquí (allá donde estemos) 
en este preciso 
instante.



Así, siempre que tenemos la sensación del instinto de supervivencia en funcionamiento, ésta puede transmutarse en una sensación de existencia, en una sensación de ya haber sobrevivido. La atención se convierte en un reconocimiento de la existencia. No se trata del "Gracias a Dios, he sobrevivido!", sino de algo más objetivo e imparcial:
"Estoy viv@, estoy aquí, que así sea".




Puede ocurrir que nos guste realizar la práctica de la meditación con un sentido de pureza o austeridad. De algún modo, al meditar sentimos que estamos haciendo algo correcto y nos sentimos un chico bueno o una chica buena. Y no sólo sentimos que estamos haciendo algo bueno, sino que también estamos escapando de un mundo horrible. (De ahí, el énfasis en la renuncia, la purificación, etc.) Sentimos que nos estamos purificando, que estamos renunciando al mundo y que nos asemejamos a los yoguis del pasado. Aunque, de hecho, no meditemos en una cueva, puede que estemos considerando el rincón de nuestra habitación que hemos dispuesto para meditar como si fuera una cueva. Quizás cerramos los ojos y sentimos que estamos meditando en una cueva en las montañas. Este tipo de imagen suele hacernos sentir bastante bien. Parece algo correcto, puro, seguro.




Pero esta fuerte tendencia es un intento de aislar la práctica de la meditación de nuestra verdadera situación vital. En este sentido, construimos todo tipo de imágenes y conceptos extraños acerca de la meditación. Puede resultar placentero (y una tentación supuestamente espiritual) considerar la meditación como algo austero y por encima de la vida, pero la atención a la vida nos conduce justo en la dirección opuesta.
El punto de vista de la atención a la vida es que si estamos meditando en una habitación, estamos meditando en una habitación. No pensamos que la habitación es una cueva.
Si respiramos, respiramos, en vez de convencernos de que somos una roca o un trozo de madera inmóvil. Mantenemos los ojos abiertos y, simplemente, estamos allí donde estemos. Desde esta perspectiva, no se fabrica ninguna imagen, sólo asumimos nuestra situación. Si el lugar en el que meditamos se encuentra en un entorno lujoso, simplemente meditamos allí, y si se trata de un entorno modesto, simplemente meditamos en él. No se trata de intentar escapar de un lugar para ir a otro, sino de captar simple y directamente nuestro proceso vital.
Esta práctica es la esencia del
aquí,
ahora.




Luego, la meditación se convierte realmente en parte integrante de nuestra vida. y no sólo en una práctica o un ejercicio. Se vuelve inseparable del instinto de vivir que nos acompaña a lo largo de toda nuestra existencia.




Esta atención genera claridad, habilidad e inteligencia y provoca que nuestra experiencia de la realidad deje de producirse en el marco de una inmensa confusión psicosomática (nuestro concepto limitado del cuerpo y del ser) y pase a situarse en el cuerpo real, debido a que simplemente nos conectamos con lo que ya está sucediendo,
en lugar de proyectar nada encima. (Ni infiernos ni tierras puras ni ninguna creación adicional de la fantasía).








Pero, de nuevo, es necesario recordar que una vez que tenemos esta experiencia de la presencia de la vida, no debemos aferrarnos a ella.
Sólo hay que tocar y soltar.
Hay que contactar esa presencia de la vida que es vivida y, después (o en el mismo instante), dejarla.
No se trata de ignorarla; soltar no significa que tengamos que dar la espalda a la experiencia y desconectarnos de ella sino que simplemente estamos en ella sin añadir ningún análisis ni ningún tipo de reafirmación suplementaria.

Intentar preservar nuestra vida, o querer tranquilizarnos pensando que podemos llegar a conseguirlo, de hecho produce una sensación más propia de la muerte que de la vida.



Así pues, la atención aquí no es algo que tengamos que conseguir, o algo a lo que tengamos que aferrarnos, sino que se trata de estar en el momento en el que sucede nuestro proceso del vivir. Y simultáneamente soltar.










("Nuestra salud innata", de Chögyam Trungpa)



miércoles, 16 de abril de 2014

Las monjas del Raval.




Su amigo le hablaba de la entrevista en
la contra de La Vanguardia, a tres monjas católicas que habían cogido un piso para compartir en el barrio del Raval de Barcelona. Juntaban sus pensiones y entre las tres sumaban 600 euros, suficientes para vivir y pagar los gastos de un piso pequeño y muy modesto, de baja renta. Y aún les sobraba algo para invertir en su trabajo.
Su trabajo, a qué se dedicaban las horas del día y de la noche?
Principalmente a ayudar a l@s más necesitad@s del barrio: personas enfermas y ancianas, o en extrema soledad, niñ@s sin recursos, prostitutas, drogadictos, delincuentes... Ellas no juzgaban, decían. Se limitaban a acompañar y ayudar en la medida de sus posibilidades a las personas que sufrían. A veces bastaba un rato de tu tiempo, la mera compañía, una sonrisa, un abrazo, una caricia, recados, gestiones, conectar con los servicios sociales, conseguir un techo, becas, asistencia médica o pensiones para quienes lo necesitaban.
Preferían esto que la vida del convento o el confort de los monasterios.




El amigo tenía que irse, tenía prisa porque había que ayudar en el nuevo local del centro de meditación al que asistía. Llevaban meses de trabajos voluntarios a destajo, busca, localizaciones, reconstrucción, donaciones de dinero. El local estaba quedando precioso, con vidrieras que dan al patio interior y a la calle, nuevas estatuas de Buda bañadas en polvo de oro, ofrendas preciosas, de la categoría que precisan los seres sagrados. Y todo ello, gracias al trabajo desinteresado, las cuotas y donaciones de l@s estudiantes.
Y el otro local, donde se invirtió tanto trabajo, reformas, altares, dinero?...
Bueno, para el beneficio de los seres sintientes, hay que buscar un local más grande y acogedor, en un barrio mejor y más céntrico.
Y aquellas instrucciones del dharma en las que tanto meditamos sobre
"permanecer satisfech@"?
Pero ésta es una insatisfacción "virtuosa", porque queremos ofrecer lo mejor a los Budas, para que nuestros huéspedes, Budas y seres sintientes, se sientan bien recibidos, en un entorno acogedor. Para poder llegar a más gente.

Ella asintió y no dijo nada.

Y pensó en las monjas del Raval.