sábado, 14 de agosto de 2010

La culpa de todo la tiene mi madre.

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Una de las meditaciones de los
"ocho pasos", sobre la forma budista de amar, consiste en percibir a todos los seres como si fueran (han sido o serán) nuestra madre.
Empieza por
tu propia madre, la que tienes en esta vida.

Kunsang transmite con una contundencia y una lógica aplastantes las instrucciones del dharma, tras la iniciación de Amitayus, el buda de la larga vida (Manjusri, verano del 2010).
De repente se detiene y hace un inciso y nos mira de una manera diferente:
Pero tal vez tú eres de esas personas que han sufrido mucho en su infancia, y le han hecho mucho daño, y está lleno de heridas, y se ha pasado la vida arruinándose en psicoterapias que le ayuden a sanar sus traumas y aún no ha podido perdonar a su madre...
Me alegra que hayas pasado por aquí, porque en unos minutos de meditación sincera puedes cambiar tu visión y resolver todos tus problemas con tu madre.

Nada que perdonar.

Mucha gente sonríe. Yo diría que de las más de 2000 personas entre el público una gran mayoría ha dejado de tener los traumáticos problemas que tenía con su madre -la minoría restante probablemente nunca los tuvo.
No encontrarás una sóla persona budista en tu camino que siga quejándose de las heridas que le infligió su madre, o su padre. Apostaría todo lo que tengo a que no existe un sólo practicante budista (practicante sincero, de corazón) que siga guardando odio, resentimientos y ni el más mínimo dolor por los incisivos y traumáticos errores o maldades de la madre.
Entre otras cosas, porque, con la práctica, poco a poco se va disolviendo el discurso egocéntrico y victimista; con el amor que quiere la felicidad y la libertad de los demás, el egoísmo se reduce; con la práctica de "cambiarse" desarrollas la compasión, la comprensión y la sabiduría que te saca de tu intransigente punto de vista.
El amor lúcido te permite comprender y la comprensión te descubre que no tienes nada que perdonar.



Qué te ha quedado en lugar del resentimiento?
Sólo gratitud,
profundo amor
y respeto.

Gratitud y respeto.

Kunsang dice: como aperitivo, te voy a dar tres razones que deberían acabar con todas las heridas y con la lista de reproches que guardas para tu madre.

1. Porque te ha dado la vida.
Podía no haberlo hecho (a veces, las circunstancias son tremendamente difíciles para una mujer que decide o se ve obligada a ser madre) y, sin embargo, siguió adelante con ese embarazo que te permitió nacer y experimentar esta vida humana en la que puedes aprender todo lo que tienes que aprender para ser definitivamente feliz -y despertar del sueño de la ignorancia.
Para mí, ésta es una razón más que suficiente para amar, respetar y sentir sólo gratitud hacia tu madre -dice Kunsang.
Y puedo asegurarte que esa gratitud te hará muy feliz.
Pero si aún no estás convencido, aquí tienes algunas más.
Si, además, fue ella quien se ocupó de ti, te crió y educó (lo que ha ocurrido en la gran mayoría de los casos), piensa en cuántas veces te salvó de accidentes o incluso de la muerte, para que hayas llegado a la vida adulta. Le debes la vida (esta valiosa existencia humana) un millón de veces.

2. De acuerdo a la ley de causa y efecto, cada cual ha creado las causas para tener la madre que tiene, lo cual es una oportunidad para purificar y aprender. Quizás la persona que más odias es en realidad tu mejor maestra, quien te está ofreciendo la oportunidad de aprender lo que te niegas a aprender por otros medios.

3. Tu madre y tu padre hicieron lo mejor que pudieron, de acuerdo a sus limitaciones y a su propio karma, al igual que lo hiciste y lo estás haciendo tú. Tal como tú lo harás cuando seas madre, o padre, lo mejor que puedas, de acuerdo a tus limitaciones personales y a tu propio karma.

Reconciliarte con el pasado te ayuda a construir el futuro.

Sé como un actor, una actriz, que sale de su personaje.

Ponte por un momento en la piel de tu madre y cierra los ojos y deja pasar por tu corazón la experiencia de su vida y siente sus heridas,
en vez de las tuyas, sólo por un instante.
Y siente el amor que la llevó a sacarte adelante.
Lo poco o mucho que hiciera
-si no fuera por eso, tú hoy no estarías aquí.


Cambiarse por los demás es la gran práctica que te permite reconciliarte con tu pasado,
con tu presente
y con tu futuro.
Y te permite seguir adelante
de una forma adulta
y responsable.

En libertad.

jueves, 15 de julio de 2010

Cuídate mucho.








Nos pasamos las clases desenmascarando
a la estimación propia (el egocentrismo)
y profundizando en meditaciones sobre el amor a los demás.
La consigna (ya lo dijo Geshe-la) es: cambia tu objeto de estima;
deja de estimarte a ti mismo para empezar a estimar a los demás.

Acaba la clase,
sonrisas y despedidas: cuídate mucho, disfruta de la semana.
Cuídate. Disfruta.
¿Es una contradicción? ¿No estamos hablando de dejar de poner la atención en una misma?
Claro, y eso es precisamente lo que ocurre cuando una persona deja de poner la atención en sí misma: que disfruta, que se cuida de verdad.

Rabjor lo dijo bien claro en una clase: se trata de cuidar a las personas, no sus perturbaciones mentales.
Se trata de cuidarme a mí misma, no los engaños egoístas que tanto me hacen sufrir.

El "yo" impostor.

Desde el principio de los tiempos he dedicado mi energía y atención a satisfacer las demandas de mi estimación propia. Desde el principio de los tiempos, parece que la función de mi vida sea asegurar la protección y la felicidad de este "yo". Cada pensamiento, palabra y acción están encaminadas a conseguir ese objetivo.
¿Y lo he conseguido?
Definitivamente, no.
Este "yo" está cada vez más engordado y más insatisfecho, más arraigada su adicción al bienestar que nunca consigue
y en su lugar aparece una frustración permanente.
Como un niño mimado y caprichoso que pide y pide sin parar y me someto, esclava de sus caprichos, para tenerle contento. Y nunca
lo está. Ni lo estará.
Por qué?
Porque este "yo" al que le estoy dedicando toda mi vida
no existe.
Es una construcción mental que he ido dando forma y consolidando a lo largo de mi vida:
Marié, periodista, madre, hermana, hija, etc, etc.
Empiezas a escuchar, desde pequeña, que eres guapa, o fea, y guapa o fea forma parte de tu propia construcción mental; inteligente o cortita, generosa o "casasola", rebelde o buena o mala persona, lo que sea.
Construyes un "yo" y dedicas tu vida a alimentarlo,
a cuidarle, a protegerle, a tenerle contento.
Pero esto, todo este trabajo que te mantiene ocupada las 24 horas del día, ¿te hace feliz a ti? ¿Consigues tus objetivos?
Definitivamente no.
Lochani te lo dice, conmovida de compasión: ¿no lo ves? Estás dedicando tu vida a un "yo" que no existe.
Y, mientras tanto, estás descuidando y manteniendo en el sufrimiento al yo que sí existe, el que experimenta las consecuencias de tus acciones e intenciones.

Como Lochani, no puedes evitar que se te salten las lágrimas cuando lo contemplas:
tanto trabajo, tanto sacrificio, tanto sufrimiento, las personas agotadas, estresadas, malhumoradas, separadas, haciéndose daño entre sí ... para qué?
Para contentar a un "yo" que no existe y por eso no podrá contentarse nunca.

Disfruta.

Cuando acabo un carta o me despido de alguien y digo "cuídate mucho", digo bien.
Cuando digo "disfruta" es mi corazón quien habla.
Desde el fondo de mi corazón deseo que te cuides, que disfrutes mucho del día, de la semana, de la vida, que seas feliz.
Tú, no ese impostor que se ha colado en tu vida.
Cuando seas feliz,
en esos momentos en los que (por un milagro de la vida, porque conectas con la esencia o por las bendiciones de los budas, llámalo como quieras) eres feliz,
no puedes hacer daño a nadie, ni siquiera a ti misma.

Entonces y sólo entonces, fíate de ti;
de tus pensamientos, de tus instintos, de tu corazón,
sólo entonces créete.
¿Fue Gueshe Potowa quien lo dijo?: Depende sólo de una mente feliz.
Confía
sólo
en una mente feliz.

Así que, insisto y digo bien: disfruta, cuídate mucho.
Cómo?
No dejes que el "yo" que no existe (el ego, la estimación propia) sabotee tu vida.

Cambia tu objeto de estima y cuidados.

Y cómo hacerlo?
Sé cual es el "yo" que no existe: al que le he dedicado toda mi vida y me hace infeliz, el que está presente en mi mente las 24 horas del día.
Pero, cómo sé cuál es el "yo" que sí existe? Cómo puedo hacerle feliz?
De momento no le conocemos, verdad? Tan ocupadas con el otro, que se ha adueñado de todo el espacio.
De momento, no sé a quien hacer feliz, pero sí sé a quién quiero dejar de contentar:
ese "yo" que me ha controlado toda mi vida.
Y la manera más fácil de dejar de pensar en él es empezando a pensar en los demás.

Ése es el camino. Yo no conozco otro camino.

Cuando dejo de pensar en mí y empiezo a pensar en los demás,
cuando dejo de dedicar mi vida a cuidarme a mí y deseo de corazón cuidar a los demás (no a sus perturbaciones mentales; no sus engaños, de la misma manera que no deseo alimentar los míos)
entonces, como por arte de magia,
por un milagro de la vida,
por la conexión,
por las bendiciones de los budas,
llámalo como quieras,
aparece la alegría, la felicidad, el gran gozo
profundo.


Y en esa experiencia reconozco
al yo
que existe.

viernes, 9 de julio de 2010

Ésta es la meditación que necesitas para el día de hoy.











A veces parece que suena mal tanta santurronerría y tanta bondad, verdad?

A veces, suena poco moderno y hasta empalagoso, en la sociedad de la individualidad y la arrogancia donde triunfan títulos como
"Sé mala", "Las chicas buenas van al cielo y las malas a todas partes", etc.
Una buena persona puede parecer tonta y, sobre todo, poco interesante.
Los personajes auténticamente atractivos de las películas suelen ser los malos.
Y sin embargo, qué poco funciona esto, en última instancia, en la salud emocional.

Si se lleva el egoísmo, seamos egoístas, pero de una manera inteligente.
Y estimar a los demás es la forma más inteligente de ser egoísta.
Para empezar, porque estimar a los demás es el mejor antídoto preventivo de enfados, odios, celos, envidias, apegos, deseos de control, exigencias, etc. Todos esos sentimientos negativos que nos hacen sufrir y tanto hacen sufrir a los demás, especialmente a los que "queremos" -a los que queremos controlar.
Cuando estimas, respetas
y ese amor, ese respeto, te impide ponerte siempre por delante, dar prioridad a tus deseos sobre los de los demás.
Cuando estimas de verdad, no hay espacio para todos esos sentimientos malsanos que tanto dolor producen en todas direcciones.
Y en su lugar, qué queda?

Cuando no surge el enfado, el odio, los celos, la envidia, las exigencias... qué queda?

Queda la paz.
Queda espacio para la paz, la satisfacción, el bienestar.



Por otra parte, sólo cuando estimas a una persona de verdad te resulta fácil, espontáneo y natural practicar la paciencia y la generosidad. Y eso da lugar a un comportamiento de consideración hacia los demás que les beneficia, que les hace felices. Y qué ocurre cuando las personas a tu alrededor son felices? Que da gusto convivir, verdad?
Si tú estás relajada, sin la tensión de "perder" (de que se aprovechen de ti), si das sin miedo, qué ocurre?
Que las personas a tu alrededor responden de la misma manera: sin tensiones, sin desconfianza, sin miedos. Se liberan. Y dan
con generosidad.

Y, por último, la gran noticia: y es que amar hace la diferencia.
El amor es lo que marca la diferencia entre una vida mediocre y una vida de calidad.
Sin amor, la vida es aburrida, la indiferencia está presente en todos tus pensamientos, actividades, emociones.
Pero aparece el amor y surge la conexión, la alegría, las risas.
La desdramatización de las pequeñas tonterías obsesivas que van amargando la vida.

Estimar a los demás no tiene más que ventajas.

Si meditas en las ventajas del amor que estima a los demás, es posible que sientas, como Mercè (una alumna nueva, en la última clase):
Ésta es la meditación que necesitaba para el día de hoy; salgo con una sonrisa de oreja a oreja. Gracias.


Yo también, Mercè.

Ésta es la meditación que necesitaba para el día de hoy.

martes, 6 de julio de 2010

El yoga de las acciones cotidianas.







Si contemplas
una puesta de sol entre las nubes grises,
el sol irradiando por detrás de todas las nubes
-tal y como yo la estoy contemplando ahora-,
absórbela,
deja que te saque de tu cuerpo
(ese cuerpo prestado)
y ofrécesela a tu yídam
en tu corazón
-no lo digo yo, lo dice el tantra.
Si te gusta la rúcula con pasas de Málaga y olivas negras de Aragón y queso curado de oveja y semillas de calabaza
y un vino de crianza,
degústalo como si cada segundo fuera el último de tu vida
y quisieras morir ebrio
de gozo, grande,
y ofréceselo a tu yídam
para que te dé la mano en el camino de transición.
Si te gusta el saxo suave de Sonny Rollings
o la voz de pájaro triste de Lena Horne,
cierra los ojos y vuela y ofréceselo a tu yídam
en tu corazón.

Vajrayoguini, Tara, Heruka, Vajrasatva, da igual,
ponle cara a tu yídam y dáselo todo.

Disfruta de todo para dárselo todo
-cuando ya no eres tú.

Quizás no hayamos entrado aún en la ciudad del Tantra, pero ya vamos pisando algunos barrios de los suburbios, en la periferia. Un poco más cerca.
Cada vez un poco más cerca.









Nota:
Crees que la puesta de sol es una puesta de sol; y la rúcula y el vino, rúcula y vino; y el saxo de Rolling y la voz de la Horne, saxo y voz,
pero has de saber
que todas las formas visuales son en esencia manifestaciones de las diosas Rupavajras;
que todos los gustos son diosas Rasavajras;
que todos los sonidos son diosas Shaptavajras;
todos los olores, diosas Ghendevajras,
y todos los tactos
diosas Parshavajras.
No lo digo yo,
lo dice
el yoga de experimentar néctar,
tal como lo cuenta la Guía al Paraíso
de las Dakinis.













Cada vez
un poco más cerca.

sábado, 26 de junio de 2010

Hoy toca ser buena persona.










Hoy es uno de esos días que se anuncian duros, amigo mío,
uno de esos días en los que una se despierta avisada.
Abre los ojos y lo ve:
que toca ser resistente como la caña de bambú;
flexible ante la adversidad
y resistente.
Que toca humildad.
Paciencia.
Que toca soltar cada pérdida
que haya que perder.
Que toca dar voluntariamente -de todas formas va a ser un día de pérdidas,
mejor anticiparse y soltar
voluntariamente.
Que toca encontrarse en el dolor ajeno, que es el mismo que sientes,
el dolor ajeno de hoy
o de ayer
o de mañana.
(El dolor de siempre en esta experiencia kármica).

Hoy toca regalar caricias a cada ser sufriente con el que te cruces;
caricias de pensamiento,
palabra
y obra
a todos los seres, sin excepción.

Hasta mi gato se ha despertado esta mañana con las armas abandonadas,
tranquilo, sumiso, aceptante,
y elige dormir.

Yo, sin embargo, voy a pasar por la vigilia con los ojos bien abiertos y haré lo que tenga que hacer
(hay momentos en que los seres humanos no pueden escaquearse y echarse a dormir),
avisada de que hoy es un día para la práctica.




Hoy toca ser buena
persona.

domingo, 20 de junio de 2010

Yo, los duelos, con cava.










Me lo dijo una persona a la que quiero mucho,
que se lo había dicho una persona a la que quiere mucho:
"yo, los duelos,
con cava".
Bonita frase.
Yo también, pensé.
Los duelos, las pérdidas, los dolores,
con
celebración.


Pero, para mí, el mejor cava no es un brut de los caros, celebrar las penas en el mejor restaurante, hacer un viaje o empezar a coger taxis rompiendo el hábito de los transportes públicos
(al menos no necesariamente).
Celebrar,
"tratarme como una reina", para mí, es, por ejemplo,
percibir la luz de la tarde -o de la mañana, o de la noche-,
contemplar el mar,
sumergirme en el mar helado
o cálido, cristalino.
Parar.
Mirar mi estatua de Vajrayoguini
con su rostro que destruye todos los engaños
y desvela el gran gozo y la vacuidad profundas,
o de Vajrasatva
que acaba con todas las inercias saboteadoras.
Vajrasatva sentado con su consorte.
O sin consorte.

Parar.
Abrirme -a las bendiciones.
Contemplar.
Comprender.
Soltar lastre.

Para mí, el mejor cava es gratis.
Caminar por la montaña del Montjuïc
y respirar el regalo del aire fresco
y limpio.
Parar.
Meditar.
Abrirme.
Desprenderme
de la armadura oxidada del caballero que no soy,
de la dama que no soy.

El mejor cava es la liberación.
Y, en budismo, se dice que es la otra cara de la renuncia.
De hecho, la renuncia es el paso previo, la antesala
de la alegría infinita de la liberación.
Y no existe duelo en la renuncia,
sólo el alivio
del lastre liberado.

Parar, abrirse, soltar,
sentir la ligereza.


Celebrar la vacuidad del yo, abrirse a la compasión.

Para mí, el mejor cava no es tirar la casa por la ventana, encadenarme más de lo que ya lo estoy
(y si surge, es mera anécdota).
Es
soltar cadenas.
Tirar por la ventana el yo que me esclaviza
y me limita
y me impide ser quien soy.
Tirar por la ventana a la niña egocéntrica que llora y llora sin parar, pobrecita de mí,
en vez de darle golosinas para que se calle, porque el ego caprichoso y malcriado nunca se va a callar,
nunca tiene bastante,
y sólo conseguiría engordarlo
y darle más poder tiránico del que ya tiene.

El duelo, además,
me conecta con el dolor de todas las personas que están sufriendo la misma pérdida,
me hermana en el dolor
y, entonces, ya no duele mi dolor
sino el dolor del mundo.
En cualquier caso, para qué engañarnos, ¿alguien nos dijo que no íbamos a pasar por este tipo de pérdidas
y otras?
¿Qué otra cosa podíamos esperar de esta experiencia humana?


La riqueza de la renuncia.

Contemplar el significado de esta existencia humana, ayuda;
entender en qué consiste; aceptar las experiencias por las que has de pasar.
Y transcenderlas.
Soltar lo que posees y, sobre todo,
soltar los deseos.
Dejar de desear para empezar a apreciar.
Y ya no necesitas nada.
Eres grande, rica, poderosa,
porque no necesitas nada.
Lo tienes todo
y todo te sobra.
(Como los grandes superhéroes de los cómics de tu infancia).
Ya nada puedes perder.
Se acabaron los duelos.

Yo, los duelos, los abrazo
porque me recuerdan que no hay nada que perder
ni que poseer
porque lo eres
todo.



O estás en camino de serlo,
una vez que
lo descubres
(quien eres
y como son
las cosas)
en el duelo.

domingo, 30 de mayo de 2010

Somos como personas dormidas que otorgan a sus sueños carácter de realidad.







Toda nuestra tarea y nuestro objetivo en la vida consiste en
vivir lo que somos.

Si no se colara nuestro orgullo neurótico (con frecuencia hábilmente disfrazado, buscando compensar y justificar sus necesidades pendientes) podríamos percibir esta verdad elemental.

Qué nos impide verlo y, sobre todo,
vivirlo (lo que somos)?
Únicamente una cosa:
nuestro pequeño yo ignorante y carenciado.
Hablar de ese "yo" es lo mismo que hablar de orgullo neurótico, de máscara, de imagen idealizada.
De estimación propia, en términos budistas.

Por qué "ignorante"?
Porque nuestro nivel de conciencia habitual (en el que se mueve el "yo") nos mantiene sumidos en la ignorancia, dormidos y, por tanto, confundidos.
El yo es equiparable al sujeto onírico que otorga a sus sueños carácter de realidad.
Tal confusión de lo aparente con lo verdadero es la fuente de todos nuestros males (denominado en budismo "aferramiento propio", la ignorancia de considerar lo que percibimos como real).
Por lo tanto, para vivir lo que somos necesitamos, antes que nada, despertar:
descubrir nuestra verdadera identidad.

La máscara.




Pero nuestro pequeño yo es también un yo "carenciado".
Qué tipo de carencias?
Para empezar, vacíos psicológicos y afectivos que le han llevado a instalarse en mecanismos de defensa compensatorios y a funcionar desequilibradamente.
Y así, nos dedicamos a proteger y cuidar una imagen insaciable y a perseguir el fantasma inasible de lo que nos gustaría ser.
De esta manera, pensamos y actuamos presas de nuestras necesidades y de nuestros miedos, de la ansiedad y el perfeccionismo, la competitividad y la crispación, la ambición y la prepotencia... En definitiva, por la compulsión
de un yo incapaz
de transcender
su egocentrismo.

Pero la carencia del pequeño yo va mucho más allá:
el yo carece de identidad real y, por lo tanto, no puede mantenerse a sí mismo.
Eso hace que necesite sostenerse (inventarse) constantemente recurriendo a cosas, apropiándose de cosas, títulos, logros -como si fueran parte de ese yo.
Mientras no salgamos de la trampa del pequeño yo (la estimación propia, el aferramiento propio) no podremos evitar ese modo de funcionar.
Y así, la carencia viene a reforzar la ignorancia. Una vez tras otra. Sumergiendo las raíces cada vez más (con cada acción, con cada pensamiento fundamentado en la ignorancia)
en la ignorancia.

Un yo que no existe pero que busca autoafirmarse a toda costa tiene que ser, forzosa e inevitablemente, fuente de engaño, porque él mismo se asienta sobre el engaño primero: afirmar su existencia.

Vivir, soñar, dormir, despertar...




Empezamos a salir de la ignorancia cuando descubrimos la naturaleza ilusoria del yo.
De esta manera, podemos dejar de vivir para él
y estaremos disponibles para vivir lo que somos.

Sólo
transcendiendo
mi pequeño yo
(en cuanto entidad separada),
podré abrirme a vivir lo que realmente soy.


Y qué es lo que "soy"?
Esa respuesta sólo la encontrarás en la propia experiencia
y la meditación
es el mejor camino.

La meditación y una actitud humilde de aprendizaje.
Porque, de hecho, ¿no será toda nuestra vida un aprendizaje? ¿No será que todo lo que nos ocurre no es sino
escuela y oportunidad de crecimiento?
(Como en el sueño, en el que cada imagen, cada personaje, cada acontecimiento, tienen un significado y constituyen una pista para aprender la lección
pendiente
que toca aprender.
Ese karma).

¿Y si la vida no fuera más (y nada menos) que una gran universidad, nuestra perfecta maestra?
Maestra sabia que, callada y oportunamente, nos va poniendo delante las circunstancias, personas, acontecimientos
que necesitamos en un momento dado
para seguir aprendiendo.

Para seguir creciendo

hasta llegar a ser
lo que somos.


(De "Vivir lo que somos". Enrique Martínez Lozano.
Ed. Desclée de Brouwer)